7 de julio de 2020 7/7/20
Por Ángel Padilla
Yo, animal - RSS

Historia de "Mito"

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    Historia de "Mito"- (foto 1)

    Lo encontré en mitad del asfalto de una carretera de poco tránsito, entre edificios vecinales ajardinados, a pleno sol. Una paloma hermosa, pero por su aspecto, enferma. Como poco, en shock.

    Detuve el coche a un lado y le eché trocitos de pan. La paloma ni se inmutó. Me acerqué un poco andando y vi que su cabeza estaba encogida y ladeada y tenía un ojo hinchado y cerrado. Nada que ver con la altura egregia del cuello y cabeza de la paloma cuando está sana y celebra la vida moviendo la cara hacia delante y atrás mientras camina, locamente, enamoradamente, también desesperada, buscando siempre qué comer, qué beber en un mundo que ya no es el de ellas, porque lo hemos hecho a nuestra medida y donde sólo subsisten, malamente.

    Escapando del calor intenso, escapando de las lluvias y granizo, del disparo con red del enviado por los ayuntamientos para gasearlas. Humanidad, deberías llamarte de otra manera. Diablos, y a esta tierra Infierno, como lo describió Dante.

    Dejé la compra a mis suegros, esta es la época del covid19, confinamiento, los más viejos en casa hasta que el gobierno decida. Lo llevan bien, mis suegros, mi madre peor porque está acostumbrada a andar mucho, para mitigar el dolor de rodillas, la hinchazón de las piernas.
    Sin haberme quitado a la paloma de la cabeza al volver a ese punto del asfalto allí seguía. Supe lo que tenía que hacer. Bajé del coche, me acerqué y, efectivamente, ningún amago de huir. La cogí con gran cuidado y me allegué al veterinario.

    En el suelo del espacio de acompañante del coche la paloma se sentía mejor, al menos se le veía menos peor, ese lugar era fresco y sentía yo, lo intuía, que se sabía a salvo, al menos de momento. Se había colocado de pie ante un rincón del suelo, como autocastigada, no, realmente se colocó lo más segura posible en un entorno que se movía -el auto- y en un lugar donde había un humano, que reconoció como no enemigo -como digo, yo sentía que ella pensaba eso-, aunque sin bajar la guardia. ¿A dónde voy? ¿Quién eres tú? Pensaría, probablemente, el animalito.

    Inma, la Vete, Inma tú sí eres una santa. Ha llevado hasta el final de una vida feliz a todas y todos los que hemos curado con ella, hasta en las despedidas, su firmeza, su amparo, su saber estar, cuánta lágrima nos has visto, eh, Inma? Y cuánta risa, qué bien lo hemos pasado llevando a los seres pequeños, gatitas, perros, cada uno enfrentando la visita al vete de una manera distinta. Las gatitas más pasotas salen enseguida del transportín y recorren la habitación de la clínica, examinando todo para ver qué les sirve y qué no, se rascan la cara en la pata metálica de una mesa y miran a un punto del aire, a nosotros, a la pared, cómicas, ¡qué cómicos son los gatos!; siempre en su mundo mental mágico y, afortunadamente, inviolable.

    -¡Qué delgado está! -dijo Inma, con la mascarilla anticovid en la cara y mirando el pechito de la paloma-. ¡Está en los huesos!

    Gran ciencia la de la veterinaria, yo vi un palomo normal, incluso gordito, y realmente estaba muy delgado, preocupantemente enclenque. El conocimiento dota a los expertos para saber los signos, que los profanos pasamos por alto. Por eso tan importante llevar a un animalito herido que hallemos, inmediatamente a un profesional.

    De vuelta a casa Iratxe se preocupó, tragó saliva. Es la más valiente salvando todo tipo de animales, con los pájaros es distinto. Le parecen tan frágiles que le tiemblan las manos al cogerlos, por no dañarlos.

    Inma nos dio unas gotitas con antibiótico y antiinflamatorio para los ojos de "Bella"; la bauticé así porque andaba ya terminando La Bella Revolución.

    Pero era bello, me dijo Iratxe, y recordé que Inma también lo nombró como macho. ¿Cómo lo sabes? No lo sé, me dijo Iratxe, se nota.

    Más de una semana pasó en un enorme transportín el palomo, que entonces ya se llamaba Palomo. Después Palomito.

    A los pocos días de echarle las gotitas a los ojos, le mejoraron, sobre todo el más hinchado, hasta que como si algo que renace molecularmente irisadamente, con el bulto de toda su vida henchida, ya tenía los ojos limpios y sanos. Su cuello había ido levantándose, su cabeza desladeándose, al ir
    comiendo su pienso especial y bebiendo agua -pues también tendría bastante deshidratación-. Cojeaba. Algún dolor tendría, que cojeaba por entre la pajita amarilla mullida que le pusimos como suelo.

    Yo consultaba a Rosa Más, bióloga y activista animalista, fundadora del Hogar Antiespecista Miguel Quintana, le enviaba fotos de Palomito. Nos dijo: dadle además del piensito, arroz seco, les encanta. Cuando dudamos de qué tipo de animal tenemos ante nosotros, en busca de ayuda, siempre echamos manos de expertos amigos, como Rosa, Inma... porque a la hora de sanarlos, con suerte, y poder soltarlos, que sea en el lugar más idóneo. Me enteré por una amiga que había sanado de la muerte segura a una codorniz, y la llevó al centro de recuperación de El Saler, sin saber que no era una codorniz autóctona, sino de las desdichadas que entrenan para comer otros animales, "es más gorda, tiene más carne, esta no la recuperamos, es invasora", dijo la operaria a mi amiga cuando ella y su marido llevaron a la codorniz, que amaban porque la habían tenido en casa recuperándola tres meses. "Para estos animales viene un hombre y se los lleva". Mi amiga no reaccionó más que volviendo a casa. Preguntó en la red y todos le dijeron lo que fue pensando y no quería: que en el centro de recuperación de El Saler matan a los individuos que llaman invasores, no es, entonces, un centro de "recuperación", sino un matadero de las SS del especismo actual, que no termina de marcharse. Pobres animales, ya describió su vida de los no humanos entre humanos Schopenhauer en su célebre y certera frase. "El hombre ha hecho de la tierra un infierno para los animales".

    Iratxe cada vez que tenía un tiempo salía al fresco, donde frente a la higuera, sobre una mesa, Palomito miraba desde la puerta de rejilla el verde y el cielo, los sonidos, los silencios -y lo que hay en lo que llamamos silencio-. Ya sano casi por completo. Iratxe había buscado en google el sonido de las palomas. Yo a veces salía a escribir en la libreta una idea y me veía la escena que se hizo cotidiana durante días de un sonido de palomas, emergiendo del móvil de Iratxe y el palomo atento, a las palabras de cariño de Iratxe, a las que respondía mirándola, atendiendo -eso se notaba, incuestionable; se comunicaban, mujer y palomo, palomo y mujer-.

    Hasta que llegó el día en que hubo que despedirse de él, ya estaba completamente sano. Inma lo vio y dijo: Wau, ha engordado, está guapísimo. En la zona en que vivimos hay espacio natural donde hay muchas palomas y es campo, diversidad natural y animal silvestre. Mejor que donde la encontré, núcleo urbano, la muerte para las palomas, más tarde o más temprano.

    Iratxe sentía mucha pena, y yo, realmente sentíamos pena y alegría, a un tiempo. Más alegría. Porque es un triunfo poder sacar un pájaro adelante, es muy difícil. De la calle puedes encontrar los peores desastres en los cuerpos y las almas de los seres del aire, la urbe es una maquinaria cerrada infernal que las machaca implacablemente día tras día; sólo hay que observar a las palomas que se acercan a mendigar migas cuando tomamos café en mesas exteriores de bares, a muchas les falta un pie o los dos y andan sobre muñones, directamente es difícil hallar palomas con todos los dedos de sus pies sanos, siempre les falta alguno. El suelo humano no es su suelo. Les quitamos su campo. Elevaron la imagen de la paloma a gran símbolo, de respeto, de libertad, de santidad. Y las atropellan y desde los ayuntamientos ordenan su muerte por las protestas de "humanos" que dicen que les molestan. Estúpidos, ineptos morales, malignos, necios.

    Al soltar a Mito, que a esas alturas el diminutivo le cayó, sin remedio -y además bonito, por el significado de la palabra-, éste salió del transportín, entre los naranjales y de un salto dio unos aletazos, graves. Se posó en un pozo cerrado de cemento y arrancó a volar de nuevo girando por encima de los naranjos chispeantes solares, era una mañana de mucho sol y cielo muy azul, hasta que se posó encima del tejado de la casa de al lado de la nuestra. Desde donde Iratxe y yo podíamos verlo. Se limpiaba las alas, movía la cabeza azorado, pero sobre todo hacía algo maravilloso, que Iratxe y yo entendimos a la vez, estaba oteando la zona, viendo que había y qué haría. Sólo el humano comienza a hacer cosas sin planearlas bien antes. Mito se tomó su tiempo, al menos estuvo un cuarto de hora. Tal diría que era una locura, un ser del aire, metido en un transportín, aunque con buenos cuidados, durante días, debería volar y volar una vez libre de nuevo. Se tomó su tiempo, insisto.
    Y más parecía escuchar que ver. Y más parecía, por cómo movía la cabeza, ladeándola, sentir que oír. Hay una telaraña de sónar natural que los animales libres todavía captan y con la que sobreviven y mediante la que se agrupan. Nosotros ya no la sentimos, quizá en sueños.
    Visto todo, echó a volar en algún momento en que bajamos la guardia. Ya no estaba en el tejado.

    Vigilé la zona, a ver si había volado mal y estaba en algún caminito, andando por la hierba, y no : Se había marchado por los cielos, verdaderamente.

    Al tiempo, a los pocos días, el arce que se alza catedralicio enfrente de nuestra casa, por las tardes, siempre coincidiendo con la salida de Iratxe a hacer sus llamadas, esto es, que se oía la voz de Iratxe en el aire, la copa pelada del arce se llenaba de palomas, inicialmente vimos unas cuatro, luego seis, ayer vimos unas veinte.

    Jamás vimos eso. A veces en ese árbol se posan pájaros distintos. Pequeños y de colores llamativos.
    Medianos, a veces algún palomo torcaz. Este es un lugar de paso de transhumancias, somos afortunados.

    Pero esta llegada de palomas que ahora tenemos todas las tardes nunca ocurrió. Y entre ellas intentamos advertir a Mito. Y lo hacemos.

    Creeréis que estamos locos, pero entre las distintas palomas se puede distinguir, ya lo hemos hecho dos veces, la pancita de Mito, la forma de sus alas y cómo curvaba majestuosamente las plumas de la cola, tanto es así que cuando lo advertimos, que ha sido unas tres veces, entre la multitud de palomas, nos mira, desde allá arriba, nos mira, ¡Mito!, y nos reconoce, se nota bien, se produce el milagro...

    Iratxe habla en los campos y vienen las palomas.

    No dejéis nunca de auxiliar al herido. Porque sólo os tiene a vosotros.

    La vida no es sólo la mía, o la tuya, se entrelaza en una única vida que nos es unida y donde transitamos todos, a la escucha sin saberlo, y escuchándonos otros, sin saberlo nosotros, enredados por una más fina que la seda tela celeste y nocturna que todas las almas atraviesa.

    Nos gusta verle libre, y que nos visite cuando quiera. No queremos representarlo en barro o elevarlo a un milagro. Sólo fuimos para él un viento de aire fresco en su cara cuando la vida le fue tremendamente cruel.

    Que el cielo azul y los suyos le sean fieles y familia durante una larga vida feliz, en paz.

    Lejos de la humanidad, donde cada día Iratxe y yo deseamos menos que nos incluyan como semejantes, somos animales, no humanos. Mira las iglesias, en todas hay pintadas palomas. Y afuera de las iglesias éstas mueren, agónicamente.

    Entran los feligreses a rezar al sonido de las campanas, que a las palomas molestan y se alejan, horrorizadas, de su tañido; caen de hinojos y ven, llorando, transidos, los creyentes: la paloma pintada angelicalmente en una pared. En una PARED.

    "Cualquier vida o civilización que se identifique con sus mitos presentará necesariamente las características de una pesadilla." Campbell

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