28 de octubre de 2020 28/10/20
Por José Luis Ramos
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Puteros

    “Diez años desperdicie, los mejores de mi edad, en ser labrador de amor a costa de mi caudal”. Luis de Góngora

     

    El debate de regular o prohibir la prostitución, me recuerda que soy de una generación en la cual, la mayoría de los hombres tenían su primera experiencia sexual, con una prostituta.  Perder la virginidad en una casa de putas estaba tan arraigado que, en algunos casos, eran los propios padres los que llevaban a los hijos para que se “hicieran hombres”. En toda mi vida, solo he tenido una única experiencia sexual con una prostituta, por no ser capaz de enfrentarme a una tradición rancia, delante de un montón de amigos. Muchas personas recordaran, las despedidas de los quintos. Cuando les tocaba ir a la “mili” los quintos recorrían las calles de la ciudad, un par de domingos por la mañana, solicitando dinero para la fiesta de despedida de “quintos”. Yo participé en la del año 72.

    Con el dinero recibido organizamos la despedida, consistente en almorzar en Eslida, comer en “La Mare de Deu de Gracia” de Villarreal, y para finalizar, pegar un “polvo” en el barrio “Chino” de Valencia, para cumplir una tradición. Todo a cargo del dinero recogido. Por cierto, no recuerdo que nadie se negara a pasar por la prostituta correspondiente. Cada vez que lo recuerdo, me siento más idiota.

    Me crie con un grupo de amigos del barrio, en los que ninguno llegó a cumplir los 14 años yendo a la escuela. Por supuesto, fuimos a las llamadas “Escuelas Nacionales”. De esa época solo recuerdo el tener que rezar al entrar a clase en primero, y los rezos y cantos del “Viva España” del mes de mayo. Confieso que asumí la mayoría de los comportamientos propios de la mala educación fruto del subdesarrollo cultural de la época. De todos ellos, del que más me avergüenzo, es de haber gastado bromas pesadas a las personas más débiles. Teóricamente eran para hacerse el gracioso, pero el tiempo me ha hecho comprender que, que esas bromas, se hacen para burlarse de ellas, y sentirse superiores. También el tiempo me hizo comprender que hay que ser un verdadero idiota, para burlarse de personas vulnerables. Sin embargo, hay dos comportamientos muy arraigados en la cultura de barrio, de la generación en la cual me crie, que nunca fueron de mi agrado. Uno es que de muy joven entendí que las relaciones íntimas entre una pareja pertenecen al ámbito de lo privado.  Así que puedo decir que jamás, he contado a nadie las relaciones íntimas que haya podido tener con alguna mujer. Algo que era bastante normal entre los jóvenes de los 60. Ni siquiera he dicho jamás aquello de “esa, si yo contara”. O aquello de “aquella, cuando yo quería”.

    El otro asunto que nunca me pareció atractivo era el de perder la virginidad con una prostituta, ni mantener relaciones sexuales con una mujer que las acepta por dinero. Así que puedo decir, que no me estrené, ni practiqué, pagando. De muy joven entendí que las relaciones sexuales son la forma de comunicación más íntima entre las personas. Por ello, es un lugar propio para manifestar la estima y el afecto por una persona. Así las cosas, difícilmente se puede dar intimidad, manifestar afecto y estima en la relación entre dos personas cuando una de ellas la acepta porque le pagan. Por eso, nunca fui de putas. Cuando en alguna ocasión entré en algún prostíbulo, acompañando amigos, me sentí muy mal al ver a las prostitutas queriendo engatusar a los clientes con una sobre actuación.

    Sin ser un experto en las razones por las cuales los hombres van de putas, cada vez estoy más convencido que una de las razones, es que les hace sentirse poderosos. La relación entre el putero y la prostituta, es una relación de dominio entre quien puede pagar, y la persona que por necesidad acepta someterse a la voluntad del pagador. Yo pensaba que la cultura de ir de putas estaría superada, entre las personas de mi generación. Pero en fechas recientes, entre amigos me encontré que algunos de los presentes presumen de haber estado en un “Puticlub”, viendo una exhibición de estriptis, mientras consumía alcohol y una prostituta le hacia una felación. Otros de los presentes, presumieron tener una prostituta que siempre que ellos querían, ella se iba con ellos sin cobrarle, y les hacían todo lo que ellos querían. Enseguida pensé, qué si era cierto, es que les sacaban más en regalos. El caso es que yo percibí, entre los presentes, empatía con los que presumían de ir de putas, además, que compartían sus sentimientos de satisfacción. Intenté cuestionar que se pudiera presumir de ello, pero por las reacciones que observé, entendí que debía retroceder si no quería quedar mal con la mayoría de los presentes.

    Ahora me entero que entre el 34,8% de españoles que se dice que pagan por tener sexo, los hay de todas las edades. Sin embargo, a pesar de su arraigo social, estoy de acuerdo con quienes piden su prohibición. Y de todos los argumentos a favor de la prostitución, el más repugnante es el que dice: "La prostitución evita violaciones”. Eso supone creer que la mujer es un objeto sobre el cual el hombre tiene derecho a satisfacer sus deseos sexuales.

     

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