25 de noviembre de 2020 25/11/20
Por Eleuterio Fernández Guzmán
Piedras vivas - RSS

Hay que hablar de la muerte

    Como bien sabemos, dentro de pocos días llega el mes, noviembre, en el que se puede hablar de la muerte, y se suele hablar de ella o de sus consecuencias, con más profusión. Y es que cuando dedicamos todo un mes a los Santos y a las Benditas Almas del Purgatorio-Purificatorio da la impresión de que ahora sí, ahora es el momento de hablar de tal momento, valga la redundancia.

    En realidad, que habláramos de la muerte debía ser lo más natural del mundo. Y es que nacemos y, entonces, estamos destinados a morir. De eso nadie se va a librar ni nadie se ha librado a no ser que haya mediado intervención directa de Dios cuando su Madre la Virgen María fue asunta, en cuerpo y alma, al Cielo. Pero eso, como bien sabemos, son excepciones más que notables y para nosotros, gracias (por desgracia) al pecado de Adán y Eva la muerte está al orden del día y es, podríamos decir también, nuestro pan de cada día porque no sabemos cuándo va a llegar tal momento.

    Entonces nos preguntamos cómo es que se habla tan poco de la muerte. No es que no se diga nada en las homilías porque, como es lógico, se dice lo que se tenga que decir según sea el momento pero, en general, a la sociedad en la que vivimos no le gusta nada de nada dedicar parte de su precioso tiempo en hablar de lo único que, por cierto, tiene seguro.

    Es cierto y verdad que no se habla de la muerte todo lo que se debería hablar porque es un tema poco atractivo para el general querer del personal. Sin embargo, es más que conveniente que se hable de ella, sobre todo, para evitar males mayores que tienen que ver con el Juicio Particular al que nos sometemos ante el Tribunal de Dios en cuanto morimos, en ese mismo instante.

    Decimos que es crucial hablar de la muerte porque eso nos puede preparar para cuando llegue el instante en el que dejemos el mundo de los vivos. Y por eso muchas veces dijo Jesucristo que debíamos velar, que estar preparados, porque no sabemos cuándo iba a llegar nuestro Señor que es lo mismo que decir que su Tribunal y el Juicio al que nos hemos referido.

    En realidad, ¿habrá algo mejor que hablar de la muerte y de su después?

    En efecto, su después es el destino que tendrá nuestra alma cuando salga por las puertas del Tribunal de Dios. Y, para entonces, ya sabrá si es Infierno (muy mala cosa), el Purgatorio-Purificatorio (esperanzadora cosa) o, por fin, el Cielo (gran y mejor cosa) donde va a ir a parar con su espíritu y si ha de ser por un tiempo determinado en el segundo caso, que es intermedio y de paso hacia el Cielo, pues tanto el Infierno y el Cielo son para siempre, siempre, siempre, como diría Santa Teresa de Jesús.

    Nos conviene, por tanto, que se nos hable de la muerte y si no se hace es conveniente que nos informemos, por nuestra parte, de eso. Y lo es porque lo de después no será cualquier cosa. 

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