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Por Eleuterio Fernández Guzmán
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En el mes del Corazón

    Sí, en efecto, hace ya unos días que empezó el sexto mes del año en el que la Iglesia católica, aquella en la que nos incardinamos, celebra de forma especial al Sagrado Corazón de Jesús y, por tanto, al mismísimo centro de nuestra fe universal.

    Cuando alguien recuerda lo que supone el Corazón de Cristo y lo que debe tenerse en cuenta por parte de un discípulo suyo, de un hermano, no duda lo más mínimo en reconocer que es un gran misterio pero que, a la vez, es una verdad de fe que sustenta la que tenemos y que es algo que no podemos guardar debajo de ningún celemín sino que, al contrario, hay que gritar desde las terrazas y llevarlo, en la medida de las posibilidades de cada uno, allá donde nos lleve el nuestro.

    Corazón de Cristo,
    santifica nuestra existencia,
    da Luz a nuestra oscuridad,
    vence en nosotros el miedo,
    que triunfe la Verdad.

    Corazón de Cristo,
    llena de esperanza
    nuestra desilusión,
    de mañana nuestro ahora,
    de caridad nuestros egoísmos.

    Corazón de Cristo,
    permítenos acercarnos a Ti,
    Dios hecho hombre,
    hermano de Sangre Tuya,
    Cruz compartida.

    Corazón de Cristo,
    brisa suave como la de Elías,
    Espíritu, a su vez,
    que gime en nosotros,
    que ansía nuestro sí.

    Corazón de Cristo,
    alabanza del Padre Eterno,
    sostén de nuestra existencia,
    quicio sobre el que ser,
    vendaval que trae la paz.

    Corazón de Cristo,
    amanecer gozoso,
    camino abierto, destino eterno,
    Quien Es en esencia.

    Corazón de Cristo,
    lava nuestras faltas,
    limpia nuestra alma
    de pecados y de afrentas.

    Corazón de Cristo,
    sé, para nosotros,
    faro; apuesta por nosotros
    ante el Padre;
    facilítanos ser dignos de Ti.

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