17 de julio de 2019 17/7/19
Por Eleuterio Fernández Guzmán
Piedras vivas - RSS

Anunciar

Para nosotros, los que nos consideramos piedras vivas en el seno de la Iglesia católica, hay realidades que no podemos olvidar como si no fueran importantes. Es más, si las olvidamos podremos decir aquello de “¡Ay de mí si no evangelizare!” que ya dijera hace mucho tiempo alguien más que conocido entre nosotros que es citado, además, aquí mismo. 

Por eso, si de verdad nos consideramos hijos de Dios y, además, seglares, nada hay más importante para nosotros que  anunciar la Palabra de Dios, la Buena Noticia. Por eso San Pablo dice muy bien en su Epístola a los Romanos: “¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian la Buena Noticia!”  (10,14-15). Y es que, en realidad, son bien hermosos aquellos pies de los que llevan al mundo (más aún al que nos ha tocado vivir hoy día) lo único que vale la pena llevar: Dios vino al mundo y se instauró su Reino.

Por tanto  ¿Qué podemos encontrar, como bueno y gozoso, en esta expresión del apóstol de Tarso? Creemos que esto que sigue:

Anunciar la Buena Noticia es un gozo

Transmitir la Palabra de Dios ha de ser, para quien se considera su hijo, algo hermoso, algo que le ha de llenar el corazón de alegría y de esperanza en que sea recibido como corresponde a lo que sale del corazón del Padre e inspira a su semejanza a fijarlo por escrito. Y, también, transmitir la doctrina católica es, más que nada, obligación. Pero no se trata de algo que cause enojo o tristeza sino apertura del corazón al otro y, por eso, al hermano en la fe y al que no la tiene y al que llamamos prójimo.

Llevar, pues, la Palabra de Dios allí donde es necesario no deja de ser hermoso para quien lo hace y gozoso para quien la recibe. Y no extraña, por lo tanto, que San Pablo así lo considere y que, además, apunte hacia algo muy importante: llevar la Palabra, el hecho de hacerlo, es en lo que radica la esencia de la transmisión de la Buena Noticia.

Los pies que van anunciando

Alguien, personalmente hablando, ha de anunciar, claro está porque, aunque Dios puede hacerlo de la forma que quiera y tenga por conveniente, a nosotros nos corresponde dar el paso, así, los pasos para eso y con tal fin.

A tal respecto, reconoce la Iglesia el papel que los laicos tenemos en el camino que nos lleva al definitivo reino de Dios. Tal papel es de vital importancia y consiste, efectivamente, en trasladar la Palabra de Dios a los ámbitos en los que cada cual nos movemos, requiriendo, tal hacer, la manifestación de una voluntad transmisora de la doctrina de Cristo. Por tanto, no es nada impuesto sino que supone llevar a cabo lo que nos corresponde como hijos de Dios en el mundo en el que peregrinamos.

En fin del anuncio: la Buena Noticia

Aquello que el católico ha de hacer, en cuanto transmisión y misión, es, efectivamente, dar la noticia mejor que nunca se ha podido dar: Cristo ha resucitado y, por lo tanto, ¡Cristo vive! siempre entre nosotros hasta el fin de los tiempos cuando regrese en su Parusía. Y, sobre eso, nada mejor que decir a diestro y a siniestro que esto es más que importante y que debe ser sabido, conocido y, a su vez, transmitido.

Bien lo dejó escrito el apóstol Pedro: “Estad siempre dispuestos  a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza”  (1Pe 3,13). De aquí que la respuesta que tengamos que dar está implícita en la Palabra de Dios y es aquella que consiste en reconocer a Dios como nuestro Padre y a Cristo como nuestro hermano (además de Dios, claro está).

Y la esperanza también nos corresponde transmitirla en un mundo que, muchas veces, carece de ella por haberse alejado de Dios o, como poco, en tenerlo como realidad de poca importancia a la que se acude, en todo caso, cuando necesitamos que nos eche una mano ignorando, siempre, que siempre está ahí y que no nos ha abandonado nunca desde que nos ha creado, hijos suyos como somos...

Buena Noticia, Cristo, Dios, Palabra. Esto es bien sencillo de entender y requiere, sólo, de la luz de la fe y de la esperanza puesta en nuestro Creador aunque no dejamos de reconocer que  no siempre está al alcance de todos los corazones aun estándolo...

Y tal misión es nuestra, la de la anunciar porque, al fin y al cabo, como damos a entender arriba, somos seglares en un mundo descreído. Descreído, sí, y falto de esperanza, también.