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Piedras vivas
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Por Eleuterio Fernández Guzmán

Luces de Navidad que ya llegan hasta aquí

23/11/2017
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Es bien cierto que aún no es Navidad. Es decir, según el tiempo litúrgico establecido por la Esposa de Cristo, nosotros celebramos tal tiempo cuando históricamente se ha establecido que entonces fue el nacimiento del Hijo de Dios. Sin embargo, mejor nos viene creer que tal tiempo se hace extensivo a... siempre.

Decir que siempre es Navidad no es cosa que suponga ilusión o sueño de parte del creyente. Y no lo es porque los frutos espirituales de tal tiempo no pueden quedar circunscritos a un día o, como mucho, a unos pocos.

Lo que supone el nacimiento de quien sería llamado Jesús (así se lo había dicho el Ángel Gabriel a una joven de Nazaret de nombre María los meses necesarios antes para que, desde entonces, creciera en su vientre su hijo, Dios hecho hombre) es mucho y demasiado como para dejarlo allí, apartado en tal día del año.

Por ejemplo, que nace Cristo supone que la bondad se hace Cuerpo y se hace Sangre. Por eso nosotros debemos abonar nuestro corazón con la bondad del Hijo de Dios. Y eso hacerlo cada día, cada momento, cada instante.

Pero también supone esperanza el nacimiento del Cristo, Enviado de Dios y Mesías. Por eso, no podemos desesperar ante lo que nos puede pasar porque Quien va a nacer, que nace cada día en nuestro corazón, ha sido enviado al mundo para que el mundo se salve y nosotros, aunque no seamos del mundo, sí estamos en el mundo.

El nacimiento del Hijo de Dios es, además, un camino. Y lo es porque abre el que lleva al Cielo. Y esto porque, aunque eso pasara años después con su muerte y resurrección, lo bien cierto es que pudo pasar (la apertura de la puerta del Cielo) porque antes de su muerte debía nacer... y nació.

Nosotros, los hijos de Dios y discípulos de Cristo que formamos parte de la Iglesia católica, sabemos que cuando nace aquel Niño se nos ha da un gran regalo. Y que tal donación y gracia es obra de Dios para beneficio de toda su descendencia. Y eso lo trasladamos al ahora mismo, cuando aún quedan unas semanas para que se verifique que, en efecto, Dios había cumplido (otra vez más) su promesa que era, ahora, el envío de su Hijo engendrado y no creado. Y eso lo hacemos propio porque está hecho para nosotros, para cada uno de los que creemos que Dios es Dios, que es Todopoderoso y que ha tenido a bien que nos salvemos.

Es verdad que podemos esperar a entonces, a la Navidad propiamente dicha, para todo esto tenerlo por bueno y mejor. Sin embargo, haríamos más que bien en darnos cuenta que así como Jesucristo no ha muerto para siempre y que está con nosotros hasta el fin de los tiempos, lo mismo pasa con un momento determinado de su existencia que nunca puede esconderse debajo del celemín de un 25 de diciembre. No. Para nosotros, todos los días es Navidad. Y es bien cierto que nos conviene más que mucho que eso sea así. Vamos, que nos va la vida eterna en ello.

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