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Por María José Navarro
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De iluminados y eléctricas

    Comenzamos año con noticias como la de Estados Unidos, con el asalto al Capitolio por una turba de seguidores republicanos, azuzados por el mismísimo Trump (ese iluminado por la gracia divina, o por los millones de dólares que le permiten comprar lo que se le antoje) desde el inicio de las elecciones, en las que su cantinela preferida ha sido la de que se las iban a robar, y ahora que los resultados han dejado claro que su rival ha salido victorioso, evidentemente, no podía asumir la derrota sin más, así que siguió incitando a sus seguidores, iluminados también por las dotes twitteras de su profeta, hasta que miles de ellos se dieron cita para atacar ese enclave, símbolo de la democracia estadounidense. Triste día y tristes imágenes dejan para el recuerdo y para la reflexión de la deriva de nuestra especie, capaz de tropezar dos, tres, o mil veces, contra la piedra de la sinrazón y el fanatismo.

    Mientras tanto, aquí sufrimos nuestros propios iluminados o iluminadas, con una Ayuso buscando excusas para privatizar el servicio de vacunación contra el covid y voluntariado para quitar la nieve de las calles de Madrid, que como tantas otras ciudades y pueblos de nuestro país (aunque en las noticias parece que no existan), sufre una ola de frío como no se conocía desde hace décadas. Un frío polar que nos deja temperaturas gélidas, carreteras cortadas y muchas personas en una situación crítica para sobrevivir a este temporal.

    Como las familias de la Cañada Real, con un corte en el suministro de luz desde octubre, ya que la compañía eléctrica que trabaja en esa zona, entiende que el consumo es excesivo, por las supuestas plantaciones de cannabis que existen, y sin ningún rubor (y sin que nadie haya mediado para solucionar esto) deja a más de 4000 personas, entre ellas muchos niños, niñas y ancianas, en unas condiciones infrahumanas, con temperaturas bajo cero.

    Y por si aún no teníamos bastante, las compañías suministradoras de energía aumentando los precios de la electricidad y el gas (nada menos que un 27%), haciendo que muchas otras familias tengan que escoger entre encender la estufa o comer…

    Desde luego, necesitamos menos iluminados e iluminadas y más políticas valientes que regulen estos excesos de las grandes empresas, con los que se provocan mayores desigualdades, si cabe, en una sociedad cansada, fragmentada y que está padeciendo la crisis de la puñetera pandemia que nos azota.

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