10 de diciembre de 2019 10/12/19
Por José Vilaseca
Perdone que no me levante - RSS

Déjenme que les cuente un chiste

    Esta vez no sé si reírme. Sinceramente. Ya vemos que nuestros distintos gobiernos (municipal, autonómico, nacional… mundial, si me apuran), han demostrado sobradamente su capacidad para hacer que nos mondemos, nos partamos el pecho o, hablando en plata, nos descojonemos a gusto: Desde el legendario “la tierra no es de nadie, es del viento” de nuestro más reciente ex presidente, pasando por la impagable imitación de Cantinflas con ese “estamos trabajando en ello” de Aznar, por no hablar de esos “brotes verdes” que tanto jolgorio produjeron en la platea, precisamente en el momento más duro de la crisis, las cabezas privilegiadas que conducen nuestros destinos nos han dejado perlas de sabiduría humorística de todos los calibres.

    Pero, ahora, nos quieren robar los chistes. Con premeditación y alevosía, o “al merme” como diría José Mota, jaleados por esa “minoría poco silenciosa” que aboga por el lenguaje políticamente correcto (o, en castellano sencillo, por esa puñetera manía que tenemos de agarrárnosla con papel de fumar), muchos de nuestros líderes quieren censurar los chistes.

    La última invención de esa gente que, a ojos de cualquiera, parece tener un huevo de tiempo libre, ha sido señalar como culpable de todos los males del mundo a un libro de chistes titulado “Pequechistes: Un libro de chistes de chicas para chicos”; en esencia, un pequeño compendio de los llamados chistes machistas, donde parece ser que se hace mofa y escarnio de las muchas virtudes femeninas. Los argumentos que se esgrimen para, ojo, prohibir la reedición del ejemplar, son los habituales en este tipo de cruzadas absurdas: Maltrato a la imagen de la mujer, perpetuación de estereotipos machistas y el llamado “heteropatriarcado”, que es un neologismo que me suena igual que cuatro cuchillas arañando una pizarra.

    Antes de entrar a valorar nada, me parece cuanto menos curioso que exista un volumen de los “Pequechistes” donde se haga coñas marineras a costa de los hombres, que quedan retratados más o menos con los mismos defectos que el ejemplar “femenino”… y que ningún Instituto, Organización No Gubernamental o Ministerio haya puesto el grito en el cielo en este caso. No sé si porque los chistes sobre hombres son más graciosos que los protagonizados por mujeres, o porque, definitivamente, se nos está “yendo la pinza” y ya no hay suficientes varas de medir para todos los gustos posibles.

    Nunca he sido un gran cuentachistes, pero recuerdo muchos. Admito públicamente que me he partido la caja escuchando a Don Pío, en paz descanse, contando en valenciano aquel del borracho que se despierta en mitad de una misa y pide que esa ronda se la apunten a su cuenta, o a Arévalo imitando al gangoso de la serrería o al mariquita universal. Imborrables en la retina quedan las actuaciones de “Martes y Trece” con las empanadillas de Móstoles con Encarna (de noche), o la actuación de ese falso “Cantares” de Lauren Postigo, con el cantaor que aseguraba, con perdón, que era “maricón de España”. O, llegando a épocas más actuales, el ya citado José Mota, con enormes gafas y aspecto apocado, confesando que era Bartolo, el violador de camioneros de la M-30. No digan que ustedes no se rieron con ninguno, pillines.

    Porque ahí está el sentido del chiste que, de por sí, suele ser una broma sin sentido: Convertir algo que no tiene por qué ser gracioso (un abusador sexual, un alcohólico, un sacerdote, alguien que sufre un defecto físico, un homosexual…), en algo cómico. Sin maldad ni malicia. Incluso los chistes más extremos de humor negrísimo (y aquí somos particularmente hábiles en esa disciplina), tiene muy dentro la virtud de arrancar una sonrisa (torcida y dolida, no les digo que no), de los momentos y situaciones más crueles. El chiste termina y la vida sigue, y creo no somos peores personas por reírnos de la desgracia inventada.

    Personalmente, dudo mucho que por hacer chistes raciales sobre afroamericanos de color oscuro tirando a café con leche, nos convirtamos en racistas. Que por bromear acerca de plumas y pérdidas naturales de aceite, nos transformemos en unos sucios homófobos. O que por intercambiar, hombres y mujeres, coñas acerca de nuestra mutua (falta de) inteligencia, nos ganemos el cartel de machista o de “feminazi”.

    Porque, cuando las risas terminan, son las actitudes las que nos definen. Y algunas no tienen nada de gracioso.

     2 comentarios
    Jose Blasco
    Jose Blasco
    19/12/2013 08:12
    Cuanta razón

    Yo no soy tan ducho como tu en escribir, pero he de reconecer que tienes toda la razón del mundo, yo no me considero ni omofobo, ni razista ni nada de ese estilo, si no todo lo contrario, sin embargo me parto la caja con los chistes con los chistes aunque sean a costa de mi mismo. Adelante con tus comentarios. Me encantannnnnnnnnn

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