10 de diciembre de 2019 10/12/19
Por José Vilaseca
Perdone que no me levante - RSS

Aprender a perder

    No sé si será cosa de los tiempos, o de la juventud de nuestra democracia (que sirve de excusa para casi todo), pero parece evidente que la sociedad no ha aprendido a perder.

    Vemos deportistas de élite coger tremendas pataletas ante un gol en contra o un punto en la red, y los justificamos con el manido “es que no le gusta perder ni a las chapas”, y, a partir de ahí, vale todo: Encararse con el público, ciscarse en los muertos del árbitro, negar el saludo al rival...

    No ser capaz de asimilar la derrota, en cualquier ámbito de la vida, saca lo peor de nosotros. Hemos pasado de “lo importante es participar” a “ser segundo significa ser el primero de los tontos”, una actitud que, en cierto modo, se ha importado de Estados Unidos, donde el éxito, la superación, el aplastar al enemigo y el “hombre hecho a sí mismo” son las notas que más y mejor suenan en el país de las barras y las estrellas.

    Cuando uno cría a un hijo, la mejor forma de no convertirlo en un perdonavidas insufrible y cargante es intentar ayudarle a que acepte los reveses de la vida; no todos los niños pueden ser Froilán, capaces de dispararse al pie y tratar de apuñalar a su primo con un pincho moruno, y que se les "premie" haciéndolos relaciones públicas de una discoteca de moda en la capital: En la vida real, la diferencia entre disfrutar la victoria y asimilar la derrota, o no hacerlo, bien puede ser cuestión de simple higiene mental.

    En mi caso, que he sido durante muchos años aficionado a los juegos de mesa, miniaturas, video-juegos... está a la orden del día el "pequeño tirano" capaz de pulirse dos horas de tu vida por "querer ganar siempre y por encima de todo", da igual que sea haciendo trampas, o golpeando furiosamente con los puños en la mesa cuando no lo consigue. Lo cierto es que tampoco hace falta buscar entretenimientos caros, modernos y “frikis”; piensen en su Falla, en su Cofradía semanasantera, y descubrirán a su “Special One” particular, bien sea con el cubilete del parchís, bien con las cartas del “truc”...

    ¿No les parece absurdo que alguien dilapide horas a base de trucos sucios, de normas inventadas, de dados cargados y de toda clase de artimañas? “No, porque al final gana”, te dirán algunos. Vaya mierda de victoria, diremos otros...

    Sé de niños que han dejado de practicar su deporte favorito “porque perdían”. Así de sencillo y así de triste. O los que cambian “de camisa” buscando un conjunto que llene portadas con sus victorias. Hace poco, en un campo de fútbol, con mi hijo de ocho años, sufriendo un 0-1 en el marcador y solo el tiempo de descuento por delante, una avalancha de gente comenzó a abandonar el estadio; mi hijo quiso hacer lo mismo, y le dije que no se podía ganar siempre, y que debíamos quedarnos a aplaudir a los jugadores, que lo habían hecho lo mejor que sabían y podían.

    Espero sinceramente que lo haya entendido. Sobre todo porque va a compartir espacio vital con muchos “campeonísimos” que no han pillado el concepto, y hacen bueno el dicho de “mal perder... y peor ganar”

     2 comentarios
    paco planelles
    paco planelles
    13/11/2013 07:11
    La fuerza de la hunildad

    La vida es como una partida de ajedrez Lo importante no es cuantas piezas sacrificas, Lo fundamental es hacerle Jaque mate al ocasional "contricante". y de ser derrotado, enriquecerse con la derrota. Esperando la tercera

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