24 de agosto de 2019 24/8/19
Por Eleuterio Fernández
Periòdica Columna - RSS

Jo sí t’espere: 6 meses después

Amables lectores. Tengo que decirles que tenía muchas ganas de que llegara este momento. Ahora que ha comenzado el nuevo año, ahora que sobre nuestras cabezas pende la espada de Damocles de pensar cuál ha de ser nuestra actividad en este período de doce meses, hasta dónde queremos llegar si Dios quiere y todo eso, ahora mismo, pienso yo que es el momento adecuado para volver a traer al recuerdo, para que se haga presente, pero más que nada para que no se nos olviden y, sobre todo, sobre todo, para que no se les olvide a aquellos que tanto polemizaron con la visita del tan denostado Benedicto XVI, Pontífice, Vicario de Cristo, hombre.

                                                   
                           (Benedicto XVI saludando, acogiendo)                       (Escudo de Benedicto XVI)

Ahora, precisamente ahora, hoy mismo, se cumplen seis meses, medio año, 180 días, desde que Benedicto XVI acudió a la cita que le dejó escrita su predecesor Juan Pablo II, el Grande y que, como no podía ser menos, tenía que cumplir y que, como no podía ser menos, cumplió. ¡Vaya si cumplió!
 

(Juan Pablo II, Pontífice que eligió a Valencia como sede del Encuentro)

Sobre estas líneas tenemos una imagen de un Papa anciano, de una persona entregada a su vida de hijo de Dios y, entre ellos, al primero de entre los mismos. Pero al primero por entrega, al primero por trabajo, al primero por dedicación y al primero por servicio. Exactamente igual circunstancia, podríamos decir, que la que se puede aplicar al Papa alemán, ante cuya vida tantas injurias se han vertido y, seguro, aún se vierten… por pura ignorancia, o, lo que es lo mismo, por un desconocimiento total sobre su vida y, como diría Ortega, su circunstancia. Pero, en fin, eso son gajes de su oficio.

Desde entonces, muchas cosas han pasado pero, ante todo esto, yo sigo diciendo lo mismo que dije entonces: jo sí t’espere, nuevo Pedro, testigo de tu siglo, evangelizador y pastor del pueblo de Dios.

Ratisbona y Turquía. Estos nombres, de dos enclaves físicos que pueden ser localizados en el mapa del mundo, representan, aunque no para todos, los quicios sobre los que apoyar una fe, sobre los que desarrollar una vida, sobre los que pensar un mundo mejor. Para otros, quizá, sólo suponen, rasgos de intolerancia, dejación de lo políticamente correcto, mera ilusión dialogante. Todo es según se mire, según ese cristal famoso. Pero, la verdad, la verdad verdadera es que, amables lectores, para el que esto suscribe, esos dos nombres son, esencialmente, o suponen, la muerte de una imagen que muchos tenían de Benedicto XVI, de Ratzinger, de Josep.

Esa imagen, torticeramente manipulada por aquellos enemigos de la fe, más aún si se refiere a la persona que defendía su misma esencia, se ha venido abajo. De una persona escasamente dada al diálogo, decían, hemos pasado, han pasado quiero decir, a conocer a un Papa con ánimo de cierta voluntad dialogante (exactamente como ya lo era antes), planteadora de discursos que tienden la mano hacia los que se puede considerar enemigos; un Pontífice, en fin, que no es el que esperaban. ¡Qué pena!

Y entonces, ¿cómo vemos la figura de Benedicto XVI, seis meses después de su visita a España? ¿Cómo lo verán sus detractores?

En cuanto a los que nos consideramos, y nos sentimos, fieles seguidores del Magisterio de la Iglesia, a cuya cabeza está el Pontífice, nada mejor que dejarnos guiar por su sabiduría (¡y no sólo por la que le da la edad!), por su buen hacer y por el buen sentido que a cada una de sus acciones imprime. A nosotros, y seguro que son muchos en Burriana y Vila-real, sentirnos ovejas de ese pastor que el Espíritu Santo ha puesto entre nosotros, es causa de gozo y motivo de alegría. Es eso lo que nunca acabarán, ni empezarán, si quiera, a entender el otro grupo, más o menos amplio, de personas que ven, en Benedicto XVI, a un opresor porque recuerdan sus años a la cabeza de la Congregación para la doctrina de la fe, de la que fue prefecto desde noviembre de 1981 a abril de 2005 y la tienen, a ésta, por la antigua Inquisición, de la cual, por otra parte, también habría que hablar mucho. Por eso nunca verán en él a un Padre sino a un padrastro malo, de cuento malo quiero decir, ni nunca comprenderán lo que vino a hacer a Valencia, ni siquiera serán capaces de entender que él mismo esté tan contento, y así lo haya expresado, por el recibimiento que tuvo en la ciudad del Túria, ni tampoco creerán que aquella visita haya tenido mayor resultado que la misma, ni mayor eco. Y ahí es donde se equivocan, en esos resultados.

Aquellas soflamas de la campaña “jo no t’espere” y el paseo en bicicleta por las calles de Valencia de una cuadrilla de humanos tal como sus madres los trajo al mundo (yo mismo los vi el 8 de julio de 2006 cuando nos dirigíamos hacia el cauce del Túria a la Ciudad de las Artes y de las Ciencias donde estaba todo preparado) dejaban ver bien a las claras el cariz de su protesta: sólo causaron, primero, la extrañeza y, luego, la risa de los que veíamos tal espectáculo. Algo, francamente lo digo, patético.

Es evidente, por otra parte, que los partidarios de tales actos y cosas no hayan experimentado nada en sus vidas pero los demás, que, además, somos más, sí que somos conocedores de los frutos, aún tempranos, de aquella semana, la primera del mes de julio de 2006, y no sólo de esos 2 días en los que Benedicto XVI nos honró con su visita. Nosotros, los más pero, también, ¡Ay!, los más acobardados muchas veces ante la laicista realidad, somos conscientes de que la Familia (con mayúsculas) salió reforzada con aquellas jornadas.

Yo estuve tanto en el Congreso Teológico-Pastoral como en la Feria de las Familias y, como no podía ser menos, en los actos de los días 8 y 9 de julio de 2006. Yo sé lo que vi y lo que sentí, y creo que no estaba solo por los atascos de personas que tuvimos que soportar, con alegría, durante cada uno de esos 7 días.


(Foto tomada desde nuestro campamento particular)

Los demás, los “jo no t’espere”  de turno, que siempre son los mismos, aunque ahora atraviesen por una época gloriosa (por lo del laicismo imperante, digo) tendrían que saber que su obcecación, que no es algo pasajero, para su desgracia, sólo nos reafirma en nuestras creencias. De todas formas ya probamos las catacumbas y, de ellas, salimos victoriosos. Ellos, sin embargo, aún no han emergido de su fosa ideológica.

Y ahí están... allá ellos, pues no son sino Zebulones de pensamiento.
 
ocultar
Jo sí t’espere: 6 meses después
Subir