15 de noviembre de 2019 15/11/19
Por Eleuterio Fernández
Periòdica Columna - RSS

El sueño de lo que no tiene fin

    Pero sólo si este primer conocimiento de los grandes
    lugares comunes de la moral sobrevive intacto en el
    estadista, podrá su deliberación ser moral. Si no
    ocurre así, no ha habido progreso, sino mero cambio,
    pues el cambio no es progreso a menos que el núcleo
    permanezca inalterado.
    C.S. LEWIS
    “Dios en el banquillo”

    Amables lectores, esto lo voy a decir para puntualizar una cosa.

    Parece que no me es posible que publique, en este espacio en el que me permiten escribir, tres columnas que tengo pensadas, una ya escrita y el título de todas ya hecho, sobre un tema siempre candente aunque se pretenda ocultar. Este no es otro que el de la realidad religiosa en la que nos movemos. Esto lo haré, Dios mediante, dentro de unas semanas y publicaré, las mismas, en las ediciones de Burriana y Vila-real ya que entiendo, modestamente, que el tema es importante.

    Digo que parece que no pueda publicarlo porque ahora me ha salido a la vista, y al corazón, el artículo que Joan Garí escribió y publicó el día 4 de julio de este año 2006 en las ediciones de Burriana y Vila-real. Vamos, casi ayer mismo, y que trata de una supuesta España inacabada.

    Es éste un tema radicalmente básico para la comprensión de la realidad en la que nos movemos y, por eso, aunque sea sólo por eso, vale la pena retrasar una semana las otras columnas. Si hay quien piense que no es para tanto, ahora verán que sí lo es.

    Por lo antes dicho, publico esta columna, también, en las ediciones de Burriana y Vila-real, en justa correspondencia al origen de esto.

    Antes que nada, tengo que reconocer que el autor de La Bona Miranda parece no haber cambiado, o modificado, su forma de pensar, políticamente hablando, con el paso de los años, y eso le honra ya que perseverar en algo siempre resulta de vital importancia para el comportamiento moral de una persona. Creo yo que eso es un punto a favor. Lo contrario podría decirse, seguramente, de mí mismo, pero, al fin y al cabo, la vida nos lleva por derroteros que, a veces, no podemos evitar y que, tampoco, queremos evitar. Eso, ahora, no creo que tenga importancia ya que no se trata de hablar del autor de estas líneas sino de algo que, en su raíz, nos sostiene y que, claro, supera a mi propia subjetividad en mucho.

    Ahora vayamos con el tema.

    Todos sabemos que la historia supone evolución y que, sin ella, estaríamos, aún, anclados en un pasado ya muy viejo y no habríamos salido de las cuevas en las que nos refugiábamos de las inclemencias del tiempo y de resto de los elementos. Esto lo saben, mucho mejor que yo, los historiadores de los que, Burriana, cuenta con unos cuantos. Sin embargo, todo lo que es cambio, modificación, o lo que sea, no resulta, muchas veces conveniente o, simplemente, no es posible aceptarlo. Porque no todo lo posible es admisible, como se piensa hoy día de muchas, pero que de muchas cosas aplicando una corrección política siempre perversa pues justifica todo bajo la capa de la modernidad o del mismo presente en el que nos encontramos.

    Para empezar, el hecho mismo de la reflexión sobre España sólo la han puesto de moda aquellos que pretenden acabar con ella so pretexto de que hay otros ejemplos, otros, que también funcionan bien. Pero esos ejemplos, seguramente, no tienen, detrás, la historia de España y, por lo tanto, no cabe aplicación analógica (que, como sabemos, es la aplicación a algo diverso de algo común basado en razones de semejanza) pues de lo contrario bien podemos hacer uso de modelos políticos a nuestro antojo si bien nos viene o como nos queramos, en cada momento. Creo, francamente, que eso es de lo que se trata, de que todo es posible.

    En realidad, no sé cómo se puede argumentar que existen los “españoles” pero que, “en realidad, España no existe”, pues es un tanto curioso el hecho de que pueda existir algo sin que exista la referencia de la que proviene. Esto, yo, modestamente, no lo entiendo. Sólo se me ocurre que esto es posible, esta argumentación, que no su fondo, que es imposible, si lo que se pretende es que, al existir “los españoles” éstos decidan, sobretodo en este momento en que es posible que así lo pudieran decidir, al mandar los “nuestros”, sobre el cambio de régimen que es, ni más ni menos, lo que se pretende. Y no otra cosa. Sin embargo, creo yo que ésta es una empresa que tienen perdida porque, efectivamente, habrían de ser los españoles los que decidieran y no, sólo, sus representantes que es, precisamente y aprovechando esta coyuntura de mayoría-minoría política que ostenta el PSOE, pues necesita de muchos para hacer algo, lo que se quiere hacer. Ya sabemos eso de “todo para el pueblo pero sin el pueblo”. Aunque, ciertamente, no se trata de una ilustración liberal sino de una iliberalización inilustrada. O sea, lo contrario. Creo que ya me entienden. Aunque, quizá, una cosa es que los que gobiernen no estén todo lo preparados que debieran y otra, muy distinta, que haya muchas personas que les votan, o piensan como aquellos, que sí lo estén; preparados, digo. Un ejemplo de esto es el autor de La Bona Miranda, al cual, como ya he dicho en otra ocasión, conozco desde hace muchos años y, a este respecto, sé lo que digo. Digo esto para que no se piense que una cosa quita la otra.

    Yo no he leído el libro del exconseller Joan Romero. No puedo decir nada de su contenido pues sería poco honesto por mi parte. Sin embargo, sí puedo decir lo que pienso sobre lo que dice el autor a tenor de lo dicho por el columnista al que he citado y que ha dado con mis palabras en esta columna.

    La verdad es que no es nada de extrañar lo que Romero piensa. Otra cosa no se puede esperar y eso le honra, como persona que, ideológicamente hablando, se manifiesta como le urge el momento.

    La idea central es que lo que haga la parte, si es para bien, siempre beneficia al todo. Esto, en principio, parece que tenga sentido. Sin embargo, si la parte sólo quiere beneficiarse a costa del todo, eso no parece muy de acuerdo con aquella idea general. El hecho de que en los próximos años, del presupuesto del Estado se tenga que garantizar grandes cantidades de euros para Cataluña, a la fuerza, o sea, venga bien o no venga bien al resto de España, es un ejemplo claro de hasta dónde la mejora de una parte beneficia al conjunto (esto es una ironía, claro). Lo de las diputaciones, como instituciones obsoletas, se lo tendrían que decir a los pueblos que se benefician de sus inversiones y de los funcionarios que pueden vivir, y servir, a sus conciudadanos, al ver pagados sus sueldos por esas Diputaciones que, como vienen de antaño, quizá de antes del “renacimiento” de los movimientos nacionalistas españoles (me refiero a españoles de Cataluña, Galicia, etc) pues parece que son viejas y a eliminar. ¡Tanto dispendio administrativo es tan gratuito!

    Todo lo demás, es decir, la posibilidad de que las autonomías tengan mayor representación en las instituciones europeas e, incluso, que reconozcan a las selecciones deportivas de esas autonomías, pues es más de lo mismo, com més sucre, més dolç, que se dice. Todo esto es una forma de proponer ideas que pueden ser aceptables, pero tanto como otras que proponen lo contrario. De otra forma, no cumplimos las reglas mínimas del juego democrático, si es que se trata de esto, claro.

    Por otra parte, yo creo que, hasta ahora, en España hay una convivencia ejemplo para muchas naciones del mundo, que se ha tenido como ejemplo, quiero decir. Lo que pasa es que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, pues los que gobiernan, ahora, España, han entendido que “ahora o nunca” es el momento de dejar su impronta en la historia. Esa huella, creo yo, no deja de ser, pienso, digo, algo infantiloide, algo como decir “ahora me toca jugar a mí y el juego es mío”. Pues resulta que el juego es de todos, y que las piezas que forman el puzzle de España no pueden ser apropiadas, para disgregarlas, bajo el pretexto de algunos ejemplos, como el Suizo. De cantones, como los suizos, ya hemos tenido ejemplo en la España del XIX. La I República fue ese intento de separar, bajo la promesa de mejoría (ya sabemos que “cada mejora percibida desde las partes será beneficiosa para el conjunto”, Romero dixit”) no fue, precisamente, lo mejor de la historia de España; más bien, fue algo patético y que movería a risa si no fuera tan serio.

    A mí, de Suiza, me gusta el chocolate. Los bancos, para otros y la neutralidad, sólo para cuando vale la pena; lo otro, es cobardía, políticamentecorrección, abuso de poder, la nada en pantalones, el bluf.

    Creo yo que ese horizonte suizo, como pasa con todos los horizontes, queda demasiado lejos como para alcanzarlo pues al pretender llegar a él siempre quedará otro horizonte, más lejos, y así, siempre. Por eso creo yo que el título del libro es “España inacabada” porque, para él, y seguro que para muchos, esta nación milenaria nunca estará acabada porque siempre está en camino. Torcer ese camino es, quizá, su tarea predilecta. Enderezarlo, la nuestra, la de los demás.

    Puedo asegurar que mi cerebro, y el de muchas personas que puedan pensar como yo, siempre está operativo y, en ese sentido, inacabado, pero ese estado de no acabado no se refiere a seguir cualquier moda sino, al contrario, a sentar su uso y funcionamiento en valores que la moda no puede entender porque no son moda sino esencia misma de una forma de ser que, por eso, llamamos española, al residir en España, su casa y en su presente, su misión.

    Lo demás, pueden creerlo así, es, tan sólo, un intento de modificar la realidad. Francamente no creo que lo vayan a conseguir. Si lo hacen, por lo menos tendremos a Suiza como lugar de exilio, para recordar, desde allí, lo bien que se ven las cosas desde la ensoñación de lo que no tiene fin.

    ocultar
    El sueño de lo que no tiene fin
    Subir