11 de diciembre de 2019 11/12/19
Por Eleuterio Fernández
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Un singular hermanamiento…festivo

    Mancha RealBurriana

    Amables lectores. Los pasados días 17 y 20 de abril se produjo un acontecimiento que no me resisto a llamar, por el tema y por lo que supone, sino singular, particular, curioso. Y esto por lo que sigue.

    Burriana tuvo la visita de una representación de un aceitero pueblo situado en Sierra Mágina, allá por las tierras de Jaén, que no es otro que Mancha Real. En concreto, el grupo estaba formado por 600 personas, pensionistas y jubilados, que hacían un, seguro, merecido viaje.

    El que esto escribe ha leído, en este mismo periódico digital, alguna crítica, si no a la visita en sí misma, sí a la forma de encararla. En fin, que esto, como casi siempre, es lo de menos y nunca, o casi nunca, se hace todo a gusto de todos. Lo que viene a ser más importante es el hecho mismo de este, como digo, singular hermanamiento.

    Parece que no es posible que entre tierras tan lejanas pueda surgir algún hilo de unión si es que no existen vínculos históricos determinados que los puedan unir, que poder llevarse a cabo estas serie de actos con los cuales el hombre tiende puentes que romper, por ejemplo, con esa obsesión y, que llevada hasta el extremo, pervierte la convivencia, la convierte en alejada de realidad como ésta, paradigma de la posibilidad que tiene, el ser humano, de ser, eso, humano, parece que no es entendible.

    Sin embargo sí que existe ese hilo que une a estos dos pueblos y, tengo que decir, para aquellos que no estén de acuerdo con esto que, San José (aquí conocido como Josep) el santo fallero por excelencia, ha hecho lo posible para que no existan fronteras.

    Es Mancha Real, en Jaén, pueblo maderero, fabricador de muebles de aquella materia y, debido a esto, rinden homenaje, en el mes de marzo, al Patrón de los carpinteros. Ésta es la razón, primera y última de que se haya producido este, digamos, hermanamiento festivo. Y esto, creo yo, es importante por lo que supone de apertura y cercanía.

    Pero, quizá, lo que aquí importa es que, independientemente de las modas y las ideas particularistas, eso que a veces llaman “pueblo” para adueñarse de una idea, no se siente disperso sino que, al contrario, siente cercanía entre sí y no está por la labor de separar. Esto lo digo porque bien conocido es el hecho que desde posturas, digamos, nacionalistas, tratase de dividir más que de unir y, así, lo que puede ser convivencia sencilla, aunque no por eso exenta de luchas ideológicas, acaba siendo motivo (pues no se trata sino que de capricho propio y no causal) de enfrentamientos entre, digamos, pueblos mismos que, de otra forma, ni siquiera se les ocurriría hacer nada de eso.

    Por eso es importante lo sucedido hace unos días en Burriana y en sus calles.

    Ahora, cuando los vecinos de Mancha Real hayan vuelto a sus casas y estén en ellas, allá por las tierras de Andalucía, se habrán llevado una impresión de Burriana que habrá sido mejor o peor (seguramente buena porque ya sabemos que estar de viaje visitador siempre gusta y todo, o casi todo, se ve bien) pero les habrá quedado claro que entre sus pueblos, el suyo y Burriana, hay algo más que les une, algo más que les lleva, por los caminos del mundo y algo a lo que pueden recurrir en caso de emergencia espiritual: un patronazgo josefino, una forma de ser, un carácter, eminentemente, festivo.

    Y eso, creo yo, vale la pena recordarlo.

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