14 de noviembre de 2019 14/11/19
Por Eleuterio Fernández
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La realidad tergiversada y 3.- Esa curiosa memoria (histórica)

    Amables lectores, con esta columna termino esta serie de tres con las que he tratado de centrar el acento en aspectos en los cuales entiendo yo que se está tratando de modificar el pensamiento de las personas que acceden a este tipo de conocimiento, es decir, a casi todas pues son estos aspectos singulares pero, precisamente por eso mismo, muy generales.

    Esta columna es la que más, digamos, puede llegar al corazón de aquellos que la lean. Esa memoria histórica, nos dicen, que es necesario recuperar lo es para bien de la sociedad, por ese interés social con el que se esconde otras cosas menos honorables, para sanar heridas y bla, bla, bla. Qué recuperación, qué es el bien y  a qué consideran sociedad es otra cosa de la que hay que hablar y, ahora, escribir.

    Aquí voy a hacer uso, quizá demasiado, del diccionario ya que, en casos como este, al igual que pasó con el tema de la lengua, resulta imprescindible para acotar de lo que se pretende hablar. Las palabras de las que se hace uso, a no ser que las use quien no sepa lo que dice o escribe, tienen importancia casi total. Otra cosa es la pura manipulación, como creo que se da en este caso.

    Cuando hablan de memoria histórica, para empezar, parecen que tienen un sentido algo alicorto de aquella.

    La tercera acepción que la palabra “memoria” tiene, según el Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia Española, es el “recuerdo que se hace o aviso que se da de algo pasado”. Yo creo que los partidarios de esta actitud poco apta para la convivencia participan de aquella más que de la primera de todas y que es “facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado”. Con esto quiero decir, en primer lugar, que lo que se pretende no es recordar, que es una facultad que tenemos que tener presente las personas para no repetir errores pasados sino, al contrario, y en segundo lugar, no limitarse a retener lo que pasó (y todos sabemos a qué me refiero) sino “avisar” de lo que sucedió para tratar de cambiarlo, a su gusto, a su regusto amargo y olvidadizo a destiempo.

    En primer lugar, toda memoria ha de ser, por fuerza, histórica, ya que siempre se referirá a algo pasado pues de lo contrario no sería histórico. Esto, por lo tanto, ha de haber sido comprobado y cierto (que es la segunda acepción de la palabra histórico). Si ha sido comprobado y, por lo tanto, se da como cierto, ¿a qué viene tal traer al hoy los sucesos de antaño? Por lo tanto, nos encontramos ante una redundancia o, por decirlo rápido, ante algo que tiene gato encerrado o, lo que es más probable, ante una expresión de ignorancia lingüística o simple manipulación tergiversadora. De todos estos ingredientes ha de tener este guiso maloliente.

    Sentado el hecho de que la memoria se basta para recordar, podemos pasar a la segunda parte de la argumentación de los partidarios de esa mal denominada “memoria histórica”.  

    Da la impresión que hacen de su gusto particular una necesidad a respetar se quiera no se quiera. Con el poder que les proporciona el poder (valga esta, casi, redundancia) se están preocupando de hacer de eso, de una manía propia, una obligación para todos, pues no otra cosa es que se pretenda seguir ese “impulso irresistible que hace que las causas obren infaliblemente en cierto sentido” (primera acepción de la palabra “necesidad”) y que todos hagamos lo mismo como “aquello a lo cual es imposible sustraerse, faltar o resistir” (segunda acepción de la misma palabra). Sin embargo, no todos vamos a comulgar con ruedas de molino de ese tipo porque si lo hacemos así contribuiremos a difundir ese sentido tan malicioso de la historia que tanto daño puede llegar a hacer y, casi seguro, ya está haciendo (la prueba de esto es esta columna).  Si bien puede resultar necesario, y lo es, que no olvidemos el pasado (como he dicho antes, para no repetirlo) el caso es que esta forma de traer aquello (concretamente lo sucedido entre los años 1931 y 1939) parece tener un carácter eminentemente revanchista. Sin embargo, esta revancha (que, seguramente, en muchas ocasiones, no tendrá ese carácter sino el meramente recordatorio) no puede ser, como ninguna, nada bueno para la sociedad, no puede tener ningún interés, por eso, para esa totalidad a la que dicen representar cuando es evidente que no esa así sino que, al contrario, una actuaciones eminentemente sectarias se esconden, emergen, para dominar, de todo esto.

    Es cierto que hace poco han aprobado una Ley denominada de la Memoria Histórica (concretamente la Ley 24/2006, de 7 de julio, sobre declaración del año 2006 como Año de la Memoria Histórica). Pretenden que este año sea el de eso, el del recuerdo general de esa memoria. Supongo yo que sería porque, a su vez, es el 75º Aniversario de la fabulación de proclamación de la II República y, por eso, con ese subterfugio, quieren celebrar lo que sólo unos pocos, los mismos de siempre (pero ahora con poder) es su sueño, aquello que pasó, aquello que recuerdan, ¡Ay¡, con nostalgia. Es más, en la propia exposición de motivos lo dicen así, “este año 2006 se cumple el 75º aniversario de la proclamación de la Segunda República Española y el 70º del comienzo de la guerra civil”… por lo que cualquier duda que hubiese sobre la intención de tal norma deja de ser eso, duda, para convertirse en una certeza, francamente lo digo, bastante patética.

    Y todo esto a beneficio de un inventario clarificador: el que se deriva de la destrucción de España y de la que, como diría Alfonso Guerra, el oyente, no la iba, va, a conocer ni la madre que la parió (y que me perdonen, pues tan sólo repito la expresión de un “docto”)

    Sí señor, y además, sepultó a Montesquieu. ¡Vaya memoria¡ la de estos individuos que tan alejados están de la definición que Boecio hiciera de persona, a saber: sustancia individual de naturaleza racional. Mera sustancia individual, subjetivismos incluidos, nihilismos acuciantes. La nada mandando. ¡Puaj¡


    NOTA: Amables lectores, como he podido comprobar en la lectura de la ignominiosa Ley que tiene para un análisis, la semana que viene, como Apéndice, les molestaré con otra columna, que supera, así, el número de tres. Pero, creo, que vale la pena.

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