14 de noviembre de 2019 14/11/19
Por Eleuterio Fernández
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De nacionalismos y mitos. Yo fui un converso, al nacionalismo, lo confieso.

    Hagamos, amables lectores, un poco de memoria, ahora que los recuperadores del pasado, sólo de lo que les interesa, parece que quieren traer a la actualidad hechos muy antiguos tergiversando lo que pueden para llevarnos, del ronzal, por donde su mala cabeza entiende. Cosas de la progresía. Hagamos memoria ahora que tan cerca está la histórica fecha, esta sí, del 9 d’octubre.

    Muchas veces se dice que cualquier tiempo pasado fue mejor. Esto, que es absolutamente falso, quizá venga bien a modo de refugio de nuestro presente, quizá sirva para acomodarse en la nostalgia malentendida o, en algunas ocasiones, algunas veces, de vez en cuando, desembarazarse (que no abortarlo, como si fuera algo que se piensa negativo o malo) de lo que fue pasado, da claridad a tu presente y ayuda a seguir adelante, seguros de que, así, esa tiniebla con la que cubrimos nuestro recuerdo, se disipa.

    He dicho en el título de la columna que confieso que fui un converso. Con esto, como saben, me acuso de algo pues la figura de la confesión implica, por ella misma, el dar a conocer algo, hecho o circunstancia, que se entiende intrínsecamente mala o perversa y se intenta, con eso, purgar, quizá, el corazón herido por aquello que fue.

    Vayamos, pues, con lo que toca en este momento: descubrir, aclarar, permitir el entendimiento.

    Hace ya muchos años, pero menos de los que quisiera, allá por la década de los ochenta del siglo pasado, el XX, dieron mis huesos y mi poca cabeza, ¡cosas de la juventud tardía!, con unas ideas políticas un tanto peculiares. Creo que fue a raíz (o sea, ese era el momento en el cual arraigó aquello) de la lectura del libro Crítica de la nació pura, de Joan Francesc Mira i Casterà, de 1985, donde propone su tesis sobre el concepto de nación (¡Ya pueden imaginar qué tipo de nación se criticaba!). Creo recordar que este libro  me lo prestó Joan Garí, el conocido por todos. Era una forma de echar la red, pienso yo ahora, o quizá sólo un medio de informarse sobre otras situaciones que no eran habituales para mí. Con esto quiero decir que no echo ninguna culpa a Garí, pues las elecciones son, al fin y al cabo, de cada cual.

    Aquello parecía aclarar muchas cosas; llegué a creer que la tesis de aquel texto era una especie de revelación, como si hubiese recibido una inspiración clarificadora y procedente del poder intelectual y del escritor lletraferit, como un descubrir un mundo inhóspito donde adentrarse, yo no lo sabía, iba a ser bastante castrador, limitativo, negro.

    Ya había entendido, amables y pacientes lectores, que el banderín de enganche, la conversión terrible, estaba en el barrio nacionalista, donde toda ofensa es posible, todo desdén necesario y toda ignorancia sobre el otro es, muchas veces, un requisito sin el cual no se entra y, lo que es más importante, no se permanece; al menos, eso me parecía a mí.

    También saben que lo que se dice de un converso es que resulta ser, para demostrar que lo es, más peligroso que los mismos dueños del nuevo mundo, tranquilizados por su conciencia exclusivista y me-miro-el-ombligo. En mi caso, tampoco iba ir contra esta teoría que funciona siempre porque está en la naturaleza humana el querer aparentar lo que se quiere parecer para que quienes reciben tu mensaje entiendan que eres lo que ellos quieren que seas. ¡Qué bien hace la distancia en el tiempo para ver ciertos comportamientos!

    Aquellos eran tiempos de reacción (¡cómo si hubiera acción a la que responder!), tiempos de actos, digamos, peculiares pero sentidos como necesarios, como, por ejemplo, el cambio de letreros de compañías telefónicas, valencianizando sus indicativos, el cambio de placas de los nombres de las calles, valencianizando el nombre, y cosas así que ya pueden imaginarse, cosas que bien son, en una superficie, benéficas, pero, en el fondo son eso, un fondo; cosas que no son, si bien lo pensamos, de mucha gravedad pero que son, eso sí, manifestación de una actitud que llevada más lejos lleva donde lleva, claro. Ahora todo eso se hace legalmente e incluso, en muchos sitios de España, obligatoriamente… ¡es que las cosas han cambiado mucho desde entonces! y muchas para bien, claro. Incluso llegué a ir a Barcelona un 11 de septiembre, a la presentación de la revista El Temps y ver ese patético espectáculo de la Plaza de Cataluña que se producía, y produce, seguramente, entre la policía y los nacionalistas (yo no digo radicales porque todos quieren, en la superficie y en el fondo, lo mismo): carreras, botes de humo, insultos. En fin, que es fácil saber qué pasada, porque aún pasa.

    La cercanía a la entonces Unitat del Poble Valencià (recuerdo a Traver, una gran persona y un gran trabajador, a pesar de la ideología porque, por encima de todo eso, está la persona aunque, por desgracia, esta tesis no siempre funcione y sea correcta, en este caso sí lo es) y tantos otros que “ayudaban” a apuntalar unas ideas y unos sentimientos que, sin embargo, hacían, cada vez, el mundo, más pequeño, más constreñido, más menos, más lo que, en realidad, no era.

    Ya pueden imaginar que la participación en diversas campañas electorales (¡hasta fui interventor! teniendo en cuenta que hablaba castellano, cosa la cual causaba extrañeza, yo, una persona, al fin y al cabo representante de aquella formación política y esto, seguro, es una prueba de algo: esa extrañeza delata algún tipo de racismo de cariz personalista con una evidente manifestación lingüística manifiestamente mejorable, pienso yo) era a favor de esa opción que tenía, aparentemente,  pues no pertenecían a ese partido netamente nacionalista, a personas como Josep Palomero (del partido socialista), más que conocido por todos los burrianenses, escritor, concejal, miembro del Consell Valencià de Cultura, etc, etc., etc., en el Ayuntamiento de Burriana regentando la cosa cultural y  que, a su modo, tanto hacía por la cultura de su pueblo (perdonen que no recuerde, exactamente, la denominación de su concejalía).

    También pertenecí a l’Agrupació Borrianenca de Cultura (aunque creo que esto ya lo dicho alguna vez) durante unos cuantos años. De eso no me arrepiento nada en absoluto pues era una forma de permanecer activo y de estar al día de ciertas cosas. Es una pena que el punto de vista de esa entidad benemérita que edita el famoso Buris-Ana cojeara del mismo pie que yo o, más bien, al revés. ¡Ay, aquellos folletos de Omnium Cultural!, de Barcelona (ese sometimiento a la metrópoli), cuantas cosas aclaraban, entonces y, más aún, ahora. Olvidando esto,  no lo de l’ABC sino lo otro, personas como Teresa Esteve y Artur Rufino (¿qué será de ellos?), además de Joan Garí,  supusieron mucho para mí y, a eso, a su amistad, nada opongo ni nada puedo objetar, ni quiero ni me da la santa gana y esto es lo único que guardo como un pequeño tesoro, en mi corazón, de donde salen las obras y permanece lo bueno de nosotros.

    En fin, muchas otras cosas podría contar pero no voy a agotar la memoria de una sola vez. Sirva esto para acusarme de haber sido un converso al nacionalismo. Lo único bueno es que la penitencia por este gran fallo personal ya la pagué en forma de años entregados a la nada y al vacío, a la introspección y al ninguneo, al ayer que pasó, que ni siquiera fue como se decía, a la oscuridad y al olvido.

    Sepan los nombrados aquí, que han sido pocos, que no guardo ningún rencor por lo hecho o dicho, que con alguno de ellos, y otros que no han salido a la palestra, he pasado los mejores años de mi vida como persona. El perdón es una virtud muy cristiana y de eso sí que ejerzo y el pasado ya es pasado y como yo creo que sólo cuenta el ahora, qué se puede hacer ahora… pues esto es una forma de hacer algo, de llevar a cabo una catarsis que espero, francamente lo digo, que cada vez la tengan que hacer menos personas porque no haya causa para ello.

    Yo ya no vivo mirándome el ombligo, el mundo es mucho más grande que eso, ¿verdad?; nosotros mismos somos más grande que eso.

    Jo, en la distància, veig a Jaume I acostar-se, pausadament, a les muralles de València.

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