11 de diciembre de 2019 11/12/19
Por Eleuterio Fernández
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Mirando al mar

    Bajo la advocación de la Virgen del Carmen, que preside la nueva lonja sita en el puerto de Burriana (que podemos ver aquí mismo, tomada de su pared), este pueblo de la Plana tiene sus ojos puestos en ese Mar Mediterráneo, nuestro como siempre, nuestro para siempre.


    Quizá la pesca no sea la actividad con la que Burriana sale adelante pues, hoy día, se ha diversificado mucho el negocio y nuestro pueblo tiene otras fuentes de ingresos, quizá, seguramente, más importantes. Sin embargo el hecho de que Burriana mire al mar de la forma que lo hace, de pleno y de cara, hace, de esto, un algo muy especial. Supone, por un lado, una apertura pues el mar, en sí mismo, no tiene más que la frontera que queramos ponerle pues une pueblos muy distantes. Por eso cuando miramos, pongamos un ejemplo, desde la escollera que da a mar abierto o, también y mejor, desde el faro mismo que indica el camino de salvación para los perdidos, lo que vemos es un algo tan inmenso (¿quién no se ha preguntado, alguna vez, qué hay, aunque sepamos qué, más allá?) que, como poco, podemos extender nuestra mirada hasta que nuestra imaginación nos permita. Burriana mira al mar, y con esa mirada trae, de otros mundos desconocidos, más que nada, una apertura de corazón que mejora nuestra forma de ser, que nos da una libertad de corazón no exenta de vida ajena. Burriana mira al mar, y con la actividad de las embarcaciones como las que vemos aquí no sólo nos viene el alimento sino que, envolviéndolas, el aroma de otro espacio nos llega, transmutando, en nuestro ser, el cerrado espacio en el que vivimos.


    Burriana mira al mar, eso es tan evidente que tratar de desviar ese camino espiritual atribuyendo a intereses especulativos  esa apertura es mostrar una ceguera que, aunque interesada, no es, sino, expresión de una incapacidad de reconocimiento de la realidad; una, digamos mejor, falta de frescura intelectual.

    Burriana mira al mar, y con el esfuerzo de aquellos que, con sus manos, detraen de sus aguas el fruto de ingesta tan recomendada, se vierte, en nosotros, cuando miramos y vemos eso, el azul largo, extenso, indefinible en su forma,  podemos sostener que la voluntad creadora de Quien hizo esto nos regaló, a nuestro corazón, la oportunidad de gozar de lo sublime con tan sólo acercarse a orillas de l’Arenal o más allá, en la arena sembrada de minúsculos, o no tanto, granos de piedra, del Grao. Ese regalo, que siempre hemos de agradecer (por lo de bien nacidos, digo) ha de ser objeto de mimo y atención y, además, cuando miremos los instrumentos de trabajo de los que hacen uso los esforzados hombres  (que no se me molesten las mujeres, si también las hay) del mar, hemos de agradecer que, bajo un cielo nublado y un sol que se agradece, descansa el sueño de muchos que, tras sus horas de labor, regresan a casa con la sensación de que, si bien no esté bien recompensado, sí es un trabajo bien hecho.


    Burriana mira al mar. Y con esa mirada que todos echamos (aunque sea en la distancia siempre pervive el recuerdo perenne de eso) enviamos, allá donde pueda llegar, allá en la lejanía de lo desconocido, un grito de desesperación por lo que se muere, por lo que fue, en otro tiempo, quizá, una verdadera forma de ser.

    Y sentimos, seguramente, con nostalgia, que, quizá, otro tiempo pasado fue mejor.

     ¡Qué pena!
     
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