22 de agosto de 2019 22/8/19
Por Eleuterio Fernández
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María, Madre del Mar

 Amables lectores de Burriana, Vila-real y Les Alqueries. Aunque podemos decir que, propiamente es Burriana el pueblo que más contacto tiene con el mar, por razones obvias, las otras dos, vecinas ambas, se encuentran tan cercanas, ambas, a las aguas del Mare Nostrum que bien pueden aplicarse lo que dice esta columna que es, aviso de antemano para desavisados, de contenido eminentemente religioso. Por ser hoy el día que es, 16 de julio, día especialmente marinero pero, como en todos los casos de las advocaciones marianas, sea cual sea el nombre que de demos a la Madre de Dios, sea cual sea su denominación, siempre podemos entender, todos los cristianos, que lo que se dice se dice para todos nosotros.

Por eso digo lo que digo ahora. Y que es lo que sigue.

Algunos de los Apóstoles, de los privilegiados que conocieron muy personalmente a Jesús, tenían el oficio de marinero; eran pescadores, unos con más posibles que otros, pero se dedicaban a ese noble y duro trabajo de extraer, del mar particular, el fruto de su esfuerzo.

María, como Madre del Mesías (bien guardaba eso ella en su corazón) tuvo que tener, por fuerza, una relación muy estrecha con aquellos discípulos incrédulos que, a pesar de su situación, seguían a su hijo. María, por así decirlo, era, también, Madre de ellos, pues era Madre del Maestro. Era, pues, Madre del Mar.

Por eso, cuando cada 16 de julio de celebra la fiesta, bajo la advocación de la Virgen del Carmen, esa Stella Maris tan querida por las gentes del mar (pero no sólo por ellas), es como si volviéramos a ver, de nuevo, a Santiago echar las redes para ver si podían pescar algo que echarse, al menos, a la boca y, en la confianza en el Maestro, hacer, como dijo María en otra ocasión “lo que Él os diga”. Esa forma de actuar tan llena de esperanza en Quien sabe lo que dice y lo que hay que hacer; esa forma de dejarse caer en las manos de Quien no sólo va a acariciarnos sino, sobre todo, Quien nos va a llevar de la mano, acompañándonos a lo largo y extenso de nuestro paso por este mundo.

Pero como para cada año, éste 2007 también se ha escogido un, digamos, lema que acompañe a esta jornada y celebración del Día de las Gentes del Mar. Aquel, muy adecuado ateniéndonos a las circunstancias y a las necesidades de la Iglesia y de sus hijos es “María en la Eucaristía”. Bien podemos decir que entre un tema y otro, el mar y la celebración por excelencia del cristianismo, se ha tendido un puente por el que podemos pasar para mejor entender y celebrar un día al que, ahora, nos referimos.

Bien sabido es que “María ocupa el lugar más alto después de Cristo y el más cercano a nosotros” a tenor de lo dejado dicho por la Constitución Dogmática Lumen Gentium (Sobre la Iglesia, 54) y que, por esta divina causa y razón la tenemos, a la Madre de Dios, como intercesora nuestra ante nuestras tribulaciones y necesidades. Por eso, en recuerdo de aquella santa mujer que tanto quisieron los Apóstoles, damos rienda suelta a unos sentimientos que sólo pueden estar llenos de acciones de gracias a su persona, culmen del amor de Dios e instrumento digno de su voluntad.

Por eso recordamos, aquí también, el papel que cumple María Madre en la Eucaristía y, por eso, en las procelosas aguas de nuestra vida donde, si es posible, nos dejamos arrebatar por los vientos que nos provocan el miedo de la desazón, esos que mueven nuestra barca hacia no se sabe qué incierto futuro. Ahí está, para socorrernos, la Madre de Cristo, porque nos ayuda a “remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización” (Juan Pablo II, Carta Encíclica Ecclesia de Eucaristía, 6,) pues, en ese sentido, también podemos decir como nuestro Maestro que “para eso hemos venido”.

Cristo era, como bien les dijo a sus Apóstoles, también, un “pescador de hombres”. Por eso, además de por otras razones que sólo Él sabe, escogió a los pescadores, entre otros, para que ellos fueran, también, eso, pescadores como Él. Y ellos, reunidos para la oración en sus primeros tiempos se hacían acompañar de María, la Madre de Jesús que los acompañaba. Con ellos partía el pan (gesto que tanta importancia tuvo, en lo sucesivo, para el pueblo de Dios) porque “su presencia no pudo faltar en aquellas primeras celebraciones eucarísticas de confraternidad y unión” (Mensaje del Obispo Promotor del Apostolado del Mar con motivo del Día de las Gentes del Mar 2007) Esto, que tiene pleno significado para nosotros, no deberíamos olvidarlo, pues es ejemplo del proceder correcto.

Así, verse en el espejo de Cristo es verse junto a María, y, junto a ella, ser “testigos de esperanza para un humanismo marítimo inspirado cristianamente”, como ha recomendado el Mensaje final del XXII congreso mundial del Apostolado del Mar celebrado en Gdynia (Polonia) terminado el 29 de junio pasado. Esa esperanza, que nunca se pierde y menos para un cristiano, nos ha de llevar, como el río que desemboca en el mar para renovar sus aguas, a incorporarnos al mundo como echadores de redes, como aquellos que, siguiendo el mensaje básico de Cristo, siembran la Palabra de Dios para que florezca, cual captura divina, el corazón perdido en el proceloso caminar de la vida. Pescadores, así, entre las “injusticias e indescriptibles sufrimientos” (mensaje citado antes) de lo salvable que, aún, queda del hombre; lanzadores de ese salvavidas que pueda, con la ayuda de Dios, traer a su Reino a aquellos que han quedado aislados, cual náufragos, atrapados en la mundanidad que les ahogaba.

María, Madre del Mar, luz que invocamos para disminuir nuestro sufrimiento; en la tribulación ayuda, en la angustia faro que nos conduce hacia Dios. María, Madre del Mar, inspiración del Espíritu, estrella que, en la noche, encamina nuestros pasos; sílabas de tu nombre que anidan en el corazón de tus hijos, no abandones a los que, dentro del mundo pero sin pertenecer a él, miran, miramos, el ancho mar de nuestra existencia donde, con suavidad, nos llega el rumor del movimiento vivificador de la inmensa ola del amor de Dios.

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