15 de noviembre de 2019 15/11/19
Por Eleuterio Fernández
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Un homenaje al cielo que nos rodea

    El castellonense Fernando Nos ha expuesto en el Centro Municipal La Mercé, hasta el 30 de junio pasado, una serie de obras relacionadas con el cielo, con la línea que nos separa a hombres de ese espacio que tanto hemos dado en citar, nombra, magnificar, equivocados, a veces, al no comprender su verdadero sentido eterno.

    Hay muchas formas de representar al cielo que nos cubre, a ese espacio a que tan dados son los poetas a manifestar querencia y al que se dirigen multitud de personas por creer que en él, error comprensible, se residencia el poder del Hacedor.

    Tengo que decir que no conocía a Fernando Nos, seguro que es una gran ignorancia por mi parte admito, y que lo que ahora veo, es la primera vez que llega a mis ojos y a mi corazón. Sin embargo, y tengo que decir que gracias a la labor impagable de los redactores y fotógrafos de elperiodic.com, este nuestro periódico, exposiciones como esta pueden ser vistas, y comprendido algo del espíritu de su autor, en la distancia, la cual facilita, en mucho, el acercamiento y la comprensión de lo que nos rodea.

    El cielo, al parecer, cobra una cierta vida para amenazar al hombre y a su sentido ocupativo de la tierra. Este ser creado para enseñorearse de lo que se le entregaba, para dominara y henchir la tierra, ha ido tomando, con el paso de los siglos, desde aquel Adán primogénito, cumbre de su voluntad, hasta los nosotros actuales, quizá hayamos optado por una forma de desarrollo un tanto alejado de lo que debió de ser un entendimiento correcto de aquella orden primera.

    Ese cielo, gris, casi chocante y extremadamente perturbado, quizá representa el alma alterada, negativa, turbada con la que podemos aparecer ante nuestros semejantes, con una naturaleza equivalente, como un homenaje eterno a la misma realidad nuestra.

    Ese cielo, que corta, con su línea, y separa, así, lo real de lo inalcanzable, dibuja, majestuosamente, el ansia, a veces inapreciable (por falta de aprecio, quiero decir), de eternidad que tiene todo hombre, todo ser creado y dotado de inteligencia o, como dijera Boecio, esa sustancia individual de naturaleza racional y con la cual aspiramos a que esa separación aparente que divida nuestro existir entre lo terreno y lo espiritual, tierra y cielo entendidos, no devenga de imposible ruptura y permita el encuentro entre una parte y la otra, mediante esa ósmosis tan necesaria para tener una vivencia completa de nuestro ser que es nuestra dualidad como hombres.

    Ese cielo y esa tierra, reminiscencia de un origen estructurados por el hombre, intencionadamente nuestro, como dejando una huella que sólo se ve alterada por los caminos que, al entrar en el mar, ya se pierden para siempre; son, como digo, ese cielo y esa


    (Imagen tomada de elperiodic.com)

    tierra, del encuentro de lo real y lo posible, del tocar superficie o sentirse inspirado por el bien supremo, verticalmente unidos a la mano que infunde el existir y que inspiró, totalmente, a Miguel Angel en la Sixtina.

    Yo no entiendo mucho de fotografía, como de casi nada, pero sí puedo apreciar, al menos intuir, un ansia de profundidad, un querer abarcar, cuando toda, el universo todo que puede imaginar el artista, pues Arte (con mayúsculas) es la mezcolanza de técnicas tan actuales como la misma fotografía y el mundo digital de la pantalla del PC. ¿Dónde está el final físico de esa obra que recoge un bidón sostenido por la arena de la playa, solitario, acariciado que se va a ver por la espuma que rompe y que viene de un mar tranquilo?

     


    (Imagen tomada de elperiodic.com)

     

    Fácilmente nos podemos imaginar mirando la profundidad sin aparente límite, para nuestra vista, tan pegada a lo cercano, de ese mar suave que, con esas nubes amenazantes pero desde las que emerge cierta luz clarificante del sueño por lo mejor, por lo que nos forma como personas; nubes, digo, color gris presagio que atenaza nuestra existencia porque nos sentimos tan poca cosa ante tal poder natural. Línea del cielo que supura, con su belleza, la herida que amenaza nuestro corazón, solitario a veces pero deseoso de ser acogido, amoroso, por ese líquido horizontal que forma las lágrimas que nos caen ante esa magnitud de Dios.

     

    Fernando Nos nos muestra, también, en perspectiva babélica, diría yo, una vía que, igual que la presumida torre, pugna por llegar al cielo, sobrepasando esa línea ideal que separa lo uno de lo otro. ¿Cuánta presunción no hay en esta ansiedad por el más, por el mejor, por lo único ante el resto?



    (Imagen tomada de elperiodic.com)

    ¿Dónde llegará esta voluntad superadora, esa es su intención, del ideal espacio permitido para solaz de nuestra inventiva?, ¿hasta cuándo no comprenderemos que sólo somos depositarios de un bien que tenemos prestado, que debemos de entregarlo a nuestros descendientes mejorando (¿?), al menos, en algo?

     

    Esa línea del cielo separa, también, la razón de la que no lo es, separa el tiempo que pasó y que sucumbió al destino, en el que nos recreamos pensando que nunca sería ayer, que nunca tendríamos que escribir lo que fue porque para nosotros siempre es presente y el futuro apenas es cosa nuestra. Línea del cielo que augura, en la distancia en que le vemos, algún bien si tomamos nota del error cometido, del creer que la luz no nos viene dada.

     

    Y Fernando Nos, con esta exposición técnicamente atrayente, vestida del presente en el que vive, nos hace pensar, al menos a mí, que la parte de arriba y la de debajo de nuestra existencia deben de permanecer unidas en un, a modo, de continuidad que no traspase nuestra voluntad, vivamente seguros de que quien la trazó, en su eterna sabiduría, ya sabía que trataríamos de establecer un muro entre uno y otro mundo, que sucumbiríamos ante el miedo a lo que no tocamos, ni vemos, ni somos capaces, siquiera, de amparar sin plantear duda alguna, semilla de la perdición. Por eso permitió que el hombre, su obra, fuera capaz de ser sensible, de ganarle una batalla a la noche, de hacer ver que, a pesar de todo, el alma intrínseca del artista puede sernos regalada a los que contemplamos, absortos, ese feliz resultado de la ternura del corazón, ese entender el mundo de la forma que, solamente, son capaces de percibir aquellos que están dotados de un sentido exquisito y que, sin duda, sólo puede venir de un alma tocada por cierta gracia, de la que aprovecha su hechura, su fin mismo, el hilo sutil que los une con su espíritu.


    Gracias, Fernando, por ello.

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