12 de noviembre de 2019 12/11/19
Por Eleuterio Fernández
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Un Estatuto Impositivo (2). Cuando la lengua es una excusa vana

    Como dije en la columna publicada el día 25 de abril, y ahora caigo que esa fecha era providencial, sin querer que esto fuera así, un Estatuto como el recientemente aprobado que establece en su artículo 6 que la lengua “propia” de la Comunidad Valenciana es el valenciano no deja de ser una norma gravemente impositiva.

    Esta columna es la continuación de aquella, a la que seguirá, la semana que viene, otra, última, por fin, pensarán algunos.

    Personalmente, no soy ni lingüista, ni conocedor profundo de la lengua ni, tampoco, por así decirlo, tengo estudios en el amplio campo de los sistemas de comunicación verbal que es, al fin y al cabo, lo que sostiene y define a una lengua.

    Digo esto para que nadie se lleve a engaño ni pueda pensar que tergiverso, si lo hago, alguna realidad relacionada con las hablas, si se puede decir así de las que, secularmente, se hace uso en el ámbito territorial de la Comunidad Valenciana (CV desde ahora); o sea, del valenciano y del castellano, o al revés, como quiera entenderse.

    Bien conocido es que en la parte más situada al norte de la CV el uso de la primera de aquellas nombrada es extenso. Y Burriana, pueblo (o ciudad para quienes prefieran de grandezas) que viene siendo industrioso en los últimos tiempos, a tenor del polígono industrial de la carretera de Nules, se encuentra amparado por la extensión de tierra que contiene la denominada comarca de La Plana.

    Creo que ya he dicho en otro lugar, y si no lo digo ahora, que para mí, como licenciado en Derecho, las palabras tienen mucha importancia, muchas veces decisiva y que, por eso, su conocimiento y análisis tienen, la mayoría de las veces, una trascendencia vital para quien las utiliza. No quiero decir, con esto, que el significado sea distinto del que se le pueda dar en el uso común del conjunto de sílabas que forma la palabra sino que, más bien, y quizá, su comprensión pueda acercarnos, mejor, a la realidad sobre la que miramos y sobre la que hemos puestos nuestros escrutadores ojos clínicos.

    Pero, a veces, tengo que decir, que la lengua se usa, de una forma, en su sentido muy alejado de la misma realidad, que se usa como una excusa vana. Y voy a esto, que no es tan fácil como pueda parecer explicar lo que quiero decir.

    El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (DRAE) define a la lengua como al “sistema de comunicación verbal y casi siempre escrito, propio de una comunidad humana”. Por lo tanto, vemos que en esta definición se ven, claramente, plasmados, algunos elementos que conforman lo que es, eso, una lengua. Estos son, por ejemplo, el ser lo propio de una comunidad humana, el tenerla y, también, el ser instrumento de comunidad de esa sociedad en la que se incardina. Y como sistema, ha de tener una lógica interna para que su funcionamiento sea adecuado; funcionamiento que requiere que la comunidad a la que se dirige, a la pretende coordinar en su comunicación, responda positivamente a su demanda. Vamos, quiero decir, que la lengua no puede funcionar por si sola, que si no hay, o existe, sujeto pasivo que la reciba que, a la vez, sea sujeto activo, que la practique pues de nada sirve.

    Ya dije en la columna de la semana pasada (Un Estatuto propiamente impropio) que lo que entiendo por propio y que, desgraciadamente para sus defensores, es la forma adecuada de sentirlo, eso creo yo, y que, por eso, entiendo que, en este punto, el Estatuto para la CV recientemente aprobado tergiversa la realidad y la pone en una muy difícil situación, tan difícil como los gobernantes quieran que sea su aplicación: si es estricta, la dificultad será máxima (y esto no es negativismo pero, con esto, como con nada, no se puede caer en el buenísmo, ese mal tan actual de lo políticamente correcto) y anticipo, no profetizo, problemas sin cuento.

    Por lo tanto, si el valenciano es la lengua “propia” (¿?) de la CV, entenderemos, fácilmente, de ello, que es el sistema de comunicación. “El” digo y no “uno de los posibles” ya que la definición acota su sentido de aplicación, por lo cual en este caso, y quizá en todos, el límite es, además de inadecuado, excesivo, y, sobre todo, vano.

    Vano, como sabemos, es “falto de realidad, sustancia o entidad”, pero también es “arrogante, presuntuoso, envanecido”. Pero, es que, además, como locución adverbial es algo, o se dice de algo mejor dicho, “sin logro ni efecto, inútilmente” producido, podríamos decir.

    ¿No les suena, amables lectores estos adjetivos y esta situación a algo? ¿Hay algo más arrogante, o presuntuoso, o envanecido, que la utilización de una lengua como “motivo o pretexto” (definición de excusa) que, además, “se invoca para eludir una obligación o disculpar una omisión”? Y cual puede ese motivo (que, en sí mismo, es algo subjetivo, propio de cada cual que lo usa, para sí mismo, o, mejor, desde sí mismo) que impulsa a nuestras autoridades gobernantes a que la lengua valenciana (o, como prefirieren llamarla ellos, el valenciano) esté escondida en su mundo, cercano a lo diminuto, y que pugne por salir a la fuerza forzada y obligatoria, a machamartillo, sabiendo (pues lo han de saber) que es algo que no se adecua a la realidad, que es muy tozuda y que, además, y por si esto fuera poco, no hacen más que sembrar odio, soterrado y disimulado, eso sí, cercenando, así, otras posibilidades.

    Vamos que es algo vano y que, como excusa, como poco, no vale mucho. Lo penoso es que, cuando la lengua es una excusa vana y recae esa voluntad personal y arrogante sobre la población a la que dirige una norma (véase el artículo 6 del Estatuto nuevo, pero viejo, pues sólo es reflejo de viejos sueños y de sentidos de inferioridad, al menos en este aspecto, lamentables), queriendo que sea lo que no es y, ¡Ay!, lo que va a poder ser, creo yo, modestamente, que se debería haber pensado un poco antes de dar pábulo a su extraño sentido de la realidad.

    Seguramente que muchas personas que puedan leer esta columna, en caso de que las haya, pensará que soy un retrógrado, un fascista y todo eso que siempre dicen cuando no tienen nada que decir o, por lo menos, nada mejor que decir. Sin embargo, a esas personas bienpensantes y bien dispuestas a sentarse a dialogar con cualquiera como si todo fuera posible y todo fuera admisible les tengo que decir que cuando recaiga sobre ellas mismas el peso de esta incipiente ley (¡siento llamar ley a esta cosa, me refiero al artículo 6 citado!) recordarán el tan famoso poema que decía que” cuando vinieron a por los comunistas yo no me preocupé, porque yo no era comunista, cuando vinieron...”, ¿recuerdan? El final es lógico: cuando vengan a por ellos, y a por nosotros, de la forma que sea, y aunque sólo sea en aplicación de este espurio artículo, diminuto en letras pero inmenso en oprobio y falsedad fingida, quizá no tengan a lo que agarrarse, o sujetarse, o asirse, porque todas las maneras de hacer caso omiso al monstruo que dejaron crecer no les servirá como excusa, ni siquiera aunque esta sea vana.

    En fin, espero que no les haya aburrido demasiado, pero creo que este tema es, no sólo interesante, sino vital, para la vida común de cada uno de nosotros y que, aunque Burriana esté, podríamos decir, o represente un pequeño punto del mapa del mundo en que vivimos, tan seguro estoy como de que no voy a ser comprendido de que lo que hoy es signo de normalidad, el uso del valenciano en la calle, en la casa, en el trabajo, pasará a ser elemento opresor. En otros sitios ya ha pasado y pasa.

    O si no, al tiempo.

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