23 de septiembre de 2019 23/9/19
Por Eleuterio Fernández
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Un Estatuto Impositivo (y 3). Como no hay dos sin tres…

Antes de empezar con la columna de esta semana, he decir que estas tres columnas también han aparecido en la edición de Vila-real de elperiodic.com ya que, como sucede con el tema de la visita del Santo Padre Benedicto XVI, entiendo que hay cierto tipo de temas, o cuestiones, que han de estar a mano de cualquiera que pueda leerlo y sacar algún provecho, si esto es posible, de ello.


Y ahora, vayamos con el final de esta última parte del tema de la lengua.

Para que no pueda resultar pesado ni plomo, con esta columna acabo mi triple tratamiento del tema de la lengua. Comencé diciendo algo sobre el artículo 6 del Estatuto de la Comunidad Valenciana (CV desde ahora) recientemente aprobado, en el que se dice que la lengua “propia” de la CV es el valenciano. Creo que dejé clara mi postura en aquellas líneas, por lo que no cabe decir nada más.

En la anterior columna relativa a este tema (titulada Un Estatuto Impositivo (2). Cuando la lengua es una excusa vana, publicada el día 19 de junio pasado) dediqué este espacio que, tan amablemente me ofrecen, para tratar de hacer comprender que la lengua, utilizada como excusa vana de control y dominio, tiene un escaso pero riguroso futuro: escaso en cuanto será mucha la población que acabe oponiéndose a eso y riguroso porque de muchas formas el poder gobernante, en cada momento, puede hacer cumplir esa injusta norma; de muchas formas y en muchas ocasiones puede desvirtuar la realidad a su gusto. Vamos, que lo que quiero decir es que bajo una apariencia de normalidad “imaginaria” la imposición de la lengua valenciana (¡perdonen los puristas por haber atizado este término!)  será el pan nuestro de cada día.

Y como dice el título de la columna de esta semana, no hay dos sin tres. Por eso voy a tratar de decir algo sobre lo que, para mí, es una lengua, como hablante, y lo que, pienso, ha de ser su uso y el gusto por su uso. Lo que quiero decir es que voy a tratar de hacer entender que el valenciano no tiene porque ser utilizado como ariete contra nada, por situación, ni contra nadie, contra persona alguna.

Para mí la lengua es un medio, y no es un fin en sí mismo. En un grave error incurre, eso pienso yo, aquella persona, o institución, o cosa por el estilo, que entienda que utilizando, o mal utilizando, mejor dicho, la lengua como una causa puede llevar a buen fin si entiende que esa lengua, el valenciano, en este caso, pero podría ser el castellano o la que fuera, es hacia aquello hacia lo que se ha de dirigir el esfuerzo de los dineros públicos. Está claro que en esto puede haber un gran negocio, por negación del ocio, pero, sin embargo, y, es más, aún digo que en esto mismo está el error (por conocimiento equivocado).

Muchas personas piensan que temas como este de la lengua no deja de ser algo anecdótico que puede obviarse y dejar, un poco, como de lado, olvidado en el cajón de lo posible pero de lo cual no cabe preocupación alguna. Personalmente he visto y comprobado que es todo lo contrario, que desde esta plataforma lingüística pueden dominarse a amplias capas de la población con el sugestivo “sueño” (no menos sujeto a, propiamente hablando, la cuestión crematística) de que con “su” lengua el mundo será mejor, el color de todas las cosas será el rosa y la amistad nos vinculará a todos en un país de países, como diría Raimon. ¡Qué bonito, todo esto!, ¿cuánta primavera no ha desgastado esto?

Para mi la lengua es un instrumento, sobre todo, de comunicación, con el que los seres humanos establecemos contacto, presencial o electrónico (hoy día muy común y útil) y no puede utilizarse, impositivamente, como algo sobre lo que cabe dirigir a la población, es una forma de ser hombres (y mujeres, claro) que nos hace mejores que otros seres sólo por el hecho de estar dotados de esta posibilidad que se resume en la utilización de unos signos a los que, convencionalmente, se le ha dado, con el paso de los siglos, un significado u otro. La lengua es un precioso bien (y en este caso, precioso no lo digo en el sentido de precio sino de excelente, exquisito, primoroso y digno de estimación y aprecio, que es primer significado que se le da a esta palabra). Por lo tanto, la excelencia de la lengua no se puede resumir en el uso de una de ellas por encima de la otra, pues este es el sentido que tiene cuando se obliga, la exquisitez de una lengua no puede ir destinada a una sola de ellas; lo primoroso, como delicado y perfecto, de una lengua no puede encerrarse en la promoción de una de ella y, por último, lo que es digno de estimación y aprecio no puede ser, porque no lo puede ser, es que se considere que la vertebración de una sociedad tiene que sostenerse sobre las espaldas más bien estrechas de una lengua, sea la que sea ya que también son necesarios otros elementos como, por ejemplo, los de la sociedad a la que va destinada la norma que trata de vertebrarla, de constituirla, de fundamentarla. Una sociedad así, que se apoye, para su crecer, en la imposición, desde las más tiernas edades, no cabe la menor duda que será cualquier cosa menos una sociedad donde sea gustoso convivir.

¿Cuántas cosas no nos salen al encuentro cuando tratamos, aunque sea superficialmente, un tema como este?

Puede estar pensando algún lector que el problema es que he tratado superficialmente esto de lo que escribo y que, como no tengo mayores conocimientos que los que se sustentan en lo que veo y leo, mi ignorancia en esta cuestión limita, en mucho, mis opiniones. Que otra persona podría decir otra cosa y sería igual de válida. Y esto es cierto.

Sin embargo, como resulta que la lengua es un medio, como he dicho antes, este medio no debería poder acotarse, y mucho menos de una instancia pública, el uso de una de ellas, en caso, como este, de que sean dos, a favor de la otra si esto tiene, como consecuencia, un poner “en situación” dificultosa a los hablantes que no dominen la que se trata de imponer porque no tienen suficientes conocimientos de ella, por proceder de zonas en las que no se habla o,  sencillamente, porque no entienden decisivo para sus vidas el hacerlo. Que lo decisivo para sus vidas no sea el modo como ha de verse reflejado en la sociedad su comportamiento si este comportamiento no atina a ser, por decirlo así, el “políticamente correcto” (y no me refiero al comportamiento adecuado a la “moral” societaria normal sino al que parte del poder político, tan dado al control) sino que, ¡ya me gustaría a mí!, la “incorporación” (como dijera Ortega) fuera, de verdad, una “no” corporación, un “no” formar parte de un cuerpo estanco y sí una sociedad en la que lo grave de un acento no fuera que este fuera grave, o agudo, sino que no sirviera para identificar o señalar con una estrella, como ya se hizo muchos años atrás, aunque esta estrella tenga menos puntas que la otra, cada una de esas puntas no dejará de significar oprobio y falta de sentido.

Espero no haberles aburrido mucho, amables lectores, pero prometo que nunca más, a no ser que sea totalmente necesario, volveré a tratar de un tema tan árido y espeso como este. Puedo prometer y prometo, como diría el infortunado expresidente del Gobierno D. Adolfo Suárez (cuya recuperación de su enfermedad espero, con la ayuda de Dios) que, siempre que esté en mi poder, los temas a tratar serán más, diría, humanos, más cercanos a cada uno de nosotros.

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