9 de diciembre de 2019 9/12/19
Por Eleuterio Fernández
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Elecciones 2007: unos principios. 1.- Sobre el fin electoral.

    “Y así el fin supremo de la vida es necesariamente el mismo para el individuo que para los hombres reunidos y para el Estado en general”

    Aristóteles
    La Política. Libro cuarto, capítulo III, De la vida política


    Amables lectores, aunque la política, en sí misma considerada, como labor y trabajo, no me ha interesado casi nunca, de vez en cuando nos vemos obligados a entrar en temas sobre los cuales no hay más remedio que entrar. Este es un o de esos casos.

    Ahora, cuando faltan algo más de tres meses para que, allá por el último fin de semana de mayo, acudamos a manifestar nuestra voluntad delante de una caja con una ranura superior por donde se cuelan ideas e ilusiones, quizá sea el momento de decir, a lo largo de, en principio, tres semanas, algunas ideas o mensajes destinados a quienes, electores o elegidos, tienen-tenemos la obligación moral de hacer presente, entonces, nuestros pensamientos aunque sea, siquiera, como recurso último a la pataleta. Espero no ser, en exceso, pesado; o, al menos, parecerlo.

    Muchas veces, la relación entre la política y la ética deja mucho que desear y, como sucede, los caminos que se toman no son, digamos, los más adecuados, haciendo uso de todas las armas (políticas, se entiende) para hacer daño (el que sea) al adversario. Sin embargo, esto, que parece el comportamiento más común, no puede ser el aceptado, sin más.

    El fin primero, y primordial, que tiene el hecho mismo de acudir a las urnas es el de elegir a aquellas personas que se van a encargar, durante un período de cuatro años, de regir, dirigir y llevar a cabo, los diversos campos para los cuales son elegidos. El fin esencial es, pues, dar lugar a que nuevas, o las mismas, personas, den ese paso al frente que decidieron dar cuando, en sus vidas, pesó más el servicio que lo propio, la entrega de su tiempo frente a la avaricia de lo contrario.

    El fin, pues, electoral, de esta llamada a las urnas (locales y autonómicas) es, o tiene un sentido, de cercanía a todos nosotros, al ser los Alcaldes (y lo derivado de ellos de las Diputaciones Provinciales, amén de otros instrumentos de carácter comarcal que puedan existir) el objeto de nuestro votar. Pero ese fin se ha de ver reflejado en unas propuestas que, desde las diversas opciones políticas, puedan atraer a aquellos que puedan darles el voto.

    Algunos posibles fines para esto, quizá, podrían ser, sin ánimo de ser exhaustivos, los que siguen:

    1.- Se debería tener un concepto democrático de la justicia, que es dar a cada uno lo suyo, sin poder amparar ningún tipo de medro aprovechando amistades y similares relaciones políticas.

    2.-Se debería de tener un concepto verdaderamente ético de la actividad política, que no puede consistir en tenerlo desde un punto de vista estrictamente personal. Es decir, lo moral, o ético, no es lo que cada cual pueda pensar de su actividad sino lo que, en aplicación de unos mínimos valores morales, se puede aplicar a cualquiera.

    3.-Se debería promover un verdadero respeto al otro,  sentando las bases de unos pueblos esencialmente humanos, donde no prime lo útil sobre la persona y lo inmediato sobre lo verdaderamente importante.

    4.-Se debería llevar a cabo una acción tendente a mejorar, de forma efectiva, la vida de aquellos que, en nuestros pueblos, se encuentran desasistidos y su situación de pobreza no es moralmente permisible ni aceptable desde cualquier punto de vista.

    5.-Se debería llevar a cabo una labor política al servicio de la persona por encima de ideologías o lo que es lo mismo, el ejercicio de una verdadera ecología humana.

    6.-Se debería promover el bien común, que no es, sino, la concepción de la comunidad política como espacio donde la persona desarrolla su vida diaria, colaborando a que aquella se sienta implicada en el verdadero progreso de su pueblo.

    7.- Se debería intentar que todos los puntos anteriores fueran hechos realidad en la medida de las posibilidades de cada cual pues, en algunos casos, como es sabido, no se pueden pedir peras al olmo ni sería de recibo que, por mor de un fin electoral claro y particular modificasen su forma de ser (políticamente hablando). Ni siquiera sería conveniente.

    En fin, amables lectores, estos, apenas, siete apartados, quizá darían a la vida política local (y en lo que quepa de influencia, a la autonómica) un talante más, digamos, democrático y, sobre todo, sobre todo, humano, ya que si la gobernación de los municipios no se acerca a un concepto de hombre (como especie) intrínsecamente aceptable que huya de todos los intereses particulares y de las apropiaciones indebidas del parecer ajeno, lo único que se conseguirá, sin ese fin electoral claro y preciso alcanzado, es otro fallido intento de demostrar que el voto libre, igual, directo y secreto es eso, precisamente eso, y sólo,  un voto. Nada más.  

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