15 de noviembre de 2019 15/11/19
Por Eleuterio Fernández
Periòdica Columna - RSS

Ecologismo y ecologistas

    Amables, lectores, con los tiempos que corren nada extraña la noticia que apareció, el pasado 15 de noviembre, ahora hace algo más de un mes y que decía que “El ecoparque de Burriana será una realidad dos meses antes de lo previsto y abrirá sus puertas a mediados de febrero”.  “Por S. Blas el ecoparque verás”, podríamos decir haciendo un chiste fácil.

    Se trata da algo normal, al uso, que viene muy bien para que, todo aquello que, al fin y al cabo, sobra en todos los hogares de Burriana, y casi seguro, que de sus alrededores, tenga un destino mejor que el de encontrarse echado a cualquier parte que convierte, la misma calle, en vertedero incontrolado. Todos sabemos que, muchas veces, por no saber dónde depositar objetos (electrodomésticos, muebles, etc) estos artefactos quedan postrados en las puertas de los edificios o aparecen, repentinamente, en los lugares más insospechados del entorno inmediato de Burriana.

    Esto, a mí me parece, debe de tener mucha relación con la campaña “Borriana Bonica”, recientemente presentada y que viene a ser como un acercamiento al personal de lo que se debe hacer con ciertos residuos.

    Sin embargo, esta columna no va a estar referida a tema tan benéfico como la concentración de residuos dispersos que siempre, se piense lo que se piense, dan mala imagen a un pueblo en este mundo en el que la imagen tiene mucha importancia, más aún cuando un municipio tiene, y se le quiere dar, sobre todo, caracterizar, por fin, con esa señal típica de la línea del mar bañando sus costas.

    Esto, para decirlo ya, va a estar referido a esa especie, o, más bien, especificidad, pues son algo especial dentro del genérico ser humano, denominada ecologista. Sobre el ecologismo torticeramente entendido, sobre el progresismo ecologista, sobre el ecologista “progresista”, sobre el entendimiento de la naturaleza como campo donde campar sus escasos respetos por el hombre y donde la simulación acerca de su sentimiento de cercanía con aquella está por encima de todo.

    En principio, y de principio, yo no tengo nada contra estas personas que parecen hacer de su vida un canto a lo natural y de la vuelta a la naturaleza, aunque sea al estado salvaje, un sueño que han de saber que no ha de tornar. El respeto de su actitud ante el mundo ha de ser lo primero que se ha de manifestar. Sin embargo, cuando de esta actitud derivan consecuencias perjudiciales para mucha gente, cuando, con ocasión del poder obtenido hacen de su obsesión una obligación para todos los administrados, entonces ya pasa de ser una cuestión personal, una opinión propia de esas personas para pasar a formar parte del acervo común y entonces, precisamente entonces, es cuando se hacen deplorables y criticables.

    Resulta perjudicial para la persona el hecho de que, haciendo uso del poder que ostenta, se limite los derechos ajenos cuando se cree que, por ejemplo, el consumo de determinada cantidad de agua ha de ser el que ellos establecen, con arreglo a su propio pensamiento, haciendo que todos comulguen con las ruedas de ese molino que lleva, precisamente, el agua, a su beneficio (y no me refiero a beneficio económico, sino de otra clase) o cuando se delimitan los usos de determinadas zonas sobre las que ha caído una maldición administrativa porque se piensa que, así, se protege la naturaleza. Pero la protección, que no deja de ser sino una apreciación particular de la realidad con ánimo expansivo a los demás, acaba perjudicando, siempre, al hombre, esa especie para la que no se tiene ninguna misericordia y sobre la que caen, siempre, todas las culpas de lo que sucede a su alrededor.

    Esa es otra. El hombre, que parece ser una especie que no necesita protección alguna, no está en la agenda de los ecologistas progresistas ya que, de otra forma, la protección de esta creación iría, o debería de haber ido, in crescendo, o sea, en aumento, cuando lo que se ve es todo lo contrario. Esto se ve, fácilmente, cuando se incrementa las posibilidades de matar una vida humana en el aborto o, también, cuando se pretende manipular el propio cuerpo humano para obtener supuestos beneficios para otras personas, como si estuviéramos en una granja de personas que ni siquiera Huxley (Aldous), en su Mundo feliz, hubiera descrito mejor. Parece que quisieran hacer una realidad donde todos estuviéramos encuadrados, según su mentalidad, en Alfas, Betas, Gammas, Deltas y Epsilones, como sucede en la terrible novela del escritor inglés emigrado a Estados Unidos de América. Esto, y no otra cosa, es lo que se pretende desde ese mundo aséptico donde la protección a lo natural no se hace, creo yo, porque se respete sino porque se quiere imponer determinado pensamiento, ese pensamiento único que tiene, en este campo, un terreno (nunca mejor dicho teniendo en cuenta a lo que nos referimos) bastante bien abonado dado el adormecimiento, general, del resto sufriente de la sociedad.

    Esto que digo seguro que no es muy popular pero, francamente, me importa poco. Lo que sí importa, es de vital importancia y muy trascendente es el saber que el ecologismo oficial, el de chaqueta y margarita, el greenpisero y el de todos sus aledaños, tan sólo, tristemente lo digo, tienen nostalgia del pasado, de cuando, en cuevas, vivíamos, de cuando aún, no habían irrumpido las chimeneas que dieron de comer a tanta gente y que, claro, ensuciaron el ambiente con su humo moderno. Sin embargo, miren Vds. por donde, cuando uno camina por el monte, cuando puede disfrutar de esa naturaleza en la que aún no han puesto sus manos los burócratas del ecologismo, entonces, precisamente entonces, es cuando sabes que no tienen futuro, que por más que intenten tergiversar la realidad, como en tantas cosas pretenden, la naturaleza, que es más sabia que ellos porque está hecha por Dios, vencerá a sus vanos intentos de dominio ridículo, humanamente prepotente, torticero, vacío en sí mismo.

    Y espero que así sea, siempre.

    ocultar
    Ecologismo y ecologistas
    Subir