18 de agosto de 2019 18/8/19
Por Eleuterio Fernández
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Lo difícil de saber convivir

Amables lectores de elperiodic.com.

Esta semana tenía previsto escribir sobre lo que, por decirlo así, tenía que venir este año nuevo que recientemente ha dado sus primeros pasos. Por ejemplo, de las elecciones generales del 9 de marzo, de las próximas fallas, de la Semana Santa, del verano que vendrá con su turismo incluido, etc.

El título de la columna iba a ser “Lo que está por venir”. Esa era la primera idea que tenía porque es evidente que una forma de empezar el año es ir planteando alguna idea sobre la que luego trabajar a lo largo de ese periodo de tiempo.

Sin embargo, cuando iba a hacer esto, hoy mismo, 3 de enero de 2008, me ha venido a la vista una noticia publicada, el día 2 del primer mes del año, en este mismo medio de comunicación y firmada por Guillem Ríos, antiguo conocido de mí mismo, y que abunda en un tema, cifras incluidas, que no por ser conocido, deja de tener importancia.

Seguramente por eso mismo.

Resulta que en Burriana, nuestro pueblo, el 21’5% de la población, está compuesta por personas a las que, por venir de tierras más o menos lejanas a nuestra patria, se les denomina, o llama, extranjeros, extraños en nuestra tierra por haber venido de otra que los vio nacer, padecer y sufrir.

Inmediatamente, como un resorte que salta, he ido a ver el apartado de comentarios porque en casos como éste se suele tener la tentación de manifestarse de una forma, digamos, poco presentable, porque los instintos primarios de algunas personas saltan cuando se escriben cosas que, por ser verdad y realidad, pueden herir la sensibilidad de personas, digamos, poco sensibles.

Esto es, para empezar, un rapapolvo en toda regla contra ese tipo de pensar y contra ese tipo de personas. Y no se trata, al contrario, del ejercicio de una actividad de juez (aquí no juzgo nada porque, además, cristianamente, no está, esto, juzgar, permitido) sino de ser, como diría aquel, “notario de la realidad”, de lo que pasa, de lo que acontece en nuestras calles. 



En la información proporcionada, muy trabajada hay que decir, es de destacar el número, las cifras que se dan en ella porque, en realidad, es lo que interesa destacar. No es, esto, nada malo, sino, al contrario, la manifestación de algo que es, en sí mismo, importante: el número de personas que son extranjeras parece que ha aumentado en los últimos años en Burriana, aunque vaya disminuyendo su incremento, y eso ha de ser conocido por aquellos que aquí viven.

Sin embargo lo que, creo yo, verdaderamente importa es, otra cosa. Las cifras son, por ellas mismas, bastante frías porque son sólo números a los que no acompaña el rostro ni el cuerpo de nadie a los que se representa con ellas.

Aquí mismo, en esta columna, hay, podemos ver, algunos rostros de personas que son, por decirlo así, las contenidas en esas estadísticas (¡tan tristes ellas mismas!) y que son, de verdad, las verdaderas protagonistas de esto que escribo. Porque, sobre todo, son personas. Y esto no conviene olvidarlo.


Aquellos que, llevados más por la necesidad que por el gusto de marcharse de sus pueblos, de sus ciudades, de sus naciones, se han visto en la, casi, obligación, de emigrar hacia tierras mejores (eso suponen para hacer tal cosa) no están, seguramente, en la idea de hacer algo distinto que no sea procurar una mejor vida para sus familias (a las cuales, por cierto, tienen, muchas veces, malviviendo en sus lugares de origen) Eso y sólo eso es lo que les ha traído a Burriana (y a tantos otros sitios) y eso y sólo eso es lo que les mantiene en pie frente a las incomprensiones, a las miradas de soslayo y de desprecio y a las manifestaciones de un mínimo sentido moral de comportamiento de especie humana; de especie humana  a la que pertenecemos todos. Pero todos.

Este derecho, el de mejorar, que es, sin duda, un derecho fundamental de la persona porque supone un mejor vivir para la misma y eso no puede ser, sino, algo a lo que, por el hecho mismo de ser persona, se ha de tener acceso. No parece, esto, que esté en la mente de algunos seres humanos que prefieren refugiarse en su comodidad occidental; comodidad que, por cierto, se está haciendo, bajo el orden de lo políticamente correcto, menos acogedora de lo que, tradicionalmente, siempre fue. Y esto no es buena cosa sino mala, pero que muy mal ejemplo para aquellos que, en sus continentes pobres, miran con ilusión a un mundo que creen mejor pero del que, en realidad, desconocen, su miseria moral y su falta de sensibilidad rectamente entendida.

No vaya a creerse que esto es un alegado a favor de la llamada “alianza de civilizaciones” sino, muy  de otra forma, un decir que la convivencia bien entendida empieza por uno mismo con el mundo que le rodea y que, depurar las malas intenciones acerca de los demás no es, sino, una forma de podar aquello que nos sobra porque está podrido y carcome nuestra existencia.

No hace falta ningún tipo de alianza ni de acuerdo. Se trata de algo más elemental, primario, necesario, en el ser humano: respeto por el otro. Sólo eso.

Y esto no es, no vaya a pensarse, una divagación moralista ni voluntarista sobre la realidad. Es, al contrario, una manifestación de dolor por la incomprensión y la falta de humanidad que muchas personas muestran cuando ven que el rostro de otra persona no tiene el color blanco que, al nacer en la Europa opulenta y descreída, les ha proporcionado la casualidad.

Y es que comprender eso supone dar un paso muy grande hacia la comprensión y la humanidad. Y ese sí que es un paso grande para el ser humano y no el de haber puesto el pie en la luna.

Ese sí.












Las fotografías que ilustra esta columna han sido tomadas, una vez más, de www.elperiodic.com










 

 1 comentario
victor
victor
07/01/2008 08:01
casi esperanza

Sinceramente, me ha sorprendido Sr. Fernández. Hasta ahora no imaginaba que llegaríamos a estar de acuerdo en algún tema pero debo reconocer que en éste le estrecho la mano. No obstante, afortunadamente, no es el primer texto que leo que lleva su firma y eso me hace dudar. Advierto cierto aire cristiano, religioso, doctrinal. No me fío. Me sorprende pero me entristece conocer otro ejemplo de humanitarismo bíblico. Ya dudaba cuando he leído "notario de la realidad" y, después de un momento de reflexión, dudo más todavía. Entre líneas hay un aroma a... "putrefacto" (ya sabe, como diría Dalí). Tome aire fresco, salga a la calle y respire el siglo XXI. Un saludo.

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