23 de septiembre de 2019 23/9/19
Por Eleuterio Fernández
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Como límites a los que no se llega: 1- Exterioridades de Dios

A todas las víctimas del 11-S,
en recuerdo imborrable, y a todos
sus verdugos, de toda clase y especie, para que sean perdonados.



“Todo se nos va en la grosería del engaste
u cerca de este castillo, que son estos cuerpos”

Sta. Teresa de Jesús
Las moradas del castillo interior.
Moradas Primeras, capítulo primero


Tengo la intención, amables lectores, de abordar, en una serie de tres columnas, al igual como he hecho con el tema de la lengua, el tema de la relación del hombre con Dios y, por eso, con el mundo que le rodea y en el que vivimos. Ya se que esto le puede parecer a muchas personas un tema demasiado personal, muy subjetivo. Sin embargo, creo que el descubrir algunas cosas a quien no se preocupe de esto puede ser, creo yo, importante. Muchos permanecerán, impertérritos, en su falta de creencia, pero también estoy seguro de que, para muchas personas, saber dónde se encuentran y conocer el lado humano de su persona, que lo relaciona indivisiblemente con Dios, será un descubrimiento del que, ya verán, obtendrán un fruto dulce y agradable para que, con él, puedan entrar en su castillo interior, evitando el permanecer, como bien dice Sta. Teresa, citada supra, fuera de él dejándose arrebatar por el mundo o, mejor, por la mundanidad.


Este tema, estos temas, es comprensible que sean áridos pero, sin embargo, son de tratamiento obligatorio y necesario.


Vayamos, ahora, con el primer acercamiento.



Un día del mes de junio me llegó por correo un paquete con un contenido bien diverso, aunque muy similar, en el fondo. Joan Garí Clofent, antiguo conocido mío, amigo, si esto se puede decir, hasta donde se puede ser amigo en la distancia, Presidente de l’Agrupació Borrianenca de Cultura (¡no le arriendo esa ganancia!), escritor, articulista de este nuestro periódico, etc. me enviaba, tras una petición mía, el DVD que se presentó el día 26 de mayo y que contiene la totalidad de números, hasta ahora, claro, de la revista Buris-Ana, en la cual participé, muy modestamente tengo que decir, hace, ya, unos años.



Sin embargo, en el susodicho paquete adjuntaba un libro escrito por él, un libro de poesía titulado “Física dels límits”, ganador del IV Premio de Poesia Josep Maria Ribelles de Puçol, aunque esto no creo que le importe mucho (lo del premio, quiero decir). En este libro, poemas y ensayo, a la vez, como el autor denomina (poemassaig), puede verse reflejada la situación de muchas personas, aunque quizá no la de él mismo, al menos, en este momento, actual, histórico, en el que nos encontramos. Valga, pues, de ejemplo, de modelo, de molde, de lo que para muchos puede ser un cierto acercamiento a la comprensión (¿?) de Dios, sin que ello se pueda entender que opino sobre determinado pensamiento religioso sino, al contrario, yendo de lo particular a lo general y haciendo, en este caso sí, de la anécdota categoría porque creo que así puede hacerse. Al menos, es una percepción que yo tengo.




Esto no es una crítica literaria, para la cual no estoy preparado. Pero sí lo estoy, creo, para decir lo que pienso cuando se trata un tema como este tan superficialmente, tan equivocadamente pero tan humanamente…

Agradezco, en mucho, el detalle del libro. Lo agradezco con franqueza y no sólo con sinceridad.

Antes que nada, tengo que decir que me lo leí de un tirón, lo cual puede que no diga mucho a mi favor, pues la poesía se ha de degustar, disfrutar, sentir. Sin embargo, creo que era importante que no perdiera el hilo de su contenido. De aquí que mi lectura fuera ávida, pero serena, rápida pero entendida. Siento, por eso, no haber saboreado mejor lo leído, cosa que haré con el tiempo, cuando corresponda. Sin embargo, entiendo que tengo algo que decir, y creo que puede ser bueno para los que lean este libro (seguro estoy de que él mismo pensarán que serán pocas personas, però estimat Joan, la poesía és com és) y, sobre todo, para el acercamiento que pueden tener a un tema tan lúcido como la relación con Dios, con ese Dios personal que nos creó. Es, tan sólo, un apunte al margen, una nota marginal a todos los versos, diría yo.

En primer lugar, tengo que decir que, supongo yo, muchos de los que conocemos el valenciano e incluso, hemos hablado en algún período del tiempo y, muy modestamente, escrito, también estimamos y queremos la literatura en esta lengua presentada al mundo. Respondo, así, aunque Joan Garí no lo preguntase, a lo que dice en el artículo publicado el 6 de junio pasado en su columna de este periódico digital en el que manifestaba su interés por saber si la estima de Carlos Marzal (aunque yo aquí la hago extensiva a todos), al menos eso entiendo yo que quiso decir (que me perdone si no es así) autor de “Metales pesados” por la lengua autóctona era similar a la que podía tener por el castellano, lengua en la que, al parecer, escribe; si podía tener mala conciencia por hablar en valenciano y escribir en castellano. En cuanto a lo segundo, yo no puedo decir nada, pues mi lengua de comunicación oral es el castellano, pero en cuanto a lo primero, a si se puede estimar la lengua con la que no se escribe, creo yo que, según mi opinión, esa estima puede ser grande, que aquellos que no escribimos en la lengua de Ausiàs March también podemos gustar de esa expresión de la cultura que es el valenciano. Aunque, claro, esto es sólo una opinión.

Vayamos, pues, al grano, una vez echado al viento de la comprensión lo que pueda distorsionar lo que se lee, una vez dejado claro que la luz puede llegarnos de muchas partes pero que su origen sólo es uno y no es otro que Dios.

Reconozco, para empezar, que mi objetividad está subyugada, contenida en el que Crea, animada por un espíritu que no puede negar, ni quiere hacerlo, su pertenencia a Dios. Sin embargo creo que, el sentirme dentro de sus límites, hace posible advertir aquellas almas que tratan de acercarse al Padre y que, por mor de muchas situaciones o circunstancias, se quedan a las mismas puertas de su Reino porque en este mundo no gozan de él, al no haber optado por su apreciación. Humanidad, obliga, a veces, en exceso.

Esta columna, lo tengo que decir, no va dirigida a lo que pueda pensar el autor del poemario “Física dels límits” sino a lo que yo extraigo de sus versos y que puede ser aplicado al pensamiento de muchas personas; extraigo, quizá, una esencia, destilando, de sus premiadas páginas, un cierto aliento que no es personal, ni siquiera de otro individuo sino un, a modo, de molde en el que caben, quizá muchas personas y que, por eso, entiendo ha lugar su fijación en esta columna.

Es, al contrario de mucho de lo que se piensa y dice, algo tan individual que, a fuerza de serlo, se hace genérico, total, abarcador de todos.

Muchas personas creen que Dios está como dormido, que no actúa. Sin embargo, olvidan que la libertad de actuar es un don del que hacemos uso y que eso nos hace responsables del devenir del mundo que tenemos encomendado a nuestro cuidado. No olvidemos, por eso, el ecologismo cristiano, tan apegado a la voluntad de Dios y tan alejado de casos como los del Clot de la Mare de Déu, en Burriana (un mal entendimiento de muchos que hacen uso de ese espacio natural) y que, con casi toda seguridad, también pasará en algún espacio de Vila-real.

Aquí Dios también está presente, no es alguien alejado de nuestra realidad con relación a Aquel, ¿cuánta soledad no impera en quien tiene la vida por un desierto, espacio inhabitado e inhóspito, por el que no pasa sin darse cuenta de que es un oasis donde comunicar nuestra alegría por la existencia del mundo?; o, también, ¿cuántas veces no queremos, o se quiere (para ser más neutral y universal esta afirmación) que Dios sea un Padre particular? O, mejor aún, ¿cuántas veces queremos hacer de Dios un instrumento de nuestra vida, manejarlo como si fuese de usar y tirar, al gusto de cada uno de nosotros? Esto, sin duda, entronca con la libertad, eso que he dicho antes.

El caso es que esta equivocada concepción la tenemos por el hecho de no comprender que Dios no es Padre que ponga la mano para llevarnos, sino que nos dice cómo debemos conducirnos, que nos da los instrumentos para caminar hacia Él. Ahora, que si no queremos hacer uso de esos instrumentos…

Y es que muchos, a fuerza de pegarse al mundo (tema que trataré en una próxima columna de esta serie) le gustaría, como mínimo, que Dios desapareciera con ellos para, así, no seguir torturando al resto con sus normas naturales y situadas, por eso mismo, por encima de los que son sus semejantes. Al menos, pensarán, mi desaparición habrá servido para algo (¿?) bueno. Incluso pueden llegar a creer que el hecho de que Dios creó y parezca que se olvidó de nosotros es algo que se le puede echar en cara, desconociendo, o haciendo como si, pensaran que Dios fuera a despertar y entonces todo volvería a su original cauce del que lo descaminó el egoísmo y el exceso de buena vida paradisíaca de la que, aquellos, gustarían de estar disfrutando.

Podría decir muchas más cosas que, seguramente, serían aplicables a muchas personas, también de Burriana y Vila-real (lo digo esto porque también puede pensarse que este tipo de temas no tiene interés para los que habitan en estos pueblos), también de nuestra propia vecindad, también de nuestra propia familia, pero también estoy seguro que aburriría a mucha gente.

Yo creo que incluso para aquellos que tienen de Dios un sentido ajeno, que están separados de la creencia que sostiene, espiritualmente, a tantas personas y que entienden que es algo, esa idea, la de Dios, de la que podemos prescindir sin producir menoscabo alguno a nuestro vivir, tengo que decirles que es mucho más que algo ingenioso para contener el vacío de los que creemos y que , por eso, no pueden dejar de admitir que, quizá, estemos de acuerdo en algo: Dios ha de existir, por fuerza (¡no por la fuerza!) ya que el mismo hecho de negarlo demuestra su existencia, sin embargo, alcanzar y sobrepasar los límites intrínsecos del gozo de Dios no es fácil y esto, creo yo, es la causa primera de que muchas personas acampen en las exterioridades de Dios, esperando que su asedio de tibieza e increencia acabe por revelar la misericordia del Padre. Pero, es que sin hacer nada… sin actitud de búsqueda, de encuentro, de entrega… qué difícil es escapar de un mediocre sentido de Dios, acaparando, para sí mismo, el omnímodo poder de su posesión.

¡Qué pena no darse cuenta de que ese no es buen final!

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