11 de diciembre de 2019 11/12/19
Por Eleuterio Fernández
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El Clot. Reivindicando a Roselló, Roberto

    Amables lectores. En otra ocasión ya traté el tema del Clot de la Mare de Déu, más concretamente en la columna titulada El Clot, de la Mare de Déu , publicada el 8 de mayo de 2006, precisamente mes de María. Sin embargo, aquella columna tenía un sentido, digamos, más espiritual que material y esta de hoy tiene, por desgracia, un sentido más material que espiritual.

    El título, otra parte, lo dice todo, pues si muchas veces sus columnas no dejan de tener un sentido del humor, digamos, ácido, sí que destilan una verdadera preocupación por el ambiente físico (y por qué no decirlo, moral) de ese espacio natural del que todos podemos disfrutar con sólo desplazarnos al Grao, a muy pocas leguas de Burriana. Sirva, esto, pues, como humilde homenaje a quien me acompaña, como columnista, en este nuestro periódico, en esta edición de Burriana.

    El señor Roberto Roselló, más que conocido en Burriana, y no sólo por escribir en elperiodic.com, ha escrito muchas veces de este tema que es, lógicamente para él, uno de sus predilectos. Concretamente, de las columnas escritas hasta la fecha, hasta hoy, que hacen un total de 13 (no sé si es que es supersticioso y se ha parado en este número), más del 60% de ellas tienen como objeto el estudio, análisis y, por decirlo suavemente, el ataque certero a aquellos que hacen de este espacio natural un particular vertedero donde abandonarse a la molicie y el olvido de restos orgánicos e inorgánicos.

    Antes de nada he de decir que cada vez que visito Burriana hago, hacemos, una visita a este emblemático (como se dice ahora) espacio natural, creo que protegido. Y cada vez que vamos a visitarlo nos encontramos con dos realidades distintas. Por un lado con la naturaleza puesta por Dios (quizá Roberto Roselló no piense esto sino en toda una serie de procesos milenarios que, al cabo de ese extenso tiempo, han devenido el Estany de la Vila. Esto es cosa suya, yo sólo digo lo que pienso); digo que, por un lado, vemos el elemento natural creado por Dios con sus aves, el transcurrir del agua hacia el mar, el sol poniéndose, la vegetación, etc, etc, etc. Y ante esto sólo cabe mostrar la más rendida admiración y el agradecimiento a Quien hizo, de su voluntad, esta maravilla.

    (Estado en el que se encontraba un tramo, no el único, del Clot)

    Y esto que ven sobre estas líneas es, desgraciadamente, el elemento perturbador, el que hace de ese Paraje Natural, el escabel sobre el que se sostiene la malasombra de mucha gente. Bien se puede apreciar visitando este Paraje Natural al alcance de todos (muchas veces por desgracia) que existen algunos individuos inconcretos, por no conocidos, de la humanidad que da la impresión de que entienden que su estercolero particular es el mundo y no un cubo de basura (recuerdo ahora una frase con gracia del inolvidable Groucho Marx que decía, creo, tal que así: hoy he estado fumando en la selva. Los árboles eran mi tabaco) Ese extraño y extravagante sentido de la propiedad que, al parecer, a muchas personas les hace pensar (¡es un decir, esto!) que pueden desprenderse de lo que les sobra allí por donde pasan o por donde les sale de su neurona, deberían de hacérselo mirar porque no parece ser muy acorde con un comportamiento educado con la naturaleza que merece respeto por ser, también, criatura de Dios.

    Sí, ya sé que este argumento puede parecer poco original y alejado del tecnificado mundo pero el caso es que, como mínimo, es lo que se me ocurre decir para que aquellos que tengan la intención de volcar su ira contra ese, u otro, espacio natural, traten de entender que su obligación, “su obligación” es cuidarlo, no dañarlo, dejarlo, si es posible, algo mejor que cuando lo visitaron (recogiendo, por ejemplo, alguna elemento basuriento que haya sido dejado allí) No creo que esto resulte tan difícil.

    Yo creo que si el personal que visita, corriendo, andando, en bicicleta, etc el Clot de la Mare de Déu hiciera un gesto, aunque fuera mínimo, ridículo, insignificante, a favor de la naturaleza de la que se disfruta, pues a lo mejor podría decir en otra columna: ¡señores lectores, me equivoqué, existe conciencia del mal hecho”, porque si el resultado de ese actuar es negativo para todos, el esfuerzo también ha de ser hecho por todos, en justa correspondencia a lo que se pierde.

    A pesar de todo, y sin embargo, no vayan a creer que todo fue mal en aquella visita realizada al Clot. No, no. Siempre la contraposición positiva viene del mismo lado, siempre.

    Como era de esperar el sujeto pasivo de todo esto, la que muchos llaman “madre naturaleza” sin saber, quizá, que es madre porque es creadora y lo que eso supone y porque fue creada y lo que supone, es quien, al fin y al cabo, responde con gestos sencillos, poéticos, salvadores de la miseria moral y física.

    Veamos, ahora, lo que es aquel elemento natural, el que lo es llevado por la mano de Dios puede ofrecernos. Este atardecer de diciembre, 9, acabando casi el otoño, que ensombrece la mala actuación del ser humano, que mejora, en mucho, la mano del hombre, es lo me quedó de la última visita al Clot de la Mare de Déu. Yo me quedo con eso, con las gracias dadas a Quien, en su sabiduría, sabe compensar de las asechanzas que su semejanza, creada a su imagen, cometen contra su creación.

    (Atardecer en el Clot con ave en primer plano)

    Es en ese ponerse el sol, lejano, tras las montañas que no se veían, ni se ven, desde esa maraña de vegetación y de fauna, donde podemos encontrar cierto consuelo (aunque se pueda pensar que es de tontos por ser remedio ante la tristeza de muchos) ante la barbarie de esos que, semejanza de Dios, fueron puestos para llenar la tierra y gobernarla. El problema es que muchos piensan que el gobierno es el hacer de su capa un sayo, el malbaratar la naturaleza de la forma como la entregan a sus egoísmos sucios y destructores, de creer que eso “ya lo limpiarán”, que “para eso pagamos impuestos”.

    Esa forma, tan artera y triste, de manifestarse como personas (no diré como animales irracionales porque a la vista está, allí mismo, que ellos se comportan mejor) da, francamente lo digo, vergüenza ajena, y esa vergüenza, una especie de acceso de rabia que puede llegar a apoderarse tu corazón cuando ves ciertas cosas en ciertas partes, ciertos desperdicios en el lugar equivocado tirados por personajes equivocados.

    Pero después de esto creo yo que no es posible extenderse más sobre el tema de hoy que, para desgracia nuestra, será el tema de muchos días. Seguramente de siempre. Para nuestra vergüenza como especie.

    Y perdonen si, quizá, a alguien le puede parecer que esta columna tiene la intención de impartir algún tipo de doctrina moral, pues yo tampoco quisiera caer en ninguna contradicción y, en todo caso, no sé la razón que impide que esto sea así ya que, al menos, la doctrina moral ha de ser tan aceptada como otra. Creo yo que más. Las cosas son como son y este no es el momento ni el sitio de discusiones de tal tipo.

    ¡Ah!, y como esta columna está dedicada, sobre todo, a Roberto Roselló, colega de opinión, pues eso, que agradezco su labor en defensa de eso, de ese espacio natural tan estimado y, ¡ay!, tan olvidado.

    En fin, Roberto, que esta faena va por ti.

    Gràcies.
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    El Clot. Reivindicando a Roselló, Roberto
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