21 de noviembre de 2019 21/11/19
Por Eleuterio Fernández
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El Clot, de la Mare de Déu

    Muy cerca del Grao, desviándose ligeramente del camino que circunda l’Estany de la Vila, y en una modesta construcción, se puede ver, a través de una pequeña obertura, tipo ventana de clausura, la imagen de la Mare de Déu. Es como si quisiera estar a cubierto, tras aquella escuálida reja, de la acechanza de la perturbación, protegida de la luz de un mundo que, muchas veces, rechaza su misericordia y su intercesión, atraído por el poder que sobre las cosas naturales tiene, como poder omnímodo, como un poder alejado, en mucho, de lo que, en verdad, tendría que ser.

    Para aquellos que puedan pensar que en esta columna se va a tratar de un tema religioso, tengo que decirles que han acertado (y si quieren, ya pueden huir hacia otros más cómodos estares), pues todo, por muy peregrino que pueda parecer, tiene una trascendencia que va más allá de lo que nuestro presente es. La coma del título  no está puesta por equivocación sino con toda la intención del mundo. Después de Clot, ese después que sigue, tiene un significado claro, diáfano, primordial. Este espacio natural, protegido  desde 2002 por un Acuerdo del Gobierno Valenciano (y perdonen que cite una instancia pública en esto que es, sobre todo, íntimo y personal, para cada uno de quien lea estas líneas) o, mejor dicho, en este espacio natural, puede sentirse, a flor de piel, una sobrenatural belleza, algo que puede captarse tan sólo con recorrerlo pausadamente, alejado, como queda el ruidoso ulular de la modernidad y dejándose acariciar por la brisa que deja la sombra del bosque de ribera que, de tanto en tanto, hermosea el camino. 

    El Clot de la Mare de Déu tiene, al menos a nivel local, una resonancia que se palpa en las noticias que, de forma recurrente, saltan a la prensa, provincial y escrita o electrónica (como este periódico independiente en el que me dejan decir algo): visitas de estudiantes de los colegios de Burriana, carreras organizadas para el disfrute de muchos de aquellos que ya entrenan en su camino, cuidado de la flora que muchas veces se critica (sobre todo, por mi compañero de columna de opinión, Roberto Roselló, que en su Parotets i Xuplamel.los incide con un humor, a veces, amargo,  en la agresión que sufre este espacio natural), etc.

    El caso es que, por una razón o por otra, estos tres mil metros que, en su totalidad, tiene este tranquilo discurrir hacia el mar, del agua dulce, son un recuerdo presente de otros tiempos en los que, con seguridad, prevalecía este líquido sobre la tierra actual, tan arraigada con el oro naranja, y que, el deseo de desarrollo (quizá mal entendido) privó de una presencia más abundante de estos suaves meandros; estos tres mil metros, digo, son objeto de muchas miradas ecologistas o descaradas, cercanas al respeto hacia la fauna y flora o apegadas, como, por desgracia, suele pasar, a otros intereses más burdos y tendentes, quien sabe, a un uso de lo que contiene que no puede entenderse desde un punto de vista, ni siquiera, depredador.

    Pero volvamos al sentido primero que quería darle a esta columna. Según la tradición, una imagen de la Mare de Déu de la Misericordia, patrona de Burriana, fue encontrada, sumergida y protegida por una campana, en el río. De aquí que su fiesta mayor se celebre el 8 de septiembre, día dedicado a la conmemoración de las vírgenes que se dicen “encontradas”. Por eso, supongo yo, que a este natural enclave se le da ese nombre, que es, por así decirlo, un resto histórico a preservar, pues, cercano a la desembocadura del río Anna (o Sec, o al revés) acoge a algunas criaturas, sobre todo aves acuáticas que, cuando no son importunadas (en todos los sentidos, entiéndase) nos da otra razón más para agradecer a Dios que nos diera la tierra para enseñorearnos de ella; por eso no hay mayor ecologismo que el divino, entendido este como conservación de la vida, de cualquier clase de vida. Muchos dirán que desde posturas políticas que no entienden que la religión se tenga que tener en cuenta también hacen y dicen esto. El caso es que yo digo, y repito, “cualquier clase de vida”, no haciendo prevalecer una sobre otra, ni, tampoco, sectariamente, haciendo ver que se ama la naturaleza pero se deja el hombre al albur de su capricho, como si no formara parte de esa naturaleza siendo, como es, el principal responsable, que no culpable, de lo que le rodea.

    Uno, cuando pasea mirando el interior de este pequeño afluente de la vida, y puede ver a la fauna piscícola conviviendo con el ave que, en su superficie, deambula, tranquila en busca de un lugar donde pacer, piensa que, en su orgullo y su ensoñación, el hombre ha llegado a imaginar que puede ordenar toda esa riqueza como si no hubiera entendido el mandato, claro y rotundo, del Creador. El caso es que, quizá, no le escuche, tan entendible como es su voz. Muchas veces se confunde la protección con la prohibición: se pretende dar cobijo a un género de seres pero en contra de otros, entrometiéndose, claramente, en la misma forma de vida de esos seres a los que se pretende proteger. Esto suele pasar cuando una ideología, llamada verde en el fondo de todo este tipo de actuaciones, pretende ostentar, ostentosamente, la verdad suprema sobre todo lo que concierne a la naturaleza. Y es que, en su pensamiento, no entra la disensión ni el desacuerdo ni es previsible que puedan cambiar de forma de ser ya que es su propio ecosistema, el mundo en el que viven y en el que tratan de hacernos pertenecer a todos los demás. Cosas de la progresía.

    Pero no quisiera desviarme del tema del Clot, de la Mare de Déu, acudiendo a este tipo de vaciedades (aunque, siempre, tan caras para el bolsillo del contribuyente) para llevar a sus corazones la necesidad, imbuida por Dios en los mismos, de que el respeto a la naturaleza lo sea desde el único punto de vista que puede ser tomado en cuenta y que no es otro que el respeto a quien creó todo eso. Lo demás es pura especulación sustentada en la incapacidad de reconocimiento hacia el Creador y, claro, comprenderán ustedes que no es lo mismo, ni puede serlo, quien hace, por un parte, y crea,  y quien tiene la custodia, o más bien, el depósito (al tener que devolverlo a las generaciones venideras) de la naturaleza. No es lo mismo, señores, ni será, ni puede serlo.

    A pesar de todo, y de todos, lo que es será siempre. Y eso, no lo van a poder cambiar, sea cual sea el color de su ideología.

     1 comentario
    Pepe Castellote
    Pepe Castellote
    24/08/2009 02:08
    EL CLOT DE LA MARE DE DEU

    Estiamdo Señor Eleuterio : Respeto absolutamente sus creencia religiosas pero estoy completamente seguro como cristiano que soy que Dios no permitiria que un Parque Natural tan bello este dejado y abandonado por un Ayuntamiento que solo tiene que desidia y poco cariño amor por la Naturaleza Divina. El Parque esta lleno de basura, plasticos, algas putrefactas poco cuidado por no decir nada donde las motos corren y te atropellan y los coches no tienen miramiento. Estoy seguro qye Dios que creo el Paraiso se escandalizaria poe este atropello a su Obra . Entre todos hay que formar un Grupo de "Salvem el Clot". No es cuestion de politica es cuestion de cariño por lo nuestro y Dios tiro a los Mercaderes del Templo sin piedad y aqui lo unico que parece que interesa son los PAIS y lo demas mentiras . Que Dios me escuche.

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    El Clot, de la Mare de Déu
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