11 de diciembre de 2019 11/12/19
Por Eleuterio Fernández
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¿Una casa acogedora?

    Amables lectores. En un principio, el título de esta columna iba a ser, simplemente, “Una casa acogedora”, es decir, sin ningún tipo de signo de interrogación, con lo cual iba a plantear una realidad, quizá, ahora pienso, ideal: la de unos pueblos que reciben, con alegría, a quienes acuden a ellos en busca de un mejor pasar, de una existencia, digamos, más llevadera. Sin embargo, después de pensar un poco más, me he preguntado, yo mismo, si nuestros pueblos, son, digamos, casas acogedoras para aquellos que, por las más diversas causas, vienen a vivir entre nosotros. Por eso, de aquí, que ahora la pregunta sea bastante clara: ¿es nuestra casa una casa acogedora?

    Vayamos, pues, a verlo.

    En la sección Vox populi, de la edición de Burriana, se recogió, un día, lo siguiente:

    “Soy racista sí, pero es que aquí en Burriana nada mas entra basura ¿tanto trabajo hay? Por favor contádmelo que yo he estado bastante tiempo parada.

    No lo entiendo de quien es la culpa ¿porque no se los meten a todos en la Moncloa? allí seguro que tienen trabajo, por favor esto es vergonzoso. Las calles sobre todo el barrio de donde tienen sus locales, que es la Ronda Pedro IV, eso también es vergonzoso y que por la noche no puedas pasar tranquilamente si no te quieres enfrentar con alguno de los individuos que hay, porque no son capaces de apartarse. Eso de quien es la culpa, lo voy a decir, nuestra porque si no les vendiéramos pisos o alquiláramos locales esto no pasaría porque Burriana es mas de ellos que nuestra, me duele decirlo porque cada vez se me remueve más la sangre y aquí termino porque mas de una persona será de mi opinión”.

    Pues bien, pongamos, por caso, donde pone Burriana, Vila-real o Les Alqueries, y donde se hace referencia a la Ronda Pedro IV, pongamos otra ronda u otra calle u otra avenida de los citados pueblos vecinos y hermanos (pongamos, por ejemplo, la Avenida de Francia, en Vila-real o en la Calle de la Vía Augusta de Les Alqueries) Por desgracia, quizá esta sea la situación ante la que se enfrentan los que vienen aquí y ante la que nos enfrentamos quienes no compartimos estas claras ideas, diáfano ejemplo de insostenible inhumanidad. Francamente, por desgracia, no creo que sea muy distinta la opinión que manifestaba “Yo” (esa era la forma de identificarse de la persona que escribía eso) que la de muchas otras personas que ven como su mundo cambia, inexorablemente, ellas piensan que a peor. Pero quizá no sea así.  

    Y ante esto, ¿qué podemos hacer?, ¿a qué debemos acogernos?

    En muchas ocasiones puede resultar entendible que, ante problemas, no únicos y repetidos antes entre nosotros, causados o en los cuales se encuentran implicados inmigrantes, una gran cantidad de personas se vean abocadas a pensar mal de aquellos que causan tales casos. Sin embargo, quizá si pensamos que son personas que, como nosotros, también pueden tener problemas y, como nosotros, también, en muchas ocasiones, se ven afectados por situaciones, digamos, no demasiado positivas (y creo que todo el mundo me entiende), es posible que entendamos mejor como pueden sentirse estas personas que, ajenas a un mundo que no conocen (¡y aquí no vale decir que nadie las ha llamado!) y, seguramente, en una lengua que no conocen y ante unas costumbres que no conocen, se encierren en sus propios grupos, como salvaguardando lo poco que les pueda quedar de sí mismos. Esto, también, sería mejor entendible, si nos imaginásemos viviendo en sus naciones (al revés de como es ahora…) y nos pusiésemos en su lugar… pero con nuestras propias personas convertidas en sujetos activos de nuestra vida allí y en sujetos pasivos de su forma de ser. Quizá, pero sólo quizá, seríamos capaces de comprender su situación y, al menos, no trataríamos de imponer unas conductas que, seguramente, están muy alejadas de lo que ha de ser un comportamiento (¡lo voy a decir!) cristiano, o, si no se piensa así, muy alejadas de un comportamiento meramente humano, básicamente admisible.

    Lo que podemos hacer es, creo yo, es tratar de entender a esas personas que acuden, desde sus naciones, a sobrevivir en este mundo; tratar de comprender su situación entre nosotros; tratar, y sería muy importante, de aprender, (¡sí, aprender!) algo de su cultura, de su cocina (como se ha hecho en Burriana, por ejemplo, pero que seguramente también se habrá hecho en otros pueblos), de su forma de ser, de su forma de entender el mundo en el que viven, el por qué de su venida entre nosotros; el saber, en el fondo, las razones por las que han tenido que dejar su tierra (¡pensemos que sería de nosotros si hiciéramos lo mismo!); tratar de llegar, al menos intentarlo, a verse alejado de los tuyos, atado a un mundo que no conoces pero en el que te ves obligado a vivir; reconocer su esfuerzo por integrarse, etc, etc, etc.

    Sí. Claro que es posible que se argumente que han venido porque han querido, que nadie les ha puesto una pistola en la cabeza para que crucen el charco o venga en vehículos por tierra desde sus sitios de origen. Sin embargo, esta no es una manera moralmente aceptable de actuar si es que queremos que se aplique ese principio que tanto se demanda cuando nos interesa: reciprocidad. Si mediante éste queremos, por ejemplo, que se respete la religión cristiana en tierras donde no es la mayoritaria si aquí hacemos eso, no es entendible que no hagamos lo que nos gustaría que hicieran con nosotros si fuéramos a sus naciones a vivir.

    Sí. Claro que es posible que en muchas ocasiones su especial situación, cree problemas. Pero muchas veces me pregunto quién busca soluciones. ¿Quién? Acogerse, quizá, a la comprensión, tendría que ser suficiente.

    Tengo que decir, para acabar, y quizá lo tenía que haber dicho al principio de esta columna, que yo mismo he acudido al trabajo unos cuantos años, acompañado, en el mismo vehículo público, con personas inmigrantes, era la mayoría de personas las que ocupaban esos vehículos públicos… Pues bien, yo no encuentro ninguna razón, en primer lugar, para sentirme superior a ellas (lo que fomenta el desprecio hacia su condición de personas) y, en segundo lugar, y por eso mismo, no creo posible admitir la opinión contraria pues por muy democrático que sea el sistema político en el que nos movemos éste no puede dar cobijo a ideas que, en fondo e, incluso, en la superficie, atentan contra la misma consideración, elemental, de persona, porque esa dignidad es anterior, muy anterior, y superior, al mismo concepto de democracia o de voto.

    Pues eso.  

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