20 de agosto de 2019 20/8/19
Por Eleuterio Fernández
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Camino del Grao

Hace poco tiempo, alguien de elperiodic.com tuvo una brillante idea: que cada cual, quien tuviera, pudiera aportar fotografías de Burriana de un tiempo pretérito, de ayer, de un pasado (valga la redundancia) que quién sabe si fue mejor, con el fin de recordar cómo eran otros tiempos o que, al menos, alguno recordara cómo era el suyo.

Poco a poco se ha ido llenando ese apartado con algunas instantáneas y, como dice Aute en una de sus muchas canciones, “veo el instante que ha fijado la fotografía” (el resto de la letra no es de aplicación a este caso por su sentido pesimista, pero valga esto) y en ese instante yo puedo ver muchas cosas, casi todas buenas.
 

El camino del Grao, hacia donde discurría este tren, era, es, sobre todo, un camino interior, un camino hacia el fondo de nosotros mismos. Al igual que la fotografía que ilustra, en primer lugar, esta columna, aquel discurrir hacia algún destino, llevados (¿quién será esta persona que se apoya en el asiento?) sabiendo, muchas veces, dónde nos lleva ese tren de nuestra vida.


La Panderola, que podemos ver en estas imágenes ilustrativas de otra época, haría el recorrido de forma pausada, sin los accesos de prisas que determinan a sus sucesores y que, raudos, corren por parecidas vías. Los momentos, ya eternos, que quedan fijos en estos blancos y negros, muestran una quietud digna de ser llamada así.

Estos personajes anónimos, al menos para mí, son muestras exactas, si nos las idealizo en exceso, de un permanecer en el tiempo colgados de un instante, aquel en el que viven, y dejarnos, a nosotros, a muchas décadas de distancia, la seguridad de que, olvidados sus rostros, iluminan nuestro paso y nos encaminan hacia donde deberíamos ir: allí donde la tranquilidad y el dulce surgir del recuerdo nos lleven, aunque no conozcamos causa y origen del mismo.

Por eso, cuando, ensimismados con nuestro mundo, atragantados con la angustia de no poder abarcar nuestro sueño, queremos sobrevivir a las asechanzas más diversas que nos acosan, nada mejor que acudir, aunque sea someramente, por no quedar, en exceso colgados (en esto, también, ¡ay!, hay que ser comedidos), de él, del rastro dejado en nuestro corazón, por esas imágenes que suavizan nuestro camino, seguramente, reposando en ellas nuestra mirada podremos surgir, de nuevo, a la vida, a la que nos quitan.

Por eso, si desprendemos de nuestra vida las ataduras del presente, que ciertamente son muchas, y nos dirigimos a esas instancias del recuerdo donde aún quedan esperanzas, entonces deberíamos sucumbir al hechizo de ese rastro vivificante de luz que puede apreciarse al dejarse vencer por estos contrastes de luces y sombras, Panderola presente, que, con facilidad, hacen que alguna lágrima caiga y moje nuestro reseco suelo, deseoso de recibir vida aunque sea efímera y de ayer.


En fin, amables lectores, que el hecho mismo de dejarse ganar por la necesidad de vida, savia, nueva, queda, como casi siempre, al amparo de lo que ya pasó, por si es posible repetirlo o, al menos, es posible recordarlo.

Y esto era, sólo, para sobrevivir, aunque sea un poco, a la pérdida de cierto sentido de vida, como un respirar aquel aire fresco que tanto anhelamos.

 



 
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