14 de noviembre de 2019 14/11/19
Por Eleuterio Fernández
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Burriana, en este hoy. 1 - Esa difícil convivencia…

    Amables lectores, tengo que decir que a mí me gusta que, siempre que esto es posible, los hechos acaecidos puedan reposar en el corazón y, así, pueda obtenerse un fruto más, digamos, sustancioso, de ellos.

    El día 30 de agosto pasado, hace ya casi dos meses, visité Burriana. Tengo que decir que no acudí a las oficinas de elperiodic.com por vergüenza (no por su falta, sino por un exceso), lo reconozco porque, creo, para mí la distancia me proporciona una visión, a veces, un tanto más objetiva, todo atendiendo a los límites que esto tiene, claro. También es posible que me equivoque.

    Pues bien, a raíz de esto he dado en escribir tres columnas en las que trataré algún tema que puede resultar polémico para algunos y alguno de ellos tendrá un carácter más íntimo pero extensible a muchos. Estoy casi seguro que, de estos temas, algo no gustará a unos, otro algo a otros. En fin, que cada cual piense lo que quiera. Por mi parte trataré de ser franco, es decir, de escribir todo lo que piense, aunque pueda perjudicarme, como, por otra parte, ya he hecho otras veces.

    Para mí, estas tres estampas que dibujo (valga la expresión) son tres instantes que se han quedado pegados a mi corazón, como tres instantes que se han fijado en la fotografía (que diría Aute). Seguramente se podrá escribir de muchas más cosas pero esto, esto mismo que ahora empiezo a exprimir de mi vista y mi sentimiento es lo que es para mí, insisto, Burriana, en este hoy.

    Durante los primeros días del mes de septiembre, en la sección Vox Populi de este nuestro periódico,  se recogió una polémica, más, referida, primero, al posible racismo de algunas personas (tema de la mezquita de Burriana) y, segundo (no estoy estableciendo un orden de importancia con esto) a la consabida lucha entre los que pretenden descansar y los que se empeñan en hacer de su “derecho” a la diversión una externalidad (lo que, en economía es el efecto que algo produce fuera, externamente a aquello de donde parte o, lo que es lo mismo, que los efectos los sufren otros distintos de quien/quienes originan la causa).

    Y sobre esto trata esta primera columna de la serie: de esa difícil convivencia, de la falta de respeto, a veces, de unos para con otros.

    No recuerdo si fue Artur Rufino (antiguo conocido mío pero, sobre todo, de Norbert Mesado) o Joan Garí, el escritor burrianense y colaborador de aquí mismo, el que, hace ya muchos años, me contó que en el Buris-Ana de aún hacía más años, se hacía mención del primer negro (o persona de color, para los políticamente correctos)  que llegó a Burriana. Esto, claro era algo anecdótico pues en aquellos años (no sé si 40 o 50 del siglo pasado) la cosa de la inmigración era otra cosa muy distinta a la de hoy. Sobre esto no vale, siquiera, la pena entrar, por lo obvio.

    En esto tengo que decir, antes que nada, que sólo puedo escribir según me cuentan quienes en Burriana viven o por lo que puedo ver y leer en los medios de comunicación. Pero algo me llega, a pesar de la distancia porque, además, es lo común en el resto de España.

    Cualquier persona con mediano sentido común sabe que cuando una nación distinta a la nuestra nos recibe y nos acoge, parte de nuestro pasado personal lo dejamos atrás, de donde venimos. Por eso, no es esperable que, teniendo unas normas nuevas a las que estar obligados queramos que sean las nuestras, las de nuestra procedencia, las que se respeten por aquellos que nos reciben y nos acogen. ¿Esto segundo, es posible? Esto lo digo por la extraña costumbre que existe de no plegarse a la nueva situación en la que vivimos y el hecho de pretender mantener una forma de comportamiento que ya no es de recibo porque no hay quien lo reciba, porque quienes lo podrían recibir hace ya muchos años, siglos, que tienen una cultura y un proceder que les es propio y que, independientemente del enriquecimiento cultural que supone la convivencia (evitando esa paparrucha de la multiculturalidad, pues sólo hay una cultura que es la cultura de los hijos de Dios y lo otro es pura manipulación partidista y sectaria) la cultura que denominamos occidental, la judeo-cristiana, sentadas sus bases en el derecho romano (¡Vamos, Roma y la Cruz!), no pueden ser, ni debemos dejar que sea, pisoteada por la ola de tergiversadores que pretenden hacer del todo vale que nada valga la pena. Nuestra cultura es la nuestra y, por eso, valga la convivencia pero no lo otro. Y creo que todos me entienden, el que quiera, claro.

    Francamente no quiero ir más allá y no por temor a que se me vaya a tildar de facha o de algo por el estilo sino, más bien, porque otra cosa no pienso ni siento. Ahora bien, transigir con lo que se pretende desde instancias oficiales centrales (ya saben a lo que me refiero) de las civilizaciones y todo eso pues… que no cuela, vaya, que no cuela.  Y quien quiera saber más de esto pues que lea a Oriana Fallaci (que en paz descanse) y, quizá, si quiere, comprenda algo más.

    Hace unos párrafos  dije que otra cuestión que iba a tratar en el día de hoy era la de la supuesta colisión de derechos.

    Muchas veces he dicho, en otras columnas, que yo no tenía conocimientos más allá de los ordinarios, de pintura, historia, etc, de acuerdo a los temas que he tratado, hasta ahora en esta sección; que lo que decía lo decía a título personal y, por esto, intransferible. Sólo eso, y si valía algo, era porque se podía dar una coincidencia con algún lector lo que, en lo que vale, podía afirmarme en mi opinión.

    Sin embargo, en este tema, en este concreto del ejercicio, o uso, de un derecho subjetivo, sí que estoy legitimado para hacerlo (perdón por la falta de modestia que, aquí, sobra) pues los años empleados, y disfrutados, en el estudio en la UNED de la Licenciatura de Derecho, me avalan. Y que conste que la tengo aprobada, gracias, siempre, a Dios.

    De antemano, esto que voy a decir soy consciente que no va a gustar a mucha gente, ni siquiera oficial o administrativamente hablando, pero las cosas son, otra vez, como son.

    ¿Es Burriana una ciudad sin Ley, o sin Reglamentos? Yo creo que no, pues de otra forma, sólo imperaría la ley de la selva y la de los sacamantecas.  Entonces, si el pueblo de Burriana, situado en la comarca de la Plana Baixa, está dotado de una normativa, ya no general (de ruidos, etc) sino propiamente local, yo me pregunto, y pregunto a quien corresponda, porque a alguien ha de corresponder: ¿cuál es el misterioso fenómeno que, año tras año, y de esto sí soy testigo y sufridor, en determinados momentos festivos que todos conocemos (fallas, toros, en los más diversos sitios y lugares) se produzca un inexplicable decaimiento en la aplicación de la Ley y todo ser de dos patas, implume, se permita el lujo de bombardear con unos decibelios un tanto subidos de tono hasta altas horas de la madrugada con un respeto nulo por el derecho ajeno al descanso? o ¿qué derecho propio se puede argüir  que posibilite la lesión de uno tan recomendable y reconocido como el derecho al descanso?. Ninguno, ninguno, ninguno y ninguno. O sea, ninguno.

    ¿No se viola el derecho a la intimidad personal (artículo 18 de la Constitución, aún en vigor, de 1978) cuando se entra en casa ajena de forma desordenada a lomos de ese caballo desbocado del altavoz?, por no hablar de las motos… o ¿esto no debería ser un delito?: o quizá sí lo sea, al menos, qué menos, una falta sí debería ser. Lo que no se puede admitir es que esta excepción, que no puede ser otra cosa, a la tranquilidad y normalidad, tenga que ser soportada por aquellos contribuyentes que quieren que la Ley no se aplique a ratos o cuando convenga a la diversión del momento. Porque tendrían que dejar de ignorar que en épocas de fiesta también se duerme, al menos, las personas que tienen que acudir a sus trabajos a los cuales han de acudir (valga la redundancia), sin duda, con algunas facultades propias venidas a menos por la falta de descanso provocada por el gusto de otros y por la inacción de muchos.

    Capítulo aparte merecen aquellas personas que sólo entienden necesario defender sus derechos cuando estos se ven afectados pero que, cuando son ellas quienes afectan a los de los demás, promoviendo, por ejemplo, ruidosas fiestas en sus domicilios hasta altas horas de la madrugada sin atender al descanso ajeno, hacen oídos sordos, nunca mejor dicho, a su conducta y hacen campar por el ancho mundo del escándalo su escaso sentido de la vergüenza y el bien ajeno. Y todo esto es, creo yo, ejemplo claro de esa difícil convivencia de la que trata esta columna.

    Y no piensen que soy aguafiestas con esto que digo pues la fiesta ya queda aguada con esa actitud puramente sectaria (pues se trata de grupos sordos a los demás que no sean ellos). Y si lo piensan, y que soy un carca, pues tanto me da, allá ellos con su sordera y con su escasez de vergüenza, que ni la conocen ni la han conocido, pues de otra forma esa no sería su actitud.

    Cuando alguien lea esta columna ya habrán pasado las últimas fiestas ruidosas. A las próximas que vengan si esto vuelve a repetirse, que me temo que sí, muchos más tendrán la culpa.

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