22 de septiembre de 2019 22/9/19
Por Eleuterio Fernández
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Ese día, 25

Amables lectores. Como este día, como esta semana, tiene un carácter muy especial por encontrarnos en las fechas en que nos encontramos espero que me permitan que la columna de hoy, de esta semana y de para siempre, tenga una forma algo especial. Se trata de un poema, en el que trato de reflejar, de una forma muy humilde (como es la fecha) la diferencia que existe entre unas personas y otras a la hora de apreciar la navidad, este día, para siempre.

Seguramente a algunos les parecerá algo alejado de la realidad, pero la verdad es que esto lo hago porque así lo siento. Vaya, pues, por todos.

Por cierto, no esperen rimas ni nada por el estilo, pues no se trata de eso. Para eso ya hay otros poetas, muy clásicos, o no.

Desde hoy, para siempre
Es, para algunos, un día triste;
para otros, un día alegre,
para otros, otro día, un día más
donde vivir su mundanidad.
Para los tristes, un día de recuerdos,
de amargura, de desazón, de adioses;
un tiempo de lágrimas por los que se fueron
y ya no están, por los que les dejaron
con alguna pregunta por hacer, un te quiero
sin decir, sin un lo siento que siempre duele:
un día aciago, lejana la memoria
sus recuerdos les trae, y se sumen en la nostalgia
y con su carga de pasado lloran su pena
quizá con testigos, siempre verdad;
un día para aquellos que, con frenesí,
prefieren, aunque no quisieran,
ver en Su luz una noche que ya paso,
en Su ministerio, de Dios traído, una causa
que no entienden,
en Sus manos, una ayuda que no buscan
porque se saben poderosos con su ser,
libres ante el mundo, encumbrados
en su fosa de sentimiento.
Pero esto es triste, en sí mismo,
triste en su forma, triste en su propio
devenir, triste en su mañana
que nunca les llega.

Para otros, para los otros,
para esos otros de nosotros, marginados
del siglo, aunque presentes,
libres de esa atadura de la sinrazón…
para esos, para esos nosotros,
para los que esperamos, no sólo una estrella,
no sólo una cuna, no sólo una cueva,
no sólo una noche. Y no sólo eso.

Permanece, corazón dentro, aislado del presente,
sumido en el amor lúcido
del hoy, ausente el llanto,
sobrepasando, para vencer, la desesperanza,
ese nacer que es eterno, que es diario,
que es repetitivo, luz no sólo de naciones
sino nuestra, retazos de Dios que llega,
que se hace presente, que se nos regala.

Queda, para siempre, por cada ahora,
por cada bien que nos entrega,
en nuestro presente que es suyo,
que es para siempre, porque nació,
la sensación, queda, cierta, certera, exacta
del Bien que es y por el que soñamos,
aspiramos, caminamos, alegres, por este valle
de lágrimas no sólo o más bien de gozo.

Amén.
O sea, así sea.


Amables lectores, con esto les deseo una feliz navidad y recomiendo saber, más que pensar, sentir más que experimentar, que este niño que en su cuna es casi nada, como hombre, que en su pobreza es todo como Dios, sirva para unir los corazones separados, para convencer, para convencernos, de esa Verdad que trae, que siempre trajo y que nos renueva.


La imagen que ilustra y da sentido a esta, tan especial, columna, ha sido tomada de
http://198.62.75.1/www1/ofm/sites/TSbtpix01.html, página franciscana dedicada a Belén.

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Ese día, 25
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