12 de diciembre de 2019 12/12/19
Por Jesús Montesinos
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Los violinistas del Titanic

    La encuesta del CIS publicada esta semana es el espejo de una catástrofe psicológica. Los españoles no estamos dispuestos a aceptar cambio alguno de nuestro status y nos bunkerizamos en los beneficios disfrutados durante los últimos años. Somos los violinistas del Titanic y nos hundiremos con el barco antes que viajar en chalupa. Por eso las empresas se hunden y en las encuestas del CIS aparece constantemente el rechazo a cualquier cambio en pensiones, ayudas sociales, cotizaciones o fórmulas de empleo, con la fácil excusa de culpar de todo a los políticos.

    Por debajo de los mil criterios expuestos sobre el retraso en la edad de jubilación, contabilizar las cotizaciones de becarios o ignorar la necesidad del copago en la enseñanza o el céntimo sanitario en sanidad, subyace un posicionamiento arcaico que niega la mayor. Si mi padre ya hacía alpargatas, por qué tengo que cambiar mi forma de hacer zapatos. No nos gustan los cambios aunque sea imposible mantenerlos. Los buenos violinistas no sabemos nadar contracorriente.

    Esa es la catástrofe que indican las encuestas del CIS. Tenemos 4,3 millones de parados (más los autónomos), en solo seis meses han desaparecido las históricas cajas de ahorros, las cámaras de comercio se quedan sin cuotas, los ayuntamientos presentan suspensión de pagos por exceso de gasto y hay gente con tres pisos y dos solares que no puede pagar en Mercadona. Más del 80 por ciento de la población considera el paro el gran problema y otro tanto están alertados por la situación económica. Pero nadie quiere perder su status, como ha pasado en Portugal. Nadie está dispuesto a reconocer que debe cambiar su modo de vida, incluso a sabiendas de que puede ir a mejor de lo que está ahora.

    Aún están por hacer las reformas reales que exigen las nuevas condiciones sociales y económicas y nos quejamos de las que solo están anunciadas. Aquí se ha hecho una chapuza con las pensiones y otra con la reforma laboral, pero nos parecen cambios extraordinarios cuando todos sabemos que no hay dinero en caja ni para pagar el interés de los ricos, que siempre ganan. Quedan por cambiar la universidad, la administración, la justicia, la productividad de empresas y trabajadores y una lista infinita, pero nadie quiere que le toquen su saquito. ¡Que pague el Gobierno! ¡Que caiga el maná del cielo!

    Los jóvenes “sin futuro” que se manifestaban el jueves en Madrid tienen todo el derecho y la obligación de hacerlo. Si ellos no nos sacan de este sopor nadie lo hará. Pero su futuro ya no pasa por un empleo fijo, apuntarse a funcionarios o hacer horas extras para comprarse un coche. Ahora hay que estar dispuesto a irse a trabajar a Bolivia, China o Rumanía. O montar una tienda con dos amigos en Maisonnave, aprovechando que han bajado los alquileres y los zapatos te los dejan en depósito. Pero nadie les dice la verdad que tiene futuro. El entorno que decía Cruyf puede más que las condiciones deportivas.

    Tenemos una hipertrofia de derechos y un déficit de deberes. Camps pide la colaboración de la sociedad civil valenciana para salir adelante, pero esta sociedad primero debe asumir que el buen tiempo pasado ya pasó y ahora toca otro tiempo. Un dato. El Eurostat dice que la maravillosa agricultura valenciana es menos del 2 % de nuestro PIB, mientras que aquí están localizadas el 40 por ciento de las empresas de diseño de videjuegos. Todo está cambiado y hay que aceptarlo en los modelos de trabajo, rendimientos del capital y en lo que fue el Estado del Bienestar.

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