10 de diciembre de 2019 10/12/19
Por Jesús Montesinos
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El afán por llegar tarde

    Los españoles presumimos de llegar tarde. En las reuniones llegamos incluso más tarde que el protagonista y la paella del domingo mejor a las cuatro que las dos de la tarde. Es lo mismo que ocurre con todas las decisiones llamadas estructurales para superar los efectos de la crisis: llegan tarde. Ahora nos sorprendemos que la FORD diga que se va de Valencia si no hay corredor ferroviario mediterráneo, pero es que lo lleva diciendo desde que optó por Almusafes. Pero ni caso porque mejor llegar tarde incluso al AVE.

    En los últimos quince días han pasado tantas cosas que no caben en un libro de historia, pero pasan porque hace diez o quince años no se tomaron las decisiones oportunas para que no tener ahora que ir de prisa y corriendo en plan chapuza para calmar a nuestros acreedores. “El futuro lo estamos inventado”, dice Alan Kay, uno de los pioneros en la programación informática. Pero aquí nos reinventamos el pasado a base de hacer deberes con retraso. Y lo peor es que nadie quiere perder ahora el gran status. Nos hemos creído tanto que somos ricos que ahora nadie quiere ser el primero en darle la vuelta al bolsillo y ponerse a trabajar en serio. Cae la venta de coches un 40 por ciento y un amigo me cuenta que en el concesionario del león casi lo tiran a la calle por querer comprar un coche.

    En los datos sobre la economía regional los índices de producción, venta, renta, etc. de la Comunidad Valenciana iniciaron su caída libre a finales de los 90. El zapato, el azulejo, el juguete, el mueble, el textil y otros ofrecían una balanza negativa. Pero como teníamos el ladrillo a nadie se le ocurrió hacer una gran transformación del tejido industrial, ni tampoco el de los servicios o la agricultura. Por eso los grandes expertos que hay en los institutos tecnológicos valencianos dicen que la crisis empezó hace diez años, pero no quisimos darnos cuenta. Los cambios estructurales en todos nuestros sectores llevan diez años de retraso. Las empresas no hicieron los deberes porque ganaban mucho dinero.

    El principal cambio es evidentemente político/administrativo. Llegamos tarde a la reforma constitucional que ponga orden en las 17 administraciones autonómicas y las miles municipales. Por eso ni siquiera sabemos qué hacer con las basuras trashumantes (de Castellón a Xixona) cuando en Alemania o municipios franceses hay empresas que pagan al ciudadano por llevársela, tal es su valor. Y que les voy a decir de los controladores. Como siempre, llegamos tarde a una solución liberalizadora del servicio ya abordada en otros sitios. Nosotros a la vieja usanza: solución militar.

    Vale el recorte fiscal para las PYMES y suprimir la obligatoriedad de la cuota a las Cámaras y hasta apretar para acelerar las fusiones bancarias. Pero todo es el chocolate del loro. Son decisiones que llegan tarde en este ciclo, porque deberían haberse tomado en el anterior. Hay que tocar muchos loros. ¿Qué país mantiene una farmacia en cada casa? ¿Cómo afronta el futuro un país en el que cada empleado mantiene un jubilado, un funcionario o un parado? ¿Qué inversor va a poner su dinero a trabajar cuando la guerra por el pasivo ofrece más de un 5 % por su dinero sin riesgo alguno?

    Tenemos el afán por llegar tarde. Todos quisimos ser universitarios cuando tocaba aprender un oficio y por eso rumanos y magrebíes van a tener más empleo en el próximo futuro que nuestros hijos con cinco carreras. Y lo mejor es que como necesariamente hay que tomar decisiones, Zapatero las tendrá que asumir algunas a cogotazos y le pondrá la mesa servida a Rajoy que tampoco necesitará entrar en mayores méritos. Luego ya veremos cómo recuperamos el tiempo perdido.

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