26 de agosto de 2019 26/8/19
Por Francisco Planelles
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¡No me defienda compadre!

Entre simple y simplón yo me pregunto. ¿Cómo deben considerarse a las personas que están en el “paro”? ¿Trabajadores en paro o parados simplemente?

En lo personal me inclino por la primera opción. Por lo tanto considero que, el aporte de los “Sindicatos” en defensa de los “Trabajadores” visto el desempleo es sino perniciosa, por lo menos dudosa.

Dadas las circunstancias considero oportuno transcribir a aquellos que necesitan trabajo las experiencias de un “amigo” que de tener, solo tenía voluntad, ilusión y deseos vivir. ¡Casi nada!

Como de costumbre me levanté temprano, demasiado temprano para desarrollar mis proyectos. Tras vestirme con calma, desayuné con excesiva rapidez e impaciente salí a la calle. Al llegar a la esquina por la puerta abierta del almacén vi al dueño parado detrás del mostrador de madera tomando mate y por inercia entré a saludarlo.

_ Buen día, Manolo.
_ ¿Dónde vas tan elegante? _ me preguntó con cierta curiosidad.
_ Ayer tuve un problema en el trabajo y renuncié.
_ ¿Y ahora qué?
_ Estoy esperando que sean las nueve para llamar por teléfono al Ingeniero Mario Coppetti. Me consta que manda a encuadernar sus libros en varias encuadernadoras y voy a pedirle trabajo.
_ ¡A ti te estará esperando!

La entrada de una cliente puso fin a la conversación, por lo que sin responder me retiré en busca del ómnibus, a dos cuadras de distancia divisé el 102 parado en su destino con las puertas abiertas, el conductor y el guarda esperaban la hora de partida. Subí y me senté con los demás pasajeros.

Al sentarme junto a la ventanilla mi mirada se perdió en el horizonte, instintivamente mi mano derecha buscó en el bolsillo interior de la chaqueta, asegurándose que allí estaba el papel con el teléfono y la dirección del Ingeniero. Más tranquilo empecé a pensar que le iba a decir y en sus posibles respuestas.

A medida que el ómnibus avanzaba y la gente iba subiendo al mismo, Dos o tres paradas antes del Bulevar Artigas me levanté y traté de descender. Abriéndome paso y no sin esfuerzo conseguí mi propósito.

Al llegar al bar de 18 de Julio y Bulevar Artigas entré al mismo y dirigiéndome a la barra le pedí permiso al camarero para utilizar su teléfono.
Después de varios intentos fallidos oí sonar el teléfono reclamando la atención de su propietario. Una, dos, tres veces, por fin oí una voz muy serena.

_ ¿Si?.
_ Buenos días ¿El ingeniero Mario Coppetti ?
_ Con él habla.
_ Buenos días. Mi nombre es Francisco Planelles. No tengo el gusto de conocerlo personalmente, pero sé que usted edita sus libros de matemáticas.

Mi intención es encuadernárselos, por lo que le solicito una entrevista.
Por unos breves e interminables segundos el silencio fue absoluto.

_ Está bien. Mi dirección...
_ La tengo señor.
_¿Cuándo podría venir a mi casa?
_ Estoy a cinco minutos de ella.
_ Lo espero.

Don Mario 45

 

Desde Bulevar Artigas bajé por la calle Canelones hasta llegar a la iglesia de los Salesianos, al cruzar la calle en la tercera casa encontré la dirección que buscaba.
Es curioso, pero al pulsar el timbre de la puerta, no estaba nervioso. Esperé en la vereda observando los cristales labrados de la puerta interior. A través del cristal vi acercarse a un hombre que abrió la puerta.

_ ¿Planelles? _ me preguntó asomándose desde la puerta entreabierta y me ordenó:
_ ¡Suba por favor!
Subí los tres escalones y le tendí la mano.
_Mucho gusto, Ingeniero.

Asintió bajando la cabeza mientras que con su mano derecha me invitaba a pasar a su escritorio.

_ Tome asiento por favor. _ me dijo indicándome un sillón tapizado en cuero, mientras se dirigía hacia a la biblioteca que ocupaba un gran espacio. Abrió las puertas de cristal de la misma, buscando en su interior.

Al sobrio despacho amueblado con elegancia y buen gusto, la luz del sol penetraba por la alargada ventana, destacando el retrato al óleo de un militar que sobre una espada envainada presidía el recinto.


De pequeña estatura, delgado, muy proporcionado, Coppetti vestía de traje verde claro con chaleco del mismo color y corbata al tono. Zapatos negros, lustrados y resplandecientes como un espejo.

Usaba un perfume suave, agradable, muy persistente, con el que iba impregnando todo a su alrededor. Contrastaba lo delicado de su persona con la fuerza de su mirada, avaro de palabra, preciso en los conceptos, escuchaba atentamente sin interrumpir obligándolo a uno, con su silencio, a ser breve y conciso.

Después de cincuenta años de experiencia, al regresar en mi memoria y recrear aquel momento, sospecho que aquel astuto profesor de la Facultad de Ingeniería, acostumbrado a bochar inclemente a sus alumnos, se vio sorprendido en su curiosidad por la franqueza y seguridad con que yo exponía mis convicciones.

Regresó al cabo de un momento, con un montón de libros y tras depositarlos sobre la mesita del living, tomó asiento cruzándose de brazos. Era evidente que no necesitaba de mis servicios y que buscaba la forma elegante de deshacerse de mí. Pero era evidente también, que razones muy poderosas para él no le permitían el dar por terminada la entrevista.

La primera razón de que siguiera allí, supongo, era la fuerza de su ascendencia de emigrantes europeos, en segundo lugar el afecto que sentía por una sirvienta gallega que envejeció a su servicio y por último la frescura de mi carácter inocente, decidido y de un optimismo contagioso.


Por fin, alzando uno de los libros me lo entregó, mientras me preguntaba cuál sería el precio de su encuadernación.

_ Puedo encuadernarlo, pero de momento no estoy capacitado para fijarle su precio, por lo que confío en su criterio.
_ Por esta Aritmética de primer año con dieciocho cuadernillos estoy pagando en este momento, veinticinco centésimos el ejemplar.
_ ¡De acuerdo! Estoy a sus órdenes.

 

Cruzamos la casa y desde la cocina bajamos al jardín, en el fondo del mismo unas puertas de madera daban acceso al amplio sótano del edificio en donde un “Jaguar” descansaba atento a los requerimientos de su amo. Junto al coche, paquetes de libros encuadernados como bloques de piedra entrelazados, formaban pirámides que ascendían hasta casi rozar el techo. A su lado, rotulados los paquetes de papel impreso, se apoyaban mutuamente manteniendo un dudoso equilibrio. Estanterías de madera descansaban estoicas sobre las paredes de piedra soportando pesadas cajas de cartón, que repletas con líneas de linotipo esperaban silenciosas volver a la imprenta para llenar de vida las vírgenes hojas de blanco papel.

_¡Acá! _dijo Coppetti señalándome unos paquetes. Uno a uno los fui cargando al interior del coche hasta completar los veinte paquetes.

Al llegar a casa mientras Coppetti abría las puertas de su coche, abrí las puertas de mi casa y ante la sorpresa de mi madre y abuela, que estupefactas no alcanzaban a comprender el significado de lo que estaban presenciando, comencé a descargar las que iban a ser mis primeras mil encuadernaciones de “Aritmética Primer Año” del Ing. Mario Coppetti.

No puedo evitar sonreírme ante lo que siempre fue mi destino. Era un encuadernador con trabajo, pero sin encuadernación. No tenía mesas, ni máquina de coser, ni plegadora, como tampoco cizalla, guillotina, cartón, cola ni hilo. ¡Ni plata para comprarlos!

Le pedí a mi tío dos cajones vacíos de verdura, deshice uno y con sus tablas fabriqué plegadoras, con el otro, llenándolo de pedregullo improvisé una prensa tan primitiva como ineficaz.

La pequeña casa se llenó de taller ¡Qué largas eran las horas y los días! ¡Qué cortas las noches¡ ¡Qué placer sentarme en el suelo y descansar por unos minutos mientras merendaba y tomaba un refresco en el diminuto jardín triangular, en cuyas paredes, tablas escalonadas sostenían unas latas que cual jarrones de porcelana ostentaban orgullosas las humildes plantas que las vecinas le regalaban a mamá.

Después de doblar las hojas hicimos alzada, cosimos los cuadernillos y encolamos los libros.

_ ¿ Y ahora donde los cortamos?

Salí a recorrer imprentas en busca de un presupuesto razonable parecía que todos se hubieran puesto de acuerdo, sesenta pesos por el corte, eso era mucho más de lo que yo podía pagar.

Subía por Agraciada cuando llegando al Colegio de la Sagrada Familia vi a mi izquierda un cartel en el que se leía “Imprenta Iglesias - Papelería”. Sin pensarlo dos veces entré al comercio y me dirigí al mostrador detrás del cual dos personas estaban conversado.

_Buenos días.

Tras saludarlos puse sobre la mesa el libro y les pregunté:

_ ¬ ¿Podrían decirme si pueden cortarme mil libros como este y cuanto costaría?
La persona mayor me miró atentamente y como si no me hubiera escuchado me preguntó:
_ ¿Qué edad tiene? ¿Cuánto hace que ha llegado al Uruguay?
_Tengo dieciocho años y hace quince días que llegué a Montevideo.

El interpelante dirigiéndose a la otra persona mas joven le exclamó:

_ ¡No te digo! ¡Quince días en el Uruguay y viene a ofrecernos trabajo!

Buen provecho

 

 

 8 comentarios
paco planelles
paco planelles
16/05/2012 09:05
Directo al grano

Como el Nautilus o De la Tierra a la Luna, Esta historia mi querido amigo de la cual fui protagonista,se está repitiendo en esencia seseta años despues y por cierto con excelentes resultados. Un abrazo

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¡No me defienda compadre!
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