23 de octubre de 2019 23/10/19
Por Miguel Bataller
Columna de Michel - RSS

Países Bajos, ¿son una sociedad evolucionada o desquiciada?

    Volviendo de la playa a casa, este sábado a mediodía he sintonizado la radio y en un programa de la COPE, me he visto aturdido por una crónica llegada desde Holanda.

    Según explicaba la presentadora Cristina, mientras entrevistaba a la corresponsal en  La Haya, la semana pasada murió de inanición en el Salón Comedor de su propia casa una joven de 17 años que había decidido aplicarse a sí misma la Eutanasia Pasiva (no sé de qué otro modo catalogar su decisión) con la tolerancia y aceptación de sus padres  y una hermana.

    Llevada más de una semana negándose a comer y a beber y al parecer contaba con asistencia médica pasiva, es decir que nadie movía un dedo, para evitar no inevitable.

    Esta chica al parecer había sido abusada a los once años y posteriormente violada a los catorce por dos chicos y todo eso le había creado un stress tan traumático, que ya había acudido a clínicas holandesas solicitando que la aceptaran para someterse a una eutanasia controlada, ya que en  ese país es una práctica aceptada, legalizada y por lo tanto relativamente frecuente.

    Por convicciones religiosas, no comparto ni acepto esa posibilidad, pero llego a entenderla en casos de enfermedades incurables o de un sufrimiento físico enorme o incluso de enfermedades degenerativas que lleguen a incapacitar a las personas que las sufren en un momento determinado, para evitarles el trauma de la impotencia física para sobrevivir.

    Pero me parece poco menos que inconcebible el caso de Noah, esta joven holandesa, recién superada la adolescencia y después de más de seis años de la primera experiencia traumática y tres después de la segunda y de haber tenido tiempo de atenderla clínica, sanitaria, sicológica y socialmente  de una manera adecuada, una sociedad tan desarrollada y aparentemente equilibrada como la holandesa, se haya rendido a la voluntad de una jovencita traumatizada.

    No entiendo como sus padres  y familiares más inmediatos no han movido cielo y tierra, para evitar ese fatal desenlace y aún  entiendo menos,  por lo que he oído en el programa radiofónico que hayan sido cómplices directos del mismo respetando la voluntad  de una criatura maltratada y castigada por un entorno social salvaje, que probablemente no ha sabido castigar ejemplarmente a aquellos “asesinos” que le mataron las ganas de vivir tantos años antes.

    ¿Tan enfermas están las sociedades teóricamente desarrolladas que no saben castigar a los delincuentes ni proteger a las víctimas adecuadamente?

    ¿Qué tipo de protección psicológica, psiquiátrica o social damos a las víctimas de todos esos delitos, que la única salida que encuentran a su problema es la eutanasia?

    ¿Qué concepto de familia se ha impuesto en esas sociedades tan desarrolladas, que el respeto de la voluntad de sus hijos antes de llegar a la mayoría de edad, es prioritario a la protección de la vida de sus propios hijos o hermanos?

    Algo falla en el mundo que nos toca vivir actualmente, cuando se llega a esos extremos dentro de las sociedades que aparentemente marcan las pautas a seguir en el primer mundo.

    A riesgo de parecer intolerante o enemigo de las libertades individuales de los jóvenes, no puedo aceptar esas actitudes y por eso me atrevo de catalogar de desquiciadas a aquellas sociedades por muy modernas que sean, que llegan a estos extremos con su juventud.

    Siempre dije que el exceso de libertad, es el camino más corto para llegar al libertinaje.

    En este caso indudablemente, se evidencia un “libertinaje vital” que llega a tolerar la desaparición de personas jóvenes en pleno proceso de formación y desarrollo humano, porque ni la familia, ni la sociedad ni el Estado a través de los Gobiernos que legislan saben o han sabido:

    Proteger el derecho a vivir de los jóvenes

    Quizás esté equivocado o haya recibido la información tergiversada o la haya interpretado mal yo, pero tengo hijos jóvenes y nietos adolescentes y me moriría de vergüenza si llegara a aceptar dejarles morir, por respetar sus voluntades juveniles y desenfocadas.

    Siempre respetaré el derecho a vivir, nunca el derecho a dejarse morir, sin hacer yo nada por evitarlo. 

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