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Por Miguel Bataller
Columna de Michel - RSS

D. Joaquín Cardenal: Un “espartano” nacido en Alcoy

    Dentro de la serie de educadores que me marcaron en mi juventud, quiero dedicarle el siguiente capítulo, con la correspondiente columna, a este singular Salesiano que sin tener nada que ver con el protagonista anterior, D. Roberto Roselló, aportó a mi formación, a mi carácter y a mi modo de afrontar la vida unos valores completamente distintos, pero tan valiosos como lo que me aportó D. Roberto.

    Cuando llegué aquí a Burriana, con unos 18 años a punto de cumplir, D. Joaquín era el Director del Colegio, estaría cerca de los 40 años y llevaba la batuta educacional del centro con singular acierto.

    Era el prototipo de carácter “mitad monje, mitad soldado”.

    Un hombre con una fe indudable y con una disciplina admirable.

    Duro en apariencia, visto desde la perspectiva de un chaval de 18 años, pero justo hasta lo inimaginable.

    Exigente a más no poder, empezando por sí mismo, “espartano” de costumbres, rectilíneo de proceder y sin ninguna doblez.

    No era un hombre querido en aquellos tiempos por la mayoría de sus alumnos, ya que no era próximo porque no sabía aproximarse a nosotros, pero lo que sí era incuestionablemente es que a los que nos aproximábamos a él siempre nos sabía escuchar y aconsejar como un hermano mayor.

    Le respetábamos todos porque sabía hacerse respetar, y en una época en la que todos los compañeros, e incluso los mismos salesianos, tenían su “mote” en razón de alguna peculiaridad propia que le diferenciase de los demás, él siempre era “D. Joaquín”.

    Recuerdo con simpatía (y también tendrá una columna dedicada muy pronto) a D. Tomás Utrilla, a quien llamábamos “El Faraón” por sus inquietudes arqueológicas.

    Recuerdo a D. Jaime Armiñada, profesor de Ingles y Consejero, a quien le llamábamos el “Tall” en función de su altura, poco habitual entonces, y que era el profesor de dicha lengua, por lo que le llamábamos así.

    D. Juan Sastre, conocido por nosotros como “el Cobra” por su tic nervioso en la boca, sacando la lengua ligeramente por su perfil lateral, y que por cierto era un encanto de persona también.

    D. Francisco González, Administrador, conocido como “El Pancho” por su prominente estomago y cachaza en los últimos años de su vida ya.

    Incluso a los profesores no Salesianos también les teníamos bautizados, y D. Roberto, por ser el más próximo a nosotros tenía dos apelativos. DonRo en los momentos amables, y cuando se burlaba de alguno, jugando al fútbol o en clase, con su habitual socarronería, se le cambiaba por “El cabut”, en función de su abultado contenedor de cerebro.

    A D. Constantino Muñoz, profesor de Contabilidad, recientemente de visita al Cielo, donde seguro que tendrá una silla de preferencia, se le conocía por “Eucaristía”, en función a su religiosidad tan profunda como sincera.

    Vicente Abad, que daba Botánica a los de la primera promoción, era conocido por Mister Herba.

    Y D. Víctor Ballester, que nos dio un curso de Inglés, era el “drinky” porque a su amabilidad y bondad natural añadía una debilidad por el whisky en aquella fase de su vida.

    Sólo hubo tres profesores, que yo recuerde, sin mote y eran los tres de la familia Felis, D. Vicente y D. Ricardo, y su sobrino el aún abogado en ejercicio D. Vicente Felis.
    Quizás por ser licenciados en Derecho, nos daban Derecho Mercantil y Hacienda Pública, y por la aridez de la materia y por lo circunspectos que se mostraban en clase, les teníamos un respeto especial.

    Seguro que se me habrá olvidado alguno, pero espero que me disculpe, ya que después de 45 años es difícil recordarles a todos.

    Pero hoy el sujeto de la columna es D. Joaquín Cardenal, y si he mencionado a todos los demás es porque todos ellos dejaron de una manera u otra una huella en mi carácter. Y les recuerdo a todos con singular simpatía por haber formado parte de mi vida durante tres años y habérmela hecho muy agradable.

    D. Joaquín tenía a parte de las dos facetas de “monje y soldado” la de deportista.

    Cuando se recogía la “sotana” (siempre le vi vestir con sotana) y se ponía a jugar al fútbol con nosotros, puedo asegurarles que sus condiciones eran excelentes, tantos las físicas como las técnicas. Era la rapidez y los reflejos, la habilidad y el dribling de un jugador que hubiese podido jugar muy bien de equipos de Tercera División de la época.

    Era cuando se mostraba más cercano, más compañero y tan solidario como en el resto de su vida.

    Lamentablemente en esa faceta se le veía muy pocas veces, y sin embargo era una forma de apostolado que nos llegaba muy a dentro a quienes compartíamos esos momentos con él.

    En fin, quisiera que la imagen que nos quede de ese D. Joaquín, que aun vive según me dijeron no hace mucho por Campello, sea la de una personal excepcional, exigente (porque lo era muchísimo consigo mismo), sus “sobresalientes “salían de sus calificaciones con cuenta gotas, pero puedo asegurarles que nunca valoré tanto ninguna otra calificación en toda mi vida de estudiante.

    Y de él aprendí, quizás sin que él mismo lo supiera, que es muy importante en la vida ganárselo todo, sin esperar regalos de nadie, ya que eso te ayuda a superarte y a mejorar día a día, y cuando uno se acuesta lo hace con la satisfacción del deber cumplido.

    Por eso le he considerado toda mi vida como el ejemplo de “salesiano espartano”.

    Hace muchos años que no le veo, pero tengo la sana costumbre de preguntar por él de vez en cuando y me encanta saber que sigue vivo, con plena lucidez, y espero que alguien le haga llegar esta columna para que sienta la satisfacción de saber que algunos de sus alumnos que sólo le disfrutamos de tres años como profesor no le hemos olvidado.

    Gracias D. Joaquín, y que Dios le guarde muchos años entre nosotros.

    comentarios 15 comentarios
    SAGUNTO.
    SAGUNTO.
    25/10/2016 09:10
    D. Joaquín Cardenal.

    Yo también estuve esos años y no lo ví tan dramatico..

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