26 de febrero de 2021 26/2/21
Por Vicent Albaro
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Lenguas muertas, lenguas vivas

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    Lenguas muertas, lenguas vivas- (foto 1)

    A la ministra socialista Calvo la ilustraron no hace mucho, a tenor del comentario que el latín no tenía utilidad, que para una cosa sí valía,  para que a los naturales de su pueblo, Cabra (Córdoba), les llamaran “Egabrenses” y no otro gentilicio más procaz y chistoso. No sé si la anécdota es cierta, pero me viene al pelo para hablar de las lenguas muertas y no me referiré al latín o el griego, que  estudiamos en el bachillerato del plan del 57. Me quiero referir a otra más modesta y cercana, la lengua de nuestros pueblos. Por ello y siendo valenciano, esta crónica debía haberla escrito en mi lengua vernácula, pero yo no tuve la oportunidad de aprenderla en la fase estudiantil, y aunque me esfuerzo, estoy a años luz de componer un escrito reglado, con lo que me arriesgo a que los doctorados me critiquen y los de mi época para arriba, no me lean.

    Por ello permítanme los puristas de la normalización, la licencia del castellano y el entrecomillado, que aunque oneroso, es la mejor opción para entendernos todos los lectores de aquí y de otras lejanías. Tampoco entraré en la discusión bizantina de si fue primero el huevo o la gallina, referido al valenciano y el catalán, cuestión más empapada de ideología política que el chapapote del “Prestige”. Para los escudriñadores, solo diré que cuando voy a Barcelona, me preguntan si soy de Lleida y cuando voy a Andalucía y se me escapa alguna palabra con terminación “al” como igu-al, artifici-al u ofici-al, los paisanos que no me conocen,  me preguntan si soy catalán. Está clarísimo que me delata el acento.  Dicho esto, entro en materia.

    La normalización lingüística del valenciano en mi tierra ha tenido cosas buenas, sobre todo valorar una lengua rica y sonora tanto en expresividad oratoria, como en escritura de verso y prosa que con su estudio gramatical, la ha catapultado hacia la dignificación perdida por años de ostracismo y dominio del castellano. La unificación de la lengua común para toda España por Felipe de Anjou, tras la guerra de Sucesión s. XVII, y aun suprimiendo los Fueros, no acabó con su uso pero sí que la relegó a un reducido espacio familiar y doméstico. Mientras que la oficialidad administrativa y burocrática, se materializó todo en castellano, muy al estilo francés reinante en esa época en que París era la capital del mundo. Pero los autóctonos, siempre hemos oído hablar a nuestros viejos con la lengua local, lo que indica que ha permanecido viva entre nosotros.

    Lo ha estado en la nomenclatura de todas las cosas hasta hace décadas. Y así fue, hasta que comenzó a diluirse por la inmigración interprovincial, atraída en masa por la bondad económica del azulejo. Los de estas tierras somos gente algo “menfótica”, pero acogedora, trabajadora, educada y muy sufrida. Cuando llegaron los primeros andaluces, aragoneses, conquenses, albaceteños, etc. todos con el sobrenombre genérico de “mursianos”, como no entendían ni papa del valenciano, los lugareños comenzaron a hablarles en castellano, (soltando alpargatazos verbales a dos por tres) pero haciendo gala de esa cortesía innata. Ese gesto fue un duro golpe a la lengua autóctona, que si ya estaba trufada de castellanismos, quizás no los aumentara pero sí que mermó las expresiones localistas, adecuándolas a los nuevos vecinos que se fueron integrando y entremezclando  con el tiempo. Aquellos vocablos pata negra, se fueron arrinconando con el paso de los años.

    Otro golpe de gracia fue el radical cambio de actividad económica. La agonía de oficios artesanos y el traslado de la cultura agraria a la industrial, enterró todo un vocabulario exclusivo, que tanto a nivel local como comarcal, se ha ido diluyendo irremisiblemente. Se muere el viejo y desaparece una biblioteca jamás escrita. Si a la carencia de oficios tradicionales, utillajes, costumbres y jaranas propias (bureos, danzas, fiestas barriales, religiosas, gremiales, etc.) le añades el afán del modernismo tipo “raylite”, (década de los sesenta) donde hay que tirar al fuego la cama torneada de mobila por vieja, e incorporar una moderna de contrachapado industrial, o comprar un vistoso tapete de hule y adiós al de bolillos, y a la mesa camilla con brasero, el exterminio fue total. La influencia de los medios de comunicación ha sido tan machaconamente demoledora, que si quedaba alguna opción de resucitar la lengua de nuestros abuelos, la ha rematado. Porque ya no es cuestión de esnobismo, el anglicismo rampante lo domina todo y hace tabla rasa a lo antedicho, como si no hubiera existido nunca jamás.

    Y si nos adentramos en el supremacista meollo identitario, ese mundillo donde pululan los defensores de la lengua autóctona, versión: “la Normalització per Decret Llei”, senda espinosa donde te puedes quemar como “ninot de falla”, lo han homogeneizado todo tanto, que parece la leche pasteurizada. Ya no sabes de dónde es cada cual, ni quien es quien. Igual habla uno de Xátiva que otro de Borriol. Hablan tan culto y tan impostado, que hasta resulta chocante escuchar a paisanos conversos, fervorosos de la cultura del nuevo cuño. Parecen otros, o ya lo son. Pero este fenómeno revestido de cultura oficial,  es también un suculento negocio con todo lo que representa, para una pléyade de nuevos oficios, de gentes colocadas en estatus bien remunerados, por supuesto regados todos con suculentos presupuestos de dinero público. Todo por la pasta cultural. A veces me pregunto el por qué se ha hecho de la lengua, bandera política para sacar tajada. Regularla era de justicia. Aprenderla y usarla, también. ¿Pero era necesario liquidar de un plumazo los rasgos y modismos genuinos de pueblos y comarcas? ¿Es ese el peaje a pagar ante la ensoñación de los “Països Catalans”?

    Cuando la política se usa como arma defensiva o arrojadiza y hace maridaje con el negocio, todo lo envilece. Hay zonas oscuras, agujeros negros, chiringuitos opacos, donde cualquiera que escarbe un poco, se va a tiznar las manos. Y en esa batalla, entre defender la lengua valenciana, con sus variables comarcales respetadas  y la demoledora  apisonadora catalanista, la primera tiene todas las de perder. El “Negoci” está de la otra parte. Desde hace décadas, con la complicidad de gobernantes interesados y miopes de todo signo. Esta nueva ola ha colonizado la escuela, la universidad y todo el mundillo cultural rampante, que con la marca del progresismo, lo devora todo. Lo otra orilla, en franca decadencia,  es tachada de blavera, carca y derechona, lo sea o no. Mientras tanto la bibliografía oficialista crece y crece, y los niños leen y releen lo que los gurús filólogos de la nueva lengua, han definido como veraz,  el incontestable y verdadero catecismo  de la nueva iglesia catalónica, apóstolica y pompeuana.

    El Tirant lo Blanch de Joanot Martorell s. XV a la sazón valenciano, los poemas de Ausias March, s.XIV también valenciano, la obra del mallorquín Ramón Llull, el catalán mosén Jacinto Verdaguer, y otros muchísimos más que aquí no caben. Todos leídos y algunos admirados, cada cual con sus particularidades que no entorpecen, sino que se complementan y refuerzan. Igual que no estorban las diversas lenguas dentro de España, sino que la enriquecen en esa múltiple variedad.  

    No soy contrario de la lengua propia, viene en sello de fábrica. ¿Hacía falta regularla y dignificarla?, ¡Sí! Con limitaciones comencé a escribirla en la década de los setenta, lo sigo haciendo. La hablo con quien se tercie, la vivo como la siento. Pero me apena la pérdida de expresiones únicas y genuinas como: “Me caguen l’ascla” “Et fotré una samugà” “I una poca giripiga” “Mala llàntia estás feta” “A cagar al vol” “Se’n ha anat allà, on brame la tollina” “Estás fet bona màrfega” ”Beure al baso” “Mut i a la gàbia” “I una poca llemuja” “Redeuna, veste’n a fer la mà” ”Tocat el bullate” “Gàbio, més que gàbio”” Auia a la figa que el pardal te sed” “Tens el berquilló pansit” y un largo etc. 

    Esta transmisión en la calle ya está muerta. No se usa en lo cotidiano. I además, porque no se habrá escrito en algún verso, en forma de romance, seguidilla, jota, fandango, albá o “cant de batre”. Y con suerte, la interpreten las rondallas del pueblo, -meritorias e impagables- en sus bureos, rondas y encuentros culturales. Si tampoco las registraron en fonotecas, los componentes de Al Tall en los 80 y otros anónimos. Y al remate, si no las cantan en el resurgir de la música popular, el llamado “cant d’estil”, con voces genuinas como la de Pep Gimeno “Botifarra” o Jonatan Penalba. Algunos de ellos con el ramal político en el cuello. Unos para jalearlos y hacerlos símbolo de causa; otros, con complejo de malqueridos, para repudiar o ignorar. Tanto lo uno como lo otro es discutible. La cultura ha de ser para todos y de todos. Es herencia popular, patria común.  Y porque el pueblo somos todos. Lo demás es política y negocio, se vista como se vista. Y paradójicamente, en la época de Internet y redes sociales globales, suenan ya cansinas las batallitas de “republiquetes i païsets”. La lengua nuestra, la vernácula de siempre, la que nos recuerda el rostro arrugado, la gestualidad, la voz y cadencia de nuestros padres y abuelos, está más muerta que nunca. “Boranit cresol”.

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