19 de octubre de 2019 19/10/19
Por Vicent Albaro
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La historia viva en fiestas

    FOTOS
    La historia viva en fiestas- (foto 1)
    La historia viva en fiestas- (foto 2)
    La historia viva en fiestas- (foto 3)

    Una de las estampas más coloristas y a la vez didácticas de nuestras fiestas populares es la costumbre de vestirse con ropajes a la vieja usanza. Generalmente se remonta a los siglos XVIII y XIX, cuando cada localidad o comarca, aún conservaba su propia indumentaria, que, aún semejante en su conjunto, poseía detalles muy particulares y apropiados al modus vivendi del solar nativo de sus protagonistas. Las modas no son un invento de ahora, y una prueba bien palpable, lo refleja la cerámica artesana de mi pueblo donde puedes distinguir con claridad, diseños rococó, influencia francesa cuando París era el centro del mundo, o detalles chinescos que marcaron época, con lo remoto que quedaba ese enorme país.

    El museo viviente de ropajes de otra época, siempre lo han mostrado los grupos folclóricos en sus manifestaciones públicas. No solo han conservado la cultura poética y literaria de las coplas, con la musicalidad de las mismas, sino que también, han sido y son, modelos vivos del vestuario y enseres de otras épocas. Dejando un poco de lado a los puristas, que los hay al igual que en otras recreaciones de siglos concretos de la historia, -no porque no tengan razón que seguro la tendrán-, sino porque al masificar la indumentaria tradicional, entran en danza otros conceptos como: perfeccionismo, estudio antropológico, gusto y sobre todo presupuesto. Estos requisitos no se venden en la tienda, se tienen o no, y por ello el resultado puede ser bueno, regular y malo. Aunque tan solo podrá ser reconocible por los entendidos en la cuestión, pues para el resto, no deja de ser un traje típico cuando no, un disfraz. 

    Inmersos en las fiestas de primavera como Fallas y Magdalena, una explosión de colorido se desparrama por las calles. Ese museo del vestuario popular se hace asequible a todos, y las almas sensibles pueden observar con detalle y cercanía, cómo vestían sus tatarabuelas y hacerse una idea del cambio de los tiempos. Recientemente, asistí a un evento familiar en la ciudad de Burriana, inmersa en fallas y concretamente a la ofrenda floral a la Virgen de la Misericordia. Siempre que voy a esta ciudad, se me aparecen varios recuerdos: La reconquista de Jaime I, los coches con matrícula de Burgos o sea BU, los partidos de balonmano en los Salesianos, los triales en el río Anna, la familia de mi mujer y los relatos de Roselló. Relatos que hablaban de su madre, cuando el último domingo de agosto, la anciana mujer se acercaba al puente sobre el río, para ver las luces de la procesión del Cristo de Alcora, eran su devoción y su pueblo. También tengo recuerdos de un recital de Raimon en los años setenta, organizado por la ABC, pero prefiero no comentar en esta crónica. Tal vez en otra apropiada a la cuestión, si es que surge.

    En ese desfile de falleras y falleros dominical, con un sol radiante de primavera, pude observar de cerca los trajes de valenciana con todo detalle. Son una explosión de color y artesanía. Aparte del sereno encanto de la mujer, que se resalta aún más, con suntuosos peinados y aderezos. Las telas son bellísimas con bordados, estampados de mil colores a juego con el corpiño y los zapatos. No sé si hoy en día, los comprarán en Valencia como tienen fama los de esta ciudad, de hacer sus comandas en la capital del reino, lo cierto es que no tienen nada que envidiar a los vistos en el “cap i casal”. Así que, con el barroquismo fallero que plasmaron en lienzo, notables pintores como Peris Aragó, Santamans o Alacreu entre otros, y los grandes Sorolla y Fillol; es lógico que cualquier artista se enamore de tantísimo colorido junto, y ello sea motivo de lienzos memorables.

    En ese desfile brillaban refulgentes los bordados de oros y platas, las lentejuelas, las sedas y rayones, peinetas y aderezos. Era un desfile de explosión vital,  una primavera ambulante de vistosidad y lujo secular, con lo sones de muchas bandas de música, orgullo de la cultura valenciana. Entre medias y acompañando la comitiva veía un contraste: Las reinas y damas de Llucena invitadas por la falla Centro España. Y digo contraste, porque ante la blancura y reflejos deslumbrantes de las falleras, la sobria estampa de colores más apagados de las muchachas del Alcalatén, con sus tocas negras formaban el polo opuesto a tanta luz y vigorosidad cromática.  No es que las muchachas de la montaña desentonaran ni fueran desaliñadas. No es eso. Iban magníficas y solemnes. Me refiero al cambio de indumentaria de un lugar a otro. Es como si los pueblos del interior fuéramos más recatados, más parcos y tímidos a mostrar esa catarata de luminosidad. Seguramente, todo esto pasó desapercibido a la gran mayoría. Pero a mí me sonaba a un traje, más del Bajo Aragón que de de la ubérrima plana. Y pensé en esos naranjales vigorosos que tanta riqueza dieron a los lugareños. Con arquitecturas modernistas y sociedad avanzada y próspera, mientras los hombres del Alcalatén, más cercanos a labradores de poca enjundia, se desplazaban a Burriana a cavar huertos o al Aragón, a segar trigos los días calurosos del estío.  De allí importaron parte de nuestro folclore como las jotas, incluso coplillas y por qué no, vestimentas identificativas de aquel lugar.

    De ahí que la exposición de riquezas en los trajes de la Plana, se asemejan muy poco al resto de poblaciones del interior. Es siempre la gran distancia entre el regadío y el secano. Grandes cosechas y productos valiosos del naranjal en los mercados nacionales y extranjeros, o la agricultura de subsistencia a la que se han visto abocados históricamente, nuestros pueblos del interior. Una salvedad en las épocas ganaderas con el trajín de la lana y su comercio, abrió esperanzas que no prosperaron. La lonja de la seda, edificio singular en el centro de Valencia, puede servir de muestra gráfica, de esas insuperables distancias abiertas en canal formadas por el secano y el regadío, añadiendo al haber de este último la ventaja del ferrocarril y del puerto de mar.

    Así que vivan las Fallas y la Magdalena como símbolo de tiempos esplendorosos, reflejados en esas indumentarias barrocas y magníficas, que lucen las mujeres en tiempos de jolgorio festivo. Si bien, con el transcurso de los años todo está a merced de cambios, y no siempre a mejor. Porque en esa ubérrima planicie de naranjal, esa alfombra esmeralda que pintara el gran Joaquín Sorolla, comienzan a verse retales de secano amarillento entre el verdor general. Y es que la deliciosa y nutritiva naranja, no pasa por sus mejores momentos. Huertos sembrados de fruto denostado pudriéndose por los suelos, por ofertas a la baja de cítricos extranjeros. Agricultores mal pagados y olvidados por la administración pública, no son presagios de boyante futuro agrario. Si la cosa no cambia, habrán de cambiar los trajes luminosos y deslumbrantes de las falleras y gayateras, por tocas negras de duelo. Tocas de duelo, que las gentes del interior han llevado siempre, pero con dignidad, aplomo, resignación y probada valentía.   

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