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La rana que Rajoy cocina a los mercados

12/01/2015 Rodrigo Paños
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Cuentan que para cocer una rana viva no se la tiene que echar a una olla de agua caliente, porque, al quemarse, escaparía de un salto. Sin embargo, si se la deposita en una olla de agua tibia, se acomodará; entonces, poco a poco se puede ir aumentando la temperatura del agua hasta que la rana, adaptada al cambio, se cueza por completo sin enterarse.

El PP tuvo muy claro desde el principio de su legislatura que tenía que cocer la rana. Porque la Troica, ese trío de instituciones internacionales no democráticas (FMI, BCE y UE), representantes de los intereses de los mercados, así lo exigió. Debía reducir el Estado a la mínima expresión, acabar con derechos laborales, suprimir servicios públicos, socializar las pérdidas y privatizar las ganancias públicas.

Debía cocer la rana, cocinársela a los mercados. Y así lo expresó Rajoy desde el principio de su legislatura: “voy a hacer todo lo que pueda para atraer el interés de los mercados”. Los mercados son los devoradores de ranas. Se mueven de país en país buscando aquellas ranas que ya están cocinadas.

Desde las últimas décadas, es en Asia donde las ranas están mejor cocidas: la mayoría de la sociedad es pobre y no tiene nada que llevarse a la boca. Además, los Estados no se encargan de protegerla, no le ofrece asistencia sanitaria, ni cobertura educativa, ni protección laboral de ningún tipo, lo cual provoca que sus gentes estén dispuestas a trabajar a cambio de un plato de arroz. Las ranas están cocidas. Los mercados, de banquete: invirtiendo en crear y mantener fábricas que, gracias a una mano de obra de miseria, resultan tremendamente rentables.

El objetivo de Rajoy era cocer la rana. Desde el primer día que entró a gobernar con mayoría absoluta podría haberlo hecho: podía haber rebajado el salario mínimo interprofesional a 400 € e implementado el despido libre; podía haber subido el IVA a un 21%, inyectado millones y millones de € públicos a la banca privada; eliminado de un tajo los servicios públicos (educación, sanidad, justicia, dependencia…); podía haber eliminado miles de puestos públicos. Podía haber empobrecido a nuestra sociedad en cuatro días, y así atraer a los mercados. Pero si lo hubiese hecho, si hubiese echado a la rana al agua hirviendo, la rana hubiese saltado: las calles se hubiesen llenado de ciudadanos descontentos exigiendo elecciones anticipadas.

De modo que lo que hizo el gobierno de Rajoy fue echar a la rana a una olla de agua tibia (la cual ya había preparado de alguna forma el gobierno de Zapatero): entonces empezó a realizar poco a poco todas las reformas que tenía pensadas. Reforma laboral por aquí, recortes por allá; inyección de dinero público a la banca privada por aquí, subvención a empresa privada amiga por allá...

Por su parte, el Banco Central Europeo (BCE), al funcionar como catalizador de los intereses de la banca, ha contribuido a calentar el agua de la olla. Y es que el BCE tiene prohibido prestar dinero a los Estados, función básica de un Banco Central. Sin embargo presta al 1% de intereses a los bancos privados, los cuales prestan dinero a los Estados a un 5% de intereses (y para colmo esos mismos bancos privados se lucran, además, especulando con la deuda pública de los Estados).

De este modo, la olla de la rana cada día más caliente, y la rana adaptándose una temperatura ascendente. El dinero de la calle, la economía real, estancado: cada día menos empleo y más precario, la sociedad con menos dinero para vivir (o sobrevivir), más empobrecida, más necesitada. Van cerrando los comercios, va aumentando la pobreza, la exclusión social...

Por su parte, los mercados, tomando su aperitivo. La economía financiera, el dinero que no sale de los ordenadores, cabalgando: de la mano del corrupto al paraíso fiscal, de un fraude a una SICAV, del BCE a la banca privada, de la banca a la multinacional, de la mafia a la cuenta en Suiza, de la Monarquía al oligopolio, del rico al superrico. De gran fortuna a mayor fortuna.

A día de hoy, el precio de la mano de obra está por el suelo: la rana está prácticamente cocida. Conozco chicos de 20 años que trabajan (benditos sean) en fábricas de textil, sin contrato, sin cotización, 60 horas semanales por menos de 500 €. La gente está cada día más desesperada por trabajar, por lo que sea. Necesita sobrevivir. Pan para hoy… por favor.

Las fábricas, los servicios y los comercios que han podido sobrevivir a la crisis (que no es poco) están también en situación de urgencia: necesitan que la gente tenga trabajo; y no un trabajo precario de supervivencia, sino un trabajo digno que le ofrezca el tiempo y el dinero con el que poder pagar la compra del mes, la ropa de los niños, la asistencia del abuelo, los almuerzos, las cenas, la prensa, los cosméticos, el teatro, la tintorería, la peluquería, el carpintero, el albañil… ¿Quién les va a comprar si no personas bien empleadas?

Estamos tomando conciencia de que nos están cociendo y de que lo que necesitamos es una rana fuerte y sana, no de una rana cocida. Hemos llegado al punto en el que o saltamos de la olla, o somos definitivamente cocidos.

Con un bipartidismo que muere y otras fuerzas políticas que irrumpen con fuerza, estamos ante una oportunidad histórica para salir de la olla y construir el hábitat en el que queremos vivir. No nos durmamos porque nos cocerán.

Hay que saltar y expresar públicamente que no queremos ser cocidos. Saltar y dejar de creer las mentiras que nos inculcan día a día: sí se puede. Saltar y apoyar e involucrarse en los proyectos que van a favorecer el cambio. Hay que saltar y comenzar una regeneración democrática.


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