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Miércoles 29 de julio de 2015 |
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Columna de opinión
Solo es una opinión, Ud. perdone
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Por J. P. Enrique
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El cuento de los mosquitos

29/07/2015
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En un día como hoy, en no importa qué lugar, hace exactamente diez años, el sol, encargado de hacer posible la vida en la tierra, repartía generosamente sus rayos por todos los rincones de aquel Reino. Eran las once, las once en punto de la mañana, y muchos agricultores, huyendo del calor, daban por finalizada su jornada de trabajo que había comenzado con el alba. Justo a esa misma hora, el Rey se disponía a recibir a los súbditos que le habían solicitado audiencia.

Por orden riguroso, y siguiendo las instrucciones de la guardia de palacio, fueron entrando en el aposento real cada uno de los convocados.

El primero dijo: “Majestad, estamos sufriendo una plaga de mosquitos que con sus picaduras hacen muy difícil el descanso por las noches. Debería tomar medidas para acabar con ellos”.

El segundo se expresó así ante el Rey: “Majestad, las picaduras de mosquitos no nos dejan vivir y están ocasionando muy graves problemas a la población”.

El tercero dijo: “Majestad, vengo acompañado de mi hija pequeña para mostrarle los perniciosos efectos que la ocasionan las picaduras de mosquito. Tiene que hacer algo para solucionar el problema tan grave que padecemos.”

Al 3º le siguió un cuarto y así hasta 20 súbditos pasaron, ese día, por palacio para exponerle idénticas quejas.

El Rey, una vez fue conocedor del grave problema que le había trasladado la ciudadanía y especialmente afectado tras ver las hinchazones en el cuello y en las piernas de aquella niña que iba acompañada de su padre, decidió actuar con celeridad y dio la orden de pulverizar de inmediato todas las charcas de agua. No fue suficiente. Seguían apareciendo hinchazones por picaduras de mosquito en algunas personas y sobretodo en algunos niños. Los ciudadanos estaban cada vez más enfadados.

Había que hacer algo más, y el Rey, que no podía apartar de su mente la imagen de aquella pobre niña, podía hacerlo y lo hizo: Ordenó llenar con insecticida todos los tanques de los aviones disponibles y los vació generosamente sobre todo el país.

Eso ocurrió, como dije, hace diez años, exactamente diez años. El Rey con corazón de oro había atendido a sus súbditos y había tomado decisiones para que ningún niño ni persona adulta volvieran a sufrir por culpa de las picaduras de los molestos insectos.

Un año después aquella grave plaga no volvió aparecer. El Rey siguió escuchando a sus vasallos. Otra vez eran las once de la mañana. Otra vez la guardia real fue dando paso a nuevos súbditos: Algunos -pocos- seguían hablando de picaduras de mosquitos que “les producían daños muy graves”. Todos los apicultores decían que les era imposible recoger la miel de las abejas porque no había abejas. Todos los agricultores se quejaban de que sus frutales daban muy pocos frutos y que observaban un incremento de plagas y una disminución de insectos depredadores. Le llegaban, también, informes del Servicio de Salud, cuyas estadísticas reflejaban un incremento de las enfermedades de la piel.

El Rey buscaba una respuesta y se la dio el Consejo de Sabios: Con la eliminación de los mosquitos mediante insecticidas químicos, se había acabado con las abejas que polinizan los frutales y con los insectos beneficiosos para el control de plagas. Si no hay polinización hay menos frutos y al desaparecer los insectos beneficiosos se incrementan las plagas. Con la muerte de insectos han desaparecido también otras especies que se alimentaban de ellos como las golondrinas y otras muchas aves de menor tamaño. El incremento de enfermedades de la piel viene determinado por haber arrojado sobre los ciudadanos insecticidas químicos que siempre son nocivos parta la salud. En cuanto a los mosquitos, no son ya una plaga pero los que han quedado se han vuelto mucho más resistentes y sus picaduras son más dañinas.

“Pero había que elegir entre las personas o los insectos” -dijo el Rey pensando en aquella niña con hinchazones en el cuello y en las piernas que le rompió el corazón-

Sí, pero con una actuación más racional y midiendo las consecuencias. Imagine, Majestad, que para evitar el sufrimiento de las muchas personas que se ahogan en primavera por su alergia al polen, hubiera ordenado talar todos los árboles y todos los arbustos del Reino. ¿Sería racional? Sería tan irracional como lo que se hizo para acabar con los mosquitos.

El Rey, tras el duro reproche del Consejo de Sabios, se quedó pensando, pero la solución, ya no era fácil. El daño estaba hecho. La alegría de los súbditos tras haber acabado con la plaga de mosquitos duró muy poco. “Fue peor el remedio que la enfermedad -se dijo a sí mismo el poderoso mandatario, con corazón de oro, de un Reino situado en no importa qué lugar- pero la irracionalidad va acompañada de precipitación y de histeria, y ésta es difícilmente controlable.”

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