Dimarts 21 de Novembre de 2017

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Por J. P. Enrique

Mis dos amigos (y 2)

18/11/2017
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Tengo otro amigo, se llama Jose. Nació en Valencia. Le aprecio. A él y sus amigos  les gusta cantar aquello de “yo soy español, español, español”.

Mi amigo apenas habla valenciano, su lengua paterna. De niño estudió en colegios religiosos y él y su grupo circunscriben el uso de esa lengua al ámbito familiar. Todos, cuando alguna vez escriben alguna frase en su valenciano lo hacen sin reglas  “yo  -suelen decir- escribo como hablo”.

Jose tiene aversión a todo lo catalán, empezando por su lengua a la que considera muy distinta de la nuestra. Para remarcar esa diferencia suele  responde “no l´entenc o no le entiendo” cuando algún catalán se dirige a él por algún motivo con las mismas palabras que él usa pero con un acento distinto.

 Jose me dice, preocupado, que “los catalanes quieren adueñarse de nuestra Comunidad y que con el invento de Los Països Catalans van en el camino de  invadirnos.”  Me dice que dejó de ser cliente de  Gas Natural  cuando esa empresa quiso adueñarse de Endesa. Hoy tiene contratados la luz y el gas con Endesa. No sé si sabe que siendo cliente de esa compañía y  muy “español, español, español”  contribuye a sanear las cuentas del Estado italiano.

Mi amigo me dice que lo que hay que hacer es boicotear a los catalanes como él viene haciendo desde hace años con el agua, el vino, el cava y hasta con las medicinas que le receta su médico. Cuando va a la farmacia, su boticario ya sabe que no debe darle medicamentos hechos en laboratorios  de Cataluña. Lo que mi amigo no sabe es que si alguna vez permanece hospitalizado, los médicos para salvarle la vida le inyectarán en vena productos de la empresa Grifols. No sé cómo reaccionará cuando se entere.

 A mi amigo le sale del alma decir: “A los catalanes ni agua. ¡qué se han creído esos  separatistas impresentables!” Mientras dice eso Jose grita la unidad de España. Se viene muy arriba cantando aquello de “a por ellos, oé, oé”. Tiene una bandera colgando en su balcón. Con ella acude a manifestaciones acompañado de sus amigos “en defensa de la unidad de la patria.” Con ella no ha acudido nunca a denunciar los abusos de la banca, la precariedad del empleo, la guerra o el paro.

Está muy cabreado con Puigdemont, Junqueras y todos los independentistas. Dice que él ya lo veía venir y que tenían que haberlos encarcelado antes para acabar con el virus que han sembrado. Dice más. Dice que el ejército está para defender a la patria y que tendrían que mandarlo allí para poner orden.

¿El 155? También tenían que haberlo aplicado ya hace mucho tiempo, pero con mayor rotundidad. No se ha hecho porque Rajoy es un blandengue que va con demasiados remilgos.

Jose se alegra cada vez que oye que un grupo de empresas abandona aquella comunidad. Se alegra  de que los boicoteos afecten a las empresas catalanas. “¡Que les den!  Son una pandilla de impresentables que quieren romper la unidad de España.”

Mi amigo Jose rezuma anticatalanismo por todos los poros de su piel. Suele repetir que en una escuela a un padre no le facilitaron que  su hijo hablara en español. También cuenta que una vez habló en castellano en una calle céntrica de Barcelona y su interlocutor le dijo que no le entendía. ¡Qué vergüenza de Comunidad! ¡Que asco de catalanes! Se lamenta una y otra vez.

Me cuenta que él tiene claro que nunca pisará Cataluña porque no quiere saber nada de catalanes, pero insiste en  la unidad de la patria y en que Cataluña es España.

Mi amigo es una correa de transmisión de los tuits y vídeos que recibe contra catalanes. Se lo pasa muy bien con esos mensajes anticatalanistas y con los chistes que intercambia.

He intentado alguna vez ¡vano intento! decirle que si Cataluña es España debe querer a los catalanes para que estos se sientan queridos. Queriéndolos -le digo- se quiere a una parte importante de España. He intentado explicarle que el odio que almacena contra ellos  logra el efecto contrario al que él desea. He intentado que entienda que boicoteando p.e. a la pizza Tarradellas se boicotea a la vez al productor de tomates de Murcia, al canario que les vende la cebolla y a los aceituneros de Jaén. “Mejor  -dice él- que se fastidien todos con tal que el boicot llegue a los catalanes”. Su respuesta me recuerda al joven del relato didáctico que me enseñaron en la infancia en los salesianos: Si mi enemigo va a tener el doble que yo, que me saquen un ojo para que él se quede ciego.

He intentado decirle que ante el problema catalán hay que dialogar y que habría que modificar la Constitución para facilitar la convivencia. Cuando le digo eso, su respuesta es tajante: ¿Dialogar? ¿Para qué? ¿Modificar la Constitución? ¿Para facilitarles la independencia? Sería claudicar ante ellos. Lo que hay que hacer -dice- es acabar con el adoctrinamiento que empieza en las escuelas y poner orden utilizando toda la fuerza del Estado.

Le digo a mi amigo que la encarcelación preventiva contra medio gobierno es una medida demasiado dura que solo encrespa los ánimos y crea victimismo y más independentistas. Le digo que el argumento de la jueza de que “tienen recursos y podrían fugarse” no casa con el trato dado a Urdangarin, un hombre cargado de dinero y contactos, al que no encarcelaron y le permitieron hasta residir en un país extranjero.

Mi amigo no se considera radical. Para él radicales somos los “catalanistas” según él dice, que estamos a favor del diálogo y pensamos que ésto no se resuelve con jueces y policía. Mi amigo tacha de catalanistas a todos los que no aplaudimos el rechazo hacia  lo catalán y estamos en contra de los boicots y de judicializar la política.

Mi amigo tiene las ideas demasiado claras para dejarse influir por lo que yo le diga. Mi amigo es muy buena persona pero el anticatalanismo le ciega. Él, por el contrario cree que intentar ver las cosas de otro modo a como él las ve, es de “valencianos vendidos que reniegan de nuestra Comunidad.”

Mi amigo lo tiene muy claro. A mí me gustaría tener las cosas tan claras como las tiene él.

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