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Por Eleuterio Fernández Guzmán

Mes de junio al Sagrado Corazón de Cristo

02/06/2016
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“'Beberéis aguas con gozo en las fuentes del Salvador'. Estas palabras con las que el profeta Isaías prefiguraba simbólicamente los múltiples y abundantes bienes que la era mesiánica había de traer consigo, vienen espontáneas a Nuestra mente, si damos una mirada retrospectiva a los cien años pasados desde que Nuestro Predecesor, de i. m., Pío IX, correspondiendo a los deseos del orbe católico, mandó celebrar la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús en la Iglesia universal”.

Así empieza “Haurietis aquas”, a la sazón Carta Encíclica de Pío XII (15 de mayo de 1956) referida, precisamente, al culto al Sagrado Corazón de Jesús.

El mismo, en el punto 5, hace explícita la fundamentación del culto que merece el Corazón de Cristo:

“Conmovidos, pues, al ver cómo tan gran abundancia de aguas, es decir, de dones celestiales de amor sobrenatural del Sagrado Corazón de nuestro Redentor, se derrama sobre innumerables hijos de la Iglesia católica por obra e inspiración del Espíritu Santo, no podemos menos, venerables hermanos, de exhortaros con ánimo paternal a que, juntamente con Nos, tributéis alabanzas y rendida acción de gracias a Dios, dador de todo bien, exclamando con el Apóstol: 'Al que es poderoso para hacer sobre toda medida con incomparable exceso más de lo que pedimos o pensamos, según la potencia que despliega en nosotros su energía, a Él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, en los siglos de los siglos. Amén'. Pero, después de tributar las debidas gracias al Dios eterno, queremos por medio de esta encíclica exhortaros a vosotros y a todos los amadísimos hijos de la Iglesia a una más atenta consideración de los principios doctrinales —contenidos en la Sagrada Escritura, en los Santos Padres y en los teólogos—, sobre los cuales, como sobre sólidos fundamentos, se apoya el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús. Porque Nos estamos plenamente persuadido de que sólo cuando a la luz de la divina revelación hayamos penetrado más a fondo en la naturaleza y esencia íntima de este culto, podremos apreciar debidamente su incomparable excelencia y su inexhausta fecundidad en toda clase de gracias celestiales; y de esta manera, luego de meditar y contemplar piadosamente los innumerables bienes que produce, encontraremos muy digno de celebrar el primer centenario de la extensión de la fiesta del Sacratísimo Corazón a la Iglesia universal”.

Y es que, en efecto, como indica Pío XII en el texto aquí traído, fue su predecesor, Pío XI, quien el 8 de mayo de 1928 dio luz pública a su Carta Encíclica de título “Miserentisssimus redemptor” referida, precisamente, a la expiación que todos debemos al Sagrado Corazón de Jesús. Y allí, en su número 5 dejó escrito, acerca de la tal expiación, lo siguiente:

“A estos deberes, especialmente a la consagración, tan fructífera y confirmada en la fiesta de Cristo Rey, necesario es añadir otro deber, del que un poco más por extenso queremos, venerables hermanos, hablaros en las presentes letras; nos referimos al deber de tributar al Sacratísimo Corazón de Jesús aquella satisfacción honesta que llaman reparación.

Si lo primero y principal de la consagración es que al amor del Creador responda el amor de la criatura, síguese espontáneamente otro deber: el de compensar las injurias de algún modo inferidas al Amor increado, si fue desdeñado con el olvido o ultrajado con la ofensa. A este deber llamamos vulgarmente reparación”.

Debía, pues, por así decirlo, establecer cuál sería la oración a partir de la cual se pudiera llevar a cabo tan merecida expiación. Y así lo hizo con la que sigue:

“Dulcísimo Jesús, cuya caridad derramada sobre los hombres se paga tan ingratamente con el olvido, el desdén y el desprecio, míranos aquí postrados ante tu altar. Queremos reparar con especiales manifestaciones de honor tan indigna frialdad y las injurias con las que en todas partes es herido por los hombres tu amoroso Corazón.

Recordando, sin embargo, que también nosotros nos hemos manchado tantas veces con el mal, y sintiendo ahora vivísimo dolor, imploramos ante todo tu misericordia para nosotros, dispuestos a reparar con voluntaria expiación no sólo los pecados que cometimos nosotros mismos, sino también los de aquellos que, perdidos y alejados del camino de la salud, rehúsan seguirte como pastor y guía, obstinándose en su infidelidad, y han sacudido el yugo suavísimo de tu ley, pisoteando las promesas del bautismo.

Al mismo tiempo que queremos expiar todo el cúmulo de tan deplorables crímenes, nos proponemos reparar cada uno de ellos en particular: la inmodestia y las torpezas de la vida y del vestido, las insidias que la corrupción tiende a las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las miserables injurias dirigidas contra ti y contra tus santos, los insultos lanzados contra tu Vicario y el orden sacerdotal, las negligencias y los horribles sacrilegios con que se profana el mismo Sacramento del amor divino y, en fin, las culpas públicas de las naciones que menosprecian los derechos y el magisterio de la Iglesia por ti fundada.

¡Ojalá que podamos nosotros lavar con nuestra sangre estos crímenes! Entre tanto, como reparación del honor divino conculcado, te presentamos, acompañándola con las expiaciones de tu Madre la Virgen, de todos los santos y de los fieles piadosos, aquella satisfacción que tú mismo ofreciste un día en la cruz al Padre, y que renuevas todos los días en los altares. Te prometemos con todo el corazón compensar en cuanto esté de nuestra parte, y con el auxilio de tu gracia, los pecados cometidos por nosotros y por los demás: la indiferencia a tan grande amor con la firmeza de la fe, la inocencia de la vida, la observancia perfecta de la ley evangélica, especialmente de la caridad, e impedir además con todas nuestras fuerzas las injurias contra ti, y atraer a cuantos podamos a tu seguimiento. Acepta, te rogamos, benignísimo Jesús, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María Reparadora, el voluntario ofrecimiento de expiación; y con el gran don de la perseverancia, consérvanos fidelísimos hasta la muerte en el culto y servicio a ti, para que lleguemos todos un día a la patria donde tú con el Padre y con el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Al respecto del significado que tiene el culto al Sagrado Corazón de Jesús, la Carta Encíclica “Haurietis aquas” (citada arriba) nos dice, en su número 15, lo siguiente cuando se refiere al “Símbolo del triple amor de Cristo”:

“Luego, con toda razón, es considerado el corazón del Verbo Encarnado como signo y principal símbolo del triple amor con que el Divino Redentor ama continuamente al Eterno Padre y a todos los hombres. Es, ante todo, símbolo del divino amor que en El es común con el Padre y el Espíritu Santo, y que sólo en El, como Verbo Encarnado, se manifiesta por medio del caduco y frágil velo del cuerpo humano, ya que en 'El habita toda la plenitud de la Divinidad corporalmente''.

Además, el Corazón de Cristo es símbolo de la ardentísima caridad que, infundida en su alma, constituye la preciosa dote de su voluntad humana y cuyos actos son dirigidos e iluminados por una doble y perfectísima ciencia, la beatífica y la infusa.

Finalmente, y esto en modo más natural y directo, el Corazón de Jesús es símbolo de su amor sensible, pues el Cuerpo de Jesucristo, plasmado en el seno castísimo de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, supera en perfección, y, por ende, en capacidad perceptiva a todos los demás cuerpos humanos”.

Por otra parte, podría pensarse que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús es algo pasado de moda, propio de tiempos pasados y que hoy día, en el siglo en el que estamos, poca importancia tiene para un cristiano actual.

Sin embargo, el Papa, ya santo, Juan Pablo II, en una misiva entregada al entonces Prepósito General de la Compañía de Jesús. P. Kolvenbach, un 5 de octubre de 1986 y en Capilla de San Claudio (en Paray-le-Monial), animaba a los discípulos de San Ignacio de Loyola a impulsar la devoción al Sagrado Corazón de Jesús:

"Sé con cuánta generosidad la Compañía de Jesús ha acogido esta admirable misión y con cuánto ardor ha buscado cumplirla lo mejor posible en el curso de estos tres últimos siglos: ahora bien, yo deseo, en esta ocasión solemne, exhortar a todos los miembros de la Compañía a que promuevan con mayor celo aún esta devoción que corresponde más que nunca a las esperanzas de nuestro tiempo".

Es, pues, actual el culto del que hablamos. Lo es de tal modo que, además de las aquí traídas cartas encíclicas de Pío Xi y Pío XII, también otros Pontífices dedicaron su pensamiento a dar la merecida importancia que tiene este culto.

Así, por ejemplo, León XII nos dejó “Annum Sacrum” y "Tametsi futura"; o “Quias primas”, de Pío XI (además de la citada arriba); también "Summi Pontificatus", de Pío XII (además de la citada arriba).

No podemos olvidar que también el Beato Pablo VI dedicó una “Carta apostólica a los patriarcas, primados, arzobispos, obispos del mundo católico entero, en el segundo centenario de la institución de la fiesta litúrgica en honor del Santísimo Corazón de Jesús” (6 de febrero de 1965) con el título “Investigabiles Divitias Christi” en la que decía, por ejemplo, esto:

“Deseamos que a todas las categorías de los fieles sean explicadas en el modo más adaptado los profundos y misteriosos fundamentos doctrinales que ilustran los infinitos tesoros de la caridad del Sagrado Corazón; que se les indique los elementos particulares sagrados que cada vez más forman parte de la devoción de este culto, dignas de la más alta consideración con el fin de obtener que todos los cristianos, animados y con una nueva disposición espiritual, ofrezcan el debido honor a aquel Corazón divino, reparen los innumerables pecados con testimonios de un entrega cada vez más fervorosa, y conformen la vida entera a los preceptos de la verdadera caridad que es el cumplimiento de la ley (cf. Rom 13.10)”.

Es bien cierto, por otra parte, que el culto al Sagrado Corazón de Jesús ha de ser muy bien considerado por Dios. El Creador no puede tener sino por práctica buena y benéfica para el alma del practicante y devoto que se tenga en cuenta el corazón de Quien dio su vida por todo hombre. Por eso prometió Cristo a Santa Margarita María de Alacoque que quien nueve meses antes del mes de celebración del dedicado a su Sagrado Corazón (junio) comulgara los primeros viernes de mes le sería concedido lo siguiente:

“1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado (casado(a), soltero(a), viudo(a) o consagrado(a) a Dios).

2. Pondré paz en sus familias.

3. Los consolaré en todas las aflicciones.

4. Seré su refugio durante la vida y, sobre todo, a la hora de la muerte.

5. Bendeciré abundantemente sus empresas.

6. Los pecadores hallarán misericordia.

7. Los tibios se harán fervorosos.

8. Los fervorosos se elevarán rápidamente a gran perfección.

9. Bendeciré los lugares donde la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada.

10. Les daré la gracia de mover los corazones más endurecidos.

11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón y jamás será borrado de Él.

12. La gracia de la penitencia final: es decir, no morirán en desgracia y sin haber recibido los Sacramentos.”

Y es que tener en cuenta el Corazón de Cristo y su Sagrada naturaleza ha de ser considerado en todo tiempo y lugar por todo aquel que se reconoce hermano de Quien todo lo dio para la salvación de la humanidad.

Gocemos, pues, del Corazón de Cristo. Y no sólo este mes, claro, sino siempre.

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