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Por Eleuterio Fernández Guzmán
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San Josemaría: ser santos, hoy día, según un santo de hoy

25/06/2015
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El día 26 de junio celebra la Iglesia católica la festividad, el recordatorio, de un santo muy especial. Lo fue por su vida, por las circunstancias que pasó y por la Obra que fundó. Nos referimos al P. Josemaría Escrivá de Balaguer, a la sazón San Josemaría. Y si hay un tema crucial en su doctrina, en su enseñanza, tal es el de la santidad. Si hay un santo, digamos, de lo ordinario, no es otro que el fundador del Opus Dei. Muy bien nos puede servir de ejemplo para contemplar la santidad hoy día, en el presente en el que estamos, en (como dirían antaño) el siglo y tratar de saber si es que es posible llegar a santificar nuestras vidas y ser, en efecto, y para beneficio de la humanidad, santos en ejercicio presente.

Dice San Josemaría (en Surco 314) lo siguiente que puede mover a una pequeña reflexión sobre el tema que aquí tratamos y que no es otro que la, digamos, santidad alcanzable por cada uno de nosotros:

“¿Quién ha dicho que, para llegar a la santidad, sea necesario refugiarse en una celda o en la soledad de una montaña?”, se preguntaba, asombrado, un buen padre de familia, que añadía: “entonces serían santas, no las personas, sino la celda o la montaña. Parece que se han olvidado de que el Señor nos ha dicho expresamente a todos y cada uno: sed santos, como mi Padre celestial es santo”.

—Solamente le comenté: “además de querer el Señor que seamos santos, a cada uno le concede las gracias oportunas”.

Pero ¿es posible ser hoy santo según el entender de San Josemaría?

Comienzo haciendo uso, otra vez, de un texto de nuestro santo que, sobre el caso especial de los santos, desmitifica mucho lo que se puede pensar de ellos. Dice que “No miramos al mundo con gesto triste. Involuntariamente quizá, han hecho un flaco servicio a la catequesis esos biógrafos de santos que querían, a toda costa, encontrar cosas extraordinarias en los siervos de Dios, aun desde sus primeros vagidos. Y cuentan, de algunos de ellos, que en su infancia no lloraban, por mortificación no mamaban los viernes… Tú y yo nacimos llorando como Dios manda; y asíamos el pecho de nuestra madre sin preocuparnos de Cuaresmas y de Témporas…” (Es Cristo que pasa 9).

Por eso, no se requiere, como pudiera pensarse, una actitud que esté más allá del mundo el que estamos sino, al contrario, una que lo sea favorable a la santificación del mismo pero teniendo en cuenta, muy en cuenta, a Dios y a su voluntad. Por eso escribiría en “Es Cristo que pasa” (96) que “La santidad: ¡cuántas veces pronunciamos esa palabra como si fuera un sonido vacío! Para muchos es incluso un ideal inasequible, un tópico de la ascética, pero no un fin concreto, una realidad viva. No pensaban de este modo los primeros cristianos, que usaban el nombre de santos para llamarse entre sí, con toda naturalidad y con gran frecuencia: os saludan todos los santos, salud a todo santo en Cristo Jesús”.

Y, más allá de lo que pudiera pensarse que es la santificación (¿los grandes hechos, las grandes hazañas llevadas a cabo en el mundo?) muy otra cosa es lo que hemos de llevar a cabo: un comportamiento adecuado a nuestra fe cristiana - católica -, un proceder que se corresponda con nuestras creencias, un amor a la Iglesia como Casa de Dios y como hogar donde nuestro corazón habite. Y es que no podemos olvidar que “Hay muchas almas alrededor de nosotros, y no tenemos derecho a ser obstáculo para su bien eterno. Estamos obligados a ser plenamente cristianos, a ser santos, a no defraudar a Dios, ni a todas esas gentes que esperan del cristiano el ejemplo, la doctrina” (Es Cristo que pasa 124).

Por tanto, hacer lo que de nuestra parte corresponda y, sobre todo, dejar hacer al hermano en la fe, para que, con su proceder dignifique su vida de cristiano y sepa encaminar sus pasos hacia el definitivo Reino de Dios, al cual todos tenemos derecho por filiación divina. Y es debemos saber que “Un hijo de Dios trata al Señor como Padre. Su trato no es un obsequio servil, ni una reverencia formal, de mera cortesía, sino que está lleno de sinceridad y de confianza. Dios no se escandaliza de los hombres. Dios no se cansa de nuestras infidelidades. Nuestro Padre del Cielo perdona cualquier ofensa, cuando el hijo vuelve de nuevo a Él, cuando se arrepiente y pide perdón. Nuestro Señor es tan Padre, que previene nuestros deseos de ser perdonados, y se adelanta, abriéndonos los brazos con su gracia” (Es Cristo que pasa 64).

Además, no podemos olvidar lo dicho por San Pablo en su Primera Epístola a Timoteo (2,3-4) y que no es otra cosa que “Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad”.

Y vuelvo a preguntar: ¿Es, esto, posible?

En “Conversaciones” (68) dice, de nuevo, San Josemaría que “Mi única receta es ésta: ser santos, querer ser santos, con santidad personal”. O lo que es lo mismo, voluntad de serlo.

Es decir, que depende de cada uno de nosotros, de nuestra actitud ante las circunstancias de la vida por las que pasamos, que se pueda decir de nosotros, como se decía de los primeros cristianos, “mirad cómo se aman”. Y, para eso, “Nos quedamos removidos, con una fuerte sacudida en el corazón, al escuchar atentamente aquel grito de San Pablo: ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación. Hoy, una vez más me lo propongo a mí, y os recuerdo también a vosotros y a la humanidad entera: ésta es la Voluntad de Dios, que seamos santos” (Amigos de Dios 94).

Seguramente, habrá otros santos que puedan inspirar, más, a otras personas; seguramente también San Josemaría no será muy del “gusto” de otras personas. Pero a mí, como persona que vive en el siglo XXI, un santo tan “ordinario” como San Josemaría inspira, en mi corazón, la seguridad de que podemos ser santos y que dejar tal actitud para determinadas personas es, sólo, ejemplo de poco arrojo y poca puesta en práctica de la fe cristiana.

Pues yo dejo, a cualquiera, tan importante tarea a llevar a cabo en sus manos.

Por otra parte, pidamos a San Josemaría por nosotros, hermanos suyos e Hijos de Dios, para que nos ilumine y nos ayude en el camino de santidad por el que, se supone, andamos.

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