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Columna de opinión
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Por Eleuterio Fernández Guzmán
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Cada vida importa más de lo que algunos creen

26/02/2015
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Como suele suceder cada 25 de marzo la Iglesia católica celebra el Día de la Anunciación del Señor y es el día, creemos que fue así, en el que una joven judía llamada María dijo sí al enviado de Dios, a la sazón el Ángel Gabriel.

Pues bien, como también suele ser habitual, tal día celebra la Esposa de Cristo la llamada “Jornada por la Vida” porque, en realidad, nada hay más importante para el ser humano que nacer y, luego de haber nacido, vivir entre sus hermanos los hombres hasta ser llamado por Dios a su Casa.

Para este año 2015 nuestros pastores de la Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida han dado a conocer una Nota de título muy significativo: “Hay mucha Vida en cada vida”.

El caso es que, como bien sabemos y debemos defender los católicos, la vida humana es un derecho que no debería ser tan zaherido como lo es. Y es que la sociedad en la que vivimos es, esencialmente, abortista y tiene muy a mal que haya seres humanos que deban nacer por haber sido concebidos. Por eso, se echa mano a leyes y reglamentos para favorecer la muerte del no nacido y, en algunos lugares, se ha cerrado el círculo de maldad y se autoriza la eutanasia con el mayor desparpajo del mundo.

Por eso nos conviene leer esto:

“Toda vida humana es valiosa porque es imagen de Dios. Esta es la gran revelación sobre la naturaleza humana: ‘Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó’ (Gén 1, 27). Para Dios, todos y cada uno de los seres humanos poseen un valor excepcional, único e irrepetible. Nuestra vida es un don que brota del amor de Dios que reserva a todo ser humano, desde su concepción, un lugar especial en su corazón, llamándolo a la comunión gozosa con Él.” (Nota, 1)

En realidad no se nos dice nada nuevo ni que no se sepa con toda claridad y contundencia. El caso es que debería comprenderse que una sociedad que se ha apartado de Dios y que, sobre todo, lo mantiene apartado de sí misma, todo lo que tenga que ver con la naturaleza del ser humano, ser creación y semejanza del Creador, se tiene como realidad a olvidar porque no conviene hacer algo que no gustaría nada al Padre. Se le aparta y punto.

Pero es que, además,

“Dios nos ha regalado la vida y ha confiado la vida de cada persona a los demás, en una fraternidad real que procede de Dios Padre, que nos hace hermanos y nos indica la verdad de ser don para el otro y de aprender a acoger el don que el otro supone para mí.” (Nota, 2)

El tener cuidado del prójimo, aún del no nacido, es obligación muy grave a tener en cuenta. Y es que todos somos, por ser creación del mismo Padre Dios, hermanos. Por eso resulta muy difícil entender cómo es posible que unos hermanos procuren la muerte de otros sin menor cargo de conciencia.

En realidad, tanto el no nacido como aquel ser humano que esté pasando por una enfermedad muy grave ha de ser muy especialmente respetado pues se trata de seres, como nosotros en cuanto a nuestra naturaleza filial respecto de Dios, indefensos y que no pueden esperar de sus semejantes una muerte injusta.

Y, ya, para finalizar, estas terribles preguntas:

“¿Cómo calificar un mundo que negara la acogida y protección a los más débiles? ¿Qué tipo de sociedad estaríamos construyendo si minusvaloramos o rechazamos al que es más vulnerable y está más necesitado?” (Nota, 4)

La respuesta a estas preguntas muestra, muy crudamente, el mundo en el que nos encontramos: se trata de una sociedad vacía de Dios y muy alejada de la voluntad del Todopoderoso (¡Alabado sea por siempre!) Es más, se trata de una sociedad que ha caído en el abismo y está espiritualmente muerta.

Seguramente, más de uno dirá que ante eso poco podemos hacer. Sin embargo, no hacer nada ha de ser un grave pecado contra el hombre y, así, contra Dios. ¡Contra Dios!

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