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Sábado 18 de abril de 2015 |
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Columna de opinión
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Por Eleuterio Fernández Guzmán
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Llanto por un cristiano

16/04/2015
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Cuando se dice que uno u otro cristiano ha sido asesinado por la fe que sostenía y que no quería abandonar por muchas presiones que se le hicieran, nos queda un regusto triste. El corazón se encoje porque un hermano en la fe (aunque no sea, exactamente, católica) ha muerto. Y es más que preocupante que eso pase hoy día.

Sin embargo, aún hay algo peor: poner nombre al asesinado.

Ahora se llama Nauman Masih. Bueno, se llamaba, para ser exactos. Y era un adolescente pakistaní que había cometido el terrible delito de ser cristiano.

Hace unos días, cuando andaba por la calle sin meterse con nadie tuvo la desgracia de encontrarse con un grupo de musulmanes (dicen que radicales) que, dándose cuenta de que era cristiano, se dedicaron a darle golpes y, no contentos con tan aberrante acción, subieron un escalón en la villanía y le rociaron con gasolina. Y, como era de esperar, le prendieron fuego. Luego, los muy valientes, emprendieron la huida por si acaso eran cogidos in fraganti en su tan valiente acción…

También era de esperar lo que ha pasado: al cabo de unos días, el joven Nauman ha fallecido. Pero antes cometió, al parecer, otro delito que, como acción, debe ser incomprensible para aquellos que lo han matado: ha perdonado a sus agresores.

Nauman ha muerto, pues, doblemente como mártir: por odio a su fe y, luego, habiendo perdonado a los que cometieron un acto tan fuera de lugar entre seres humanos, digamos, civilizados, al menos, en el espíritu.

El caso es que esto no es, como sabemos, una acción aislada sino, por desgracia, algo que se ha convertido en común, ordinario. Es decir, hoy día se ha extendido la mala y viciosa costumbre de atacar al cristiano allí donde se le pueda atacar. Y se le ataca con saña, con la que Satanás pone en el corazón de sus siervos.

¿Qué hacer ante el espectáculo que nos están proporcionando los llamados musulmanes radicales?

En primer lugar, pedir por ellos, para que se den cuenta de que su libro sagrado contiene muchas cosas que son incomprensibles para los tiempos que corren, que no se corresponden con el ejercicio de una religión de paz y que, por fin, deben respetar al prójimo por ser, también, hijo de Dios.

Pero, en segundo lugar debemos exigir a las autoridades, que puedan hacer eso, que pongan fin a este verdadero holocausto que, si seguimos por este camino, va a dejar pequeño al que cometió otro asesino múltiple llamado Adolfo y apellidado Hitler.

Es más, si lo miramos con atención, todos, éste y los otros, persiguen lo mismo: la desaparición de todo aquel que no piense como ellos o, mejor, que no esté de acuerdo con sus malignas y nigérrimas ideas.

Lo bien cierto es que todo esto que está pasando, ahora con Nauman pero, seguramente, ahora mismo, ahora (mientras se escribe esto y, luego, cuando se lea) con otros cristianos, clama al cielo. Clama como clamó la sangre de Abel por su muerte a manos de su hermano Caín. Y clama justicia divina de Aquel que, habiendo creado al hombre a su imagen y semejanza, no puede querer que tal semejanza se aleje tanto de su Amor que es, como sabemos, el timbre de calidad de aquella referida al Padre.

No podemos evitar, ni queremos, que las lágrimas resbalen hacia abajo y muestren lo que sentimos por la muerte de Nauman, de los que han muerto como él y de los que morirán en un futuro inmediato. Es, hasta posible, que nosotros seamos uno de ellos.

Al menos por eso, aunque sea por egoísmo, lancemos un grito de queja al mundo, llamado, civilizado, para que no se deje descivilizar como lo está haciendo, que no abandone a Dios Todopoderoso como lo está abandonando y que, por terminar, haga cuanto esté en su mano para que no vuelvan a salir en las noticias algo así como que alguien, valiéndose de no sé qué interpretación del Corán, haya rebanado el cuello a un cristiano, le haya pegado cuatro tiros o lo haya quemado vivo.

Y es que este llanto, amargo, es, además de por la muerte de Nauman por la de aquellos espíritus que no quieren reconocer el abismo hacia el que están cayendo con su silencio y con su impasible ademán.

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