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Por Eleuterio Fernández Guzmán
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A vueltas con los divorciados vueltos a casar

27/08/2015
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Aquellos que quieren torcer las cosas para llevar el agua a su resquebrajado molino dicen que se trata de algo relacionado con la misericordia. Y es que se acogen a la llamada “primavera” que el Papa Francisco, al parecer, ha traído a la Iglesia católica.

La misericordia es algo muy socorrido a lo que se puede acudir cuando no hay otra cosa o virtud a la que acogerse. Basta, pues, decir que hay que tener misericordia para que pueda valer todo. Es, además, un recurso a la desesperada pues ¿quién va a ser tan miserable como para oponerse a hacer uso de ella?

Eso pasa con el tema de los creyentes católicos que se han divorciado civilmente (eso no existe en el catolicismo) y se han vuelto a casar, también civilmente (eso no es posible en el catolicismo si no se da el previo expediente de nulidad matrimonial).

Hay, sobre esto, algo nuevo.

Un serie de teólogos han firmado un documento para presionar al Santo Padre para que el Vicario de Cristo haga todo lo posible para que el Sínodo a celebrar el próximo octubre en Roma apruebe un cambio radical en la doctrina católica al respecto de la imposibilidad de que los creyentes católicos divorciados y vueltos a casar tengan acceso a la Eucaristía, es decir, a la comunión dentro de la celebración de la Santa Misa.

Eso, sabemos, es imposible porque así está establecido. Pero tales personas insisten, erre que erre, y no dejarán de pasar las oportunidades que tengan para que se imponga su torcida idea al respecto.

El caso es que, en un momento determinado del documento que han firmado, dicen esto:

“Hablamos de supuesta fidelidad no para juzgar la intención de quienes te escribieron sino porque, en realidad, la enseñanza de la Iglesia no es que esos divorciados vueltos a casar ‘no puedan recibir la sagrada comunión’ sino que, según el Concilio de Trento, ‘la Iglesia no yerra cuando les niega la comunión’. Esa formulación, cuidadosamente elegida en aquel concilio, dejaba abierta la posibilidad de que tampoco haya error ni infidelidad en la postura contraria, y que se trate más de una cuestión pastoral que de una cuestión dogmática.”

Si vemos lo que ellos entienden por lo dicho por el Concilio de Trento vemos, con cierta facilidad, que si eso es sobre lo que sostienen su peregrina afirmación acerca de este tema, están más que perdidos.

Esto lo decimos porque hasta una persona sencilla, muy sencilla, en la fe entiende que decir que la Iglesia “no yerra cuando les niega la comunión” a los divorciados vueltos a casar es exactamente lo mismo que decir que “no puedan recibir la sagrada comunión” (esto último es lo que sostienen los teólogos en cuestión, el último entrecomillado). Y que se les niega es lo mismo que decir que no pueden comulgar. Y lo es porque la afirmación de Trento dice que se les niega la comunión y que, en eso, la Esposa de Cristo no se equivoca porque tiene razones más que suficientes como para decir eso. No se trata de un capricho de una serie de obispos o cardenales reunidos un día en el siglo XVI para responder, rápidamente, a la herejía protestante. No. Se trata de sostener, sobre este tema ahora en concreto, la doctrina milenaria que la Iglesia católica ha defendido y aplicado tampoco por capricho sino porque lo dijo el mismo Cristo: “lo que ha unido Dios, que no lo separe el hombre”. Y, claro, si el hombre lo separa, ya no es cosa de Dios luego… fácilmente se deduce el resto.

Para entender esto no hay que ser teólogo de “reconocido prestigio” (así llaman a la veintena de los que han firmado tal documento) ni nada por el estilo sino fiel creyente católico que ha conocido y aprendido algo que, ciertamente, es verdad: la verdad.

Es decir, estamos a vueltas con el Sínodo que viene porque hay muchos que quieren salirse con la suya y procurar que la Iglesia católica se “adapte” al mundo. Mejor sería que estos teólogos desnortados (y todos los que les siguen) se adaptasen, de una vez, a la Iglesia católica a la que dicen pertenecer.

Vamos, sería todo un detalle por su parte.

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