María, es, como ella misma dice siempre, solícita. Por eso al dirigirnos a María hemos de saber que su naturaleza misma, su sentido de la maternidad, amante y amadora, recibe con alegría el hecho de mismo de buscar gozo en su invocación, permanencia en su corazón y ansia de recibir su amor.
María, intercesora ante su Hijo, Jesús, siempre está esperando que nos dirijamos a ella cuando estamos necesitados de esperanza, ansiosos de una vida que sólo puede dar esta mujer elegida por Dios, desde su siempre, para ser su madre.
En María podemos buscar, y encontrar, ese rostro de la luz de Dios reflejado en sus oraciones, en las súplicas que se dirigen por quienes imploran esa intercesión propia de la Esposa del Espíritu Santo, seguros de que su respuesta será la única posible: sí, fiat, hágase...
Orar con María, orar hacía María, orar para María, y orar porque su corazón es nuestro corazón, su mirada ha de ser guía de la pasión que dirige nuestros pasos.
El que sigue puede ser un itinerario de oración, quizá, adecuado:
ORACIÓN PARA INICIO
María, que guardó en su corazón de Madre
la vida eterna de su Hijo, Jesús,
siempre intercede por nosotros,
Aleluya.
SALVE, MARÍA (Teodoro de Ancira)
Salve, rostro iluminado de la luz
de Dios que emana belleza...
Salve, clara madre de la luz que nace...
Salve, libro según Isaías, libro
de la nueva escritura del que fueron
testigos fieles los ángeles
y los hombres.
ORACIÓN DE ALABANZA
María, tú descubriste el mayor secreto,
el ansia de Dios por hacerse hombre,
por ser tu hijo que caminase entre hermanos.
María, tú dijiste sí ante la demanda de Gabriel,
y el sí fue dicho en el Reino de Dios
con eternidad toda porque Dios se alegró
de tener seno donde verse reflejado.
María, tú que permaneciste fiel a la palabra dada,
buscaste refugio en las manos amantes de José,
Verdad en la Palabra de Jesús, corazón en la presencia
perpetua del Padre.
María, de inmaculada naturaleza, de virginal don,
María, Madre, cauce de intercesión, río de luz, bien.
MARÍA y DIOS
Fuiste seno querido por Dios, suave candor
que iluminaba la vida de Cristo; fuiste la espera deseada
por el corazón eterno de quien crea y otorga gracias.
María, de ti Dios quiso conocer tu fe,
si de ella surgía la luz, si era tu voluntad
permanecer siempre a su lado.
María, fuiste voluntario río que lleva el agua eterna
a la vida, naturaleza perfecta que contuvo
la forma exacta de la luz.
Fuiste, María, para este Padre misericordioso
que es quien es, el que es, una gracia especial,
una demostración palpable de que no se había equivocado
con su creación,
que su luz, de sus manos emanada, surgió para ser luminaria
en el camino de sus hijos,
luz de luz, eternidad para la eternidad. En ti dibujó, Dios,
la forma precisa del amor.
ORACIÓN DE SÚPLICA
María, en quien confiamos porque somos sabedores de tu bondad, conocedores que somos de tu corazón, cauce de Dios; sabe Dios que somos sabedores del poder de tu intervención, verdadera mano amiga que consuela en la tristeza, acompaña en la soledad, abraza en la desolación.
María, Madre Dios y Madre nuestra, te pido (pídase...)
Así, al recordar la Inmaculada Concepción de María, su Maternidad divina, su perpetua Virginidad y su Asunción de los cielos en cuerpo y alma, podemos traer a nuestra vida lo que supuso, para la vida de la humanidad toda aquella mujer que, en su juventud fijó sí a Dios sin miedo o temor alguno a lo que tenía que suceder desde entonces.
Recordemos, así, a María como Madre de todos los hombres y no olvidemos sus virtudes; tengamos una devoción verdadera y real a la Madre de Dios y Madre nuestra.
Al fin y al cabo, quiso Dios que así fuera. Y fue.