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Piedras vivas
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Por Eleuterio Fernández Guzmán
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A una semana de la Semana

07/04/2014
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Todos recordamos aquello que, antiguamente se decía, acerca de que había tres jueves al año que lucían más que el sol, a saber, Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión. Eso era, claro, cuando tales momentos espirituales se celebraban en jueves.

Ahora, como bien sabemos, y por diversas circunstancias, las cosas han cambiado y, a excepción del jueves santo que siempre, claro, se celebra tal día de la semana, tanto el Corpus como la Ascensión se celebran cuando se celebran.

Sin embargo hay un tiempo que no puede cambiarse pues, por mucho que por su misma naturaleza se celebre en una u otra fecha, lo bien cierto es que la Semana Santa siempre es una semana completa (de Domingo de Ramos a Domingo de Resurrección). Y, ahora mismo, nos encontramos a algo más de una semana para tal Semana.

Si a determinados tiempos litúrgicos se les llama “fuertes” por ser momentos muy importantes de tal calendario (por ejemplo, Cuaresma o Adviento) lo bien cierto es que, al finalizar uno de ellos (en el que, justamente, ahora nos encontramos) da comienzo la Semana que bien podríamos llamar “fortísima” pues es más fuerte que lo fuerte, más esencial que lo básico. En fin, lo mejor de lo mejor para quien se considera discípulo de Cristo e hijo de la Iglesia verdadera, la católica.

Pero por ahora aún estamos en tiempo de Cuaresma.

Muchas veces se dice, año tras año y escrito tras escrito referido a tal tiempo litúrgico, que es uno que lo es propio, adecuado, necesariamente ha de ser así, para la conversión interior y para la penitencia.

En realidad, una cosa, la penitencia, deriva de la otra, la conversión interior.

Cuando confesamos nuestros pecados al sacerdote en este tiempo de Cuaresma, no hacemos más que algo a lo que estamos obligados. Y tal obligación no parte de una especie de sometimiento a Dios o algo por el estilo. El sacerdote no está ahí puesto por la Iglesia porque sea una especie de cotilla público que lo quiere saber todo. Muy alejado de esto está la verdad.

El sacerdote, como bien sabemos, perdona en nombre de Cristo, limpia porque Dios quiere que así sea. Por eso este tiempo es tan apropiado para confesar lo mal que lo hacemos habitualmente.

Y, tras la confesión (con lo que sabemos y, también, con lo que no recordamos pero Dios conoce) nos corresponde hacer frente a la penitencia que se nos impone.

No es, ésta, una imposición, tampoco, maliciosa sino, en realidad, casi nada, nada, para lo que debería imponérsenos por haber ofendido a Dios con nuestras acciones y, ¡ay!, con nuestras omisiones (tantas veces más culpables que lo que hacemos) ¿Quién podría liberarse de la justa ira del Creador sino fuera por la sangre vertida por su Hijo en su Semana, la de Pasión?

Por eso no debemos olvidar nunca que aún tenemos tiempo.

No es que luego no debamos confesar nuestros pecados sino que ahora, ahora mismo, es un tiempo muy adecuado, el más adecuado seguramente, para decir a Dios que sentimos de todo corazón haberle ofendido. También, que lo sentimos porque puede “castigarnos con las penas del infierno” como tantas veces repetimos.

Tales penas, las de la muerte eterna, no las deberíamos olvidar nunca porque, en efecto, existe el Infierno y existe, por tanto, el morir siempre, siempre, siempre.

Dios, en todo caso, no es que nos pida cosas que sean imposibles para nosotros. Tan sólo que seamos conscientes de lo que es importante para nuestra existencia eterna. No ya para esta, que también, sino para lo porvenir o, lo que es lo mismo, para el mejor regalo que el Creador ha hecho a su criatura: vivir siempre junto a Él.

Y, para eso, nos basta (que no siempre es poco según nuestra forma de ser) reconocer que somos pecadores y confesarlo donde corresponde, con quien corresponde y en la forma que corresponde.

Y ahora, que estamos a una semana, o casi, de la Semana Santa no es, precisamente, mal momento sino, incluso, tiempo ideal para recuperar el tiempo perdido.

Seguro que Dios premia tal actitud nuestra.

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