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Picos Pardos
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Por María José Navarro

Los deseos y las utopías

29/12/2017
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¿Paz? ¿Amor? ¿Prosperidad? Suelen ser estos los buenos deseos que ofrecemos durante estos días a quienes están a nuestro alrededor, deseos utópicos que quedan muy lejos de la cruda realidad.

Paz. ¿Cómo podemos hablar de paz cuando vivimos inmersos en la violencia? La tenemos a nuestro alrededor y de todo tipo… violencia de género, violencia deportiva, violencia institucional, violencia laboral, violencia escolar… Violencia que es ejercida por personas sobre otras personas. Personas con un poder determinado, sobre otras más vulnerables, y está ahí, cerca nuestro, tangible, sin tapujos y sin rubores… Nos hemos acostumbrado a ella, pues hemos crecido con ella y la hemos normalizado. Vemos normal que el jefe la ejerza sobre sus subordinados, pues para eso lo es. Tampoco nos extrañamos cuando aparece en el seno de la familia, incluso la disculpamos, pues preferimos pensar que quien la ejerce ha tenido un mal día… Y en la escuela intentamos no preocuparnos demasiado por aquello de que “es cosa de niños”…

Y fruto de esa “normalidad” tenemos a todas esas de mujeres que no podrán brindar por el año nuevo, pues simplemente ya no están, ya que sus parejas o ex parejas decidieron que si no eran para ellos no podían seguir viviendo. En una semana hemos perdido a tres mujeres más, que fueron asesinadas brutalmente, a plena luz del día y como testigos, en el último caso, sus propios hijos.

Amor. Otra palabra que de tanto decirla ha quedado desvalorizada, pervertida… Amor, amor, amor… ¿hacia qué y hacia quien? ¿Hablamos del amor romántico? ¿Ese de los príncipes azules y las bellas princesas? ¿Ese que otorga a los hombres la propiedad de las mujeres? ¿El mismo por el que esa cincuentena de mujeres no entrará en el 2018?

¿O hablamos del amor fraterno? Sí, el que hace que queramos al prójimo como a nosotros mismos… Ahhh, pero si es el mismo que mantiene a miles de refugiados viviendo de manera infrahumana y permite que haya personas viviendo en la calle o en circunstancias de precariedad absoluta…

Prosperidad. En las circunstancias actuales, desear prosperidad es casi como un insulto. En nuestro país, con las altas tasas de desempleo, de trabajo precario y desigualdad económica que padecemos, desearle a alguien que la prosperidad llegue a su vida es absurdo, cuando es algo que debe darse globalmente, con un incremento del consumo y producción que lleve al crecimiento económico real, que permita ofrecer más y mejor empleo. Vamos, que tal y como tenemos el panorama político y laboral, donde los trabajadores están en desventaja y totalmente devaluados, antes les salen pelos a las ranas que vemos esa prosperidad en España, por mucho que Rajoy y Montoro se empeñen en asegurarnos que ya hemos salido de la crisis.

Así que mis deseos para el 2018 son:

PAZ. Pero interna, esa que nos permite reflexionar antes de actuar, esa que es fruto del autoconocimiento y del control de nuestras emociones y que nos va a ayudar a evitar la frustración, la rabia y la violencia.

AMOR. Hacia nosotras mismas. Las personas que no se quieren son incapaces de querer a los demás, viven en un mundo lleno de inseguridades y acaban siendo arrastradas hacia pozos profundos, en busca de ese amor que les complemente, cuando su complemento perfecto está ahí desde siempre. Querámonos lo suficiente y así podremos querer al resto.

PROSPERIDAD. De sentimientos positivos y colectivos que nos ayuden a evitar el individualismo interesado de esta sociedad que nos hace débiles ante el poder capitalista. 

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Marietika
La Navidad no es una época de reflexión. Ya no. Se ha convertido en una oportunidad más de ser egoísta y pensar solo en las personas de nuestra familia, de nuestro entorno más cercano que nos importan. Les regalamos cosas más o menos acordes a nuestro presupuesto y, comidas copiosas, abundantes y excesivas como si la abundancia en la mesa fuese la imagen de Navidad.
Y nos olvidamos de su verdadero sentido: unidad, hermandad, solidaridad, compromiso, empatía con las personas menos favorecidas o que sufren.
La Navidad se concibió como un momento de generosidad con las personas más desfavorecidas, como una oportunidad a lo largo del año de parecer (solo parecer) todos iguales y tranquilizar nuestra conciencia del privilegio de poder llenar la mesa y hacer regalos.
Pero nuestra conciencia la enviamos de vacaciones, del 23 al 26 de diciembre y la retomamos el resto del año dándonos golpes en el pecho por las personas que sufren. Qué pena que la Navidad ya no signifique nada.
Enviado el 09/03/2018    
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