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Perdone que no me levante
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Por José Vilaseca

Políticos en el punto de mira

14/05/2014
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Las reacciones a la muerte de Isabel Carrasco, presidenta de la Diputación de León me dan mucho que pensar. Leo, completamente acojonado, que hay gente que se alegra del hecho "porque era política" o "porque era del PP" y se quedan tan anchos.

Algo de rumor de sables escuché en fechas recientes, cuando falleció Adolfo Suárez, pues muchos no quisieron reconocer su labor durante la Transición (es curioso que no viese la misma reacción cuando murió el Carnicero de Paracuellos, ahora que tan de moda está la memoria histórica), y todo parecía indicar que estos iban a ser tiempos duros para la clase política.

Siempre he dicho que tenemos los políticos que nos merecemos: Castas familiares que han cambiado de camisa cuando les ha convenido, advenedizos falleros o semanasanteros que acaban "colocados" a dedo por el amigo de turno después de pasar varios ejercicios posando para la foto, o “trepas” profesionales a los que no les importa un huevo ni los desahuciados ni si "podemos" o no "podemos". Nadie tiene fórmulas mágicas para resolver el follón que tenemos montado y esos arrebatos de popularidad de los encantadores de serpiente tienen consecuencias aún más nefastas (pregúntenle a los marbellíes por la familia Gil, a los inversores en Rumasa por el señor que fue eurodiputado, o las temibles encuestas que anuncian cinco escaños para la Esteban si se presentara).

No seamos ingenuos. No existe el político perfecto, ni siquiera el sistema social perfecto, salvo en el papel. Aquí, no roba ni defrauda el que quiere, sino el que puede, pero dudo mucho que seamos capaces de exigirnos a nosotros mismos la honradez que esperamos de una gente que, no nos engañemos, son y serán como nosotros mismos: Mientras nosotros trabajamos en negro, ellos se lo llevan calentito a Suiza. Mientras nosotros metemos gastos particulares como de empresa, ellos cobran dietas y sueldos múltiples. Mientras nosotros pedimos que no nos cobren el IVA, ellos adjudican obras a su amigo. Y quien diga que, en su situación, haría lo contrario, miente.

Durante años, todos nos cambiábamos a ojos ciegos por nuestros vecinos: Por el taxista que engaña al turista, por el albañil que cobra ochocientos en limpio y mil quinientos en negro, por el funcionario que sestea en su puesto mientras aguarda disfrutar de sus moscosos o de sus dobles pagas... Hasta hace poco, nos cambiábamos por el banquero sinvergüenza (ese Mario Conde, yerno perfecto para media España en su día), o por el político que pone la mano... salvo que, en el proceso, nos peguen un tiro. Entonces, nos apartamos discretamente, lo señalamos y nos reímos de su desgracia, como ha ocurrido en esta ocasión.

¿Qué queremos? ¿Un sistema político equilibrado donde todos tengan trabajo, aunque sea mísero... y un “polit Bureau” engordado y acomodado, como la antigua Unión Soviética? ¿Una casta militar o religiosa que controle el tinglado, como en la época de Franco? ¿El sistema educativo de Finlandia... pero pagando los impuestos que pagan en los países nórdicos? ¿El paro de Alemania, pero sin microcréditos, el poder adquisitivo de Inglaterra, pero sin tener que pagarnos la sanidad privada? Queremos la Ley el Embudo, no nos engañemos. Queremos que todos pierdan... menos nosotros, que somos limpios, que somos honrados, que no tenemos mácula ni falta alguna.

Yo no quiero se político, así que me la sopla decir todo lo que he dicho. No voy a ganar votos quedando bien con nadie y la única esperanza que tengo de ser "persona pública" algún día es seguir escribiendo libros y conseguir que cada vez más lectores se fijen en mí. Así que no me quita el sueño decir que, en días como hoy, con declaraciones como las que estoy leyendo, me da bastante asco vivir en España, en Europa y, si me apuran, pertenecer a esta especie maldita desde Caín, capaz de matar a su hermano porque lo que éste le ofrecía a Dios le daba arcadas de envidia.

¿Y aún nos preguntamos si hay vida inteligente en el Universo? Si así fuera, deben estar acojonados cada vez que se asoman a su ojo de buey estelar y nos contemplan. Si alguna vez vemos, de verdad, platillos volantes en el Cielo acercándose a donde estemos, mejor será esconderse... porque damos motivos más que suficientes para que nos exterminen, definitivamente, de este plano de la existencia.

José Vilaseca - Escritor


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