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Por Juan Manuel Martínez

El gusto por la ruina

26/01/2016
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La faceta de la defensa y difusión del patrimonio histórico artístico, no me viene de la nada, pues este año termino el grado en Historia del Arte, y de ahí viene está inquietud. Por eso, el artículo de esta semana versa sobre está profesión, la de personas que luchan por el patrimonio cultural, y haciendo vista atrás en la historia, nos vamos a remontar al siglo XVIII dónde los artistas y teóricos contemplaban las ruinas, en especial de la antigüedad clásica greco-latina y quedaban admirados de las maravillas arquitectónicas.

Hacia mediados del siglo XVIII, la ciudad de Roma, comenzó a ser un foco de recepción de estudiantes de las academias de Bellas Artes, para estudiar sus ruinas. Pero no solo eso, sino que se realizaban viajes arqueológicos por el Mediterráneo de la mano de la Society of Dilettanti inglesa. Todos estos viajes constituyeron una gran fuente de inspiración para los artistas, especialmente tras los descubrimientos de Pompeya y Herculano; no es de extrañar que en 1734 se funden los Museos Capitolinos en Roma.

Tras estos descubrimientos, se difundieron miles de publicaciones de la mano de Winckelman y Mengs, y que junto a éstos grabados favorecieron a la visión “pintoresca” y fantasiosa de las ruinas, de la mano de artistas como Piranesi (1720-1778). Este grabador fue uno de los puentes entre el neoclasicismo de la época y el movimiento romántico pues sus grabados no son una mera copia de las ruinas sino una recreación fantasiosa y creativa, por lo que nos muestra su propia visión de la arquitectura. Se buscaba conseguir efectos colosales de lo reproducido, llegando incluso a escenificar perspectivas teatrales mediante ese gusto o incluso culto romántico a la ruina.

Lo “pintoresco” nace precisamente en éste siglo, relacionado con el movimiento romántico y cuya arquitectura y en la pintura, en especial de paisaje, se introducía la idea de la “invención” de la naturaleza donde el pintor simulaba la pintura a su manera, dando belleza y singularidad al ser pintado cualquier objeto o en este caso las ruinas romanas. Es decir, un edificio, como por ejemplo la Galería del Louvre, Robert Huber en 1796 la pintó en ruinas, una vista imaginaria de la galería (actual Museo Louvre de París), donde ese gusto por la ruina se ve reflejado en la pintura.

Volviendo a la figura de Piranesi, ese grabador que quedaba admirado por la ruina auténtica, volvemos a encontrar a Robert Hubert (1733-1808), que trabajó en el estudio de Piranesi. En 1783, años antes de su cuadro de la Galeria del Louvre, realiza un lienzo mediante esa idea del gusto por la ruina. Se trata del “interior del templo de Diana en Nimes” – ver fotografía. Nimes es una ciudad francesa y que alberga grandes monumentos singulares de la época romana; un ejemplo de ello es el Templo de Diana, situado en los Jardines de la Fontaine.

En cuanto a las escenas que se representan podemos ver personajes de la vida cuotidiana entre las columnas tumbadas en el suelo – fotografía 2; o dos hombres que se impresionan ante las ruinas de su izquierda – fotografía 3; o simplemente un grabador o pintor que podría ser el propio Hubert, inmortalizando las ruinas del templo de Nimes dándole esa escenografía teatral propia del romanticismo. Pero, ¿Quiénes somos nosotros? ¿Cómo podemos transportar estas ideas a nuestro día a día?... Personalmente me veo reflejado en los dos personajes que contemplan la escena desde lo alto – fotografía 4.

Este cuadro se encuentra en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Al ver a los personajes en lo alto del templo de Diana, me vi profundamente reflejado. Los que nos dedicamos a la difusión y defensa del patrimonio nos sucede muchas veces esto, el contemplar ruinas, y quedarnos maravillados, pero no porque esté en deterioro sino por el valor patrimonial, histórico que tiene, y de ahí su defensa y puesta en valor. Estaciones de tren, molinos, antiguas fábricas, casas residenciales etc…edificios que muchos de ellos están declarados Bien de Interés Cultural, o Local, pero que al no rehabilitarlos están condenados a desaparecer. Esa es nuestra tarea, la de maravillarnos por un lado del patrimonio que tenemos, y segundo, tomar las medidas oportunas para que su puesta en valor se produzca, mediante rehabilitaciones arquitectónicas y de uso de esos edificios que ayuden a la ciudadanía, pues el patrimonio es de todos. Me viene a la mente una noticia reciente, como es la rehabilitación del Casino del Americano de Benicalap y que será un centro de cultivo de huertos urbanos. Nuevos usos para nuestro patrimonio.

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