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Por un puñado de latidos
Por un puñado de latidos
Por Jaime Sellés

Las últimas diez yardas

30/09/2008
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Llueve a mares y no tiene pinta de parar, el tráfico ha pasado ya del grado oleaginoso al de estreñido y los coches porfían por avanzar centímetro a centímetro como un equipo de fútbol americano en las ultimas diez yardas.

Se adivinan un montón de caras anónimas a través de las ventanillas; casi todos han usado sus celulares (sí, digo celular, soy así de pijo) o los están  usando o los usaran para comunicar que llegan tarde a algún sitio, sin embargo sus rostros reflejan más aburrimiento y desencanto que impaciencia.

Tal vez, quizás, la lentitud que provoca la lluvia nos haga enfrentarnos a nosotros mismos, a nuestra conciencia, y en el reducido espacio del coche no cabemos nosotros y nuestra soledad. Lo que se busca realmente, lo que se anhela sería otra vida, otra manera de vivirla, un mal pensamiento que aparece, como un insecto molesto, cuando se aminora la velocidad de nuestra rutina y la soledad nos alcanza para olvidarlo más tarde cuando se pasa la congestión y volvemos a circular a la velocidad sofronizadora de todos los días, cuando conseguimos que la soledad salga por la ventanilla abierta junto con los malos pensamientos.

Y uno se da cuenta de lo poco que somos, de lo poco que hemos hecho, de que hace tanto tiempo que ni te acuerdas del ultimo gesto razonablemente auténtico, insano y gratuito que hiciste y se hincha el pecho de añoranza sin saber muy bien que es lo que añoras y te bajas del coche, abres los brazos y miras al cielo empapándote de lluvia y sientes que te colmas de vida y respirando hondo el aire de la libertad (que ese día huele a tierra mojada) gritas, gritas para llenarse de nuevo los pulmones de aire razonablemente limpio y volver a grita. Gritas hasta que te mareas y con ese grito sacas toda la rabia por todo aquello que te arrepientes de no haber hecho (siempre he dicho que me arrepiento más de lo que no he hecho que de lo que he hecho).
Te arrepientes  de todos aquellos sueños de los que maldespertaste y todos los conductores alrededor miran el nuevo espectáculo, salen de sus abstracciones mentales y contemplan a ese loco que grita recibiendo la lluvia con alegría, y nadie hace nada, nadie se baja de sus coches, ni siquiera bajan sus ventanillas (llueve como si lo fueran a prohibir) con esa mezcla de escepticismo y hastío de quien lleva muchos telediarios a cuestas y que a medida que pasan los segundos se va convirtiendo en incomodidad ante la situación anómala, hasta que al final uno de los conductores que está varios coches atrás hace sonar el claxon, dos o tres más hacen coro. Al principio con algo de temor y luego más enérgicamente, y ya te subes al coche, empapado y feliz, con la determinación de quien va perdiendo ,pero le ha marcado el gol del honor a la vida.

Pones primera y sigues avanzando centímetro a centímetro, como un equipo de fútbol americano en las ultimas diez yardas. No todo esta perdido.
 
 
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latidos
las ultimas diez yardas
pagaria por verte empapado bajo la lluvia gritando,,seguramente me uniria a tu aullido..son tantas las soledades solos.... un placer leerte.
Enviado el 27/10/2008    
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