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Por Ramón Jesús Pérez
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Nuestras brillantes cocineras

29/04/2012
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Cuando estamos en centros de trabajo, residencias, colegios… entramos en el comedor, nos sentamos frente a la mesa pensando en nuestras cosas; vemos el menú, nos lo comemos hablando con nuestros compañeros, y así día tras día.

No pensamos que detrás de esos platos, hay unas profesionales que se esmeran para tenerlo todo listo en los mostradores, preparado impecablemente para los comensales; muchas veces nos olvidamos de su trabajo callado y abnegado, y poco valorado hasta por sus jefes.

Por mucho que ganaran nunca seria bastante, ese esfuerzo callado nadie lo ve pero está ahí, a nuestro servicio; nadie valora lo suficiente tan grande labor.

Es justo que un humilde comensal alabe su que hacer, que la mayoría de las veces solo tienen la recompensa de una fría mirada fría y perdida abandonar el comedor; tal actitud no es correcta, aunque uno reconoce haberlo hecho y pide perdón por ello.

Sí, hay que tener respeto a estas Damas del Delantal, que encarnan a nuestras madres y abuelas; muchos platos nos recuerdan nuestra niñez y adolescencia: ese potaje, esa paella, ese arroz al horno…

Algunos, con esto de la crisis, han adoptado la costumbre de coger la fiambrera o el taper y llevárselo al trabajo, costumbre muy desaconsejable de cara a estas profesionales; muchos olvidan como señalo líneas atrás, que algunas comidas son totalmente caseras, pero claro esos euritos al final de mes cuentan…

Con esta mala costumbre contribuimos al riesgo de paro de los y las cocineras, una profesión que se debe mantener por muchas razones; démonos cuenta que sin su trabajo sería costoso el funcionamiento de una empresa, un hospital, una residencia…

Sí, son las grandes olvidadas, pero que ahí están, al pie del fogón; incansables, vestidas de blanco, con su eterna sonrisa en la boca, sin pedir nada a cambio, solo una dulce sonrisa.

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