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Columna de opinión
Crónica de l´Alcalatén
Crónica de l´Alcalatén
Por José Manuel Puchol Ten
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Se acerca San Juan

01/06/2012
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Solsticio de verano, fogatas, ritos, magia y hadas. Fecunda tierra que acaba de entregar al hombre las cosechas y frutas, cerrando así el ciclo anual del agro.
Fiesta mayor campestre, otrora tradicional onomástica popular, que marcaba el inicio del estío en aquella Alcora, que aún medio rural, ya caminaba rápidamente hacia el mundo fabril, el de la manufactura. Los calvos, o los que aún peinan canas, nos acordamos perfectamente de aquellos calendarios laborales, cuya consulta, siempre agradable, nos revelaban las fiestas que contenía el almanaque, y que en honor a la verdad, por su importancia se clasificaban en: No recuperables, recuperables, y de media jornada. En ROJO, las fiestas que eran retribuidas, y en AZUL, las que se debían recuperar.

El 24 de junio, día de San Juan, era una fecha coloreada en AZUL (recuperable). Comenzaba la celebración aquella misma noche “Nit de Sant Joan”, con la popular verbena en la Pl. Loreto. Orquestas como la California (local), Orpheo, Portolés, Alejandro García, y Mata y Rosell, eran habituales en la señalada velada. Tiempos después vendrían Jaime Palacios, D-2, y Pajes.

Pero obligatorio es hablar de nuestra querida pedanía de Araya, donde alcanzaba tintes de excelente y extraordinaria festividad. Solemne día de Primera Comunión, para los niños y niñas de aquellas históricas escuelas mixtas. El importante número de vecinos que tenía la aldea, más las masías de su entorno, comportaba mantener una bien dotada escuela rural atendida por dos educadores, un maestro y una maestra. El día de San Juan, por tradición, Araya lo celebraba con todo boato, pues a ésta, se unía la Ascensión.

Pero con carácter general, el día 24 comenzaban las vacaciones escolares. En l´Alcora, desde la citada fecha hasta días previos a la festividad del Cristo, se originaba una masiva emigración, aunque de corto alcance, de traslado interno, entre límites del término municipal. Los carros tirados por la yegua o equino respectivo, marchaban cargados con los trastos y aperos del verano, alguno incluso llevaba un colchón sobrante de la casa, pero aprovechable y útil para la caseta rural. La Torreta, Santa, Pla de Morvedre, Regatell, y otras partidas, mantenían una copiosa población interina durante el período de la canícula.

Las casetas de campo, ya previamente limpiadas, abrían puertas acogiendo a los veraneantes, que de inmediato y para paliar el bochorno, salían en busca de las cercanas balsas construidas para el riego: De la Comare, Chuan de Justa, Panero, Más de Marco, etc., fueron a todos los efectos, nuestras primigenias piscinas. Los que carecíamos de dichos habitáculos rurales, aprovechábamos las bondades de nuestro río. Los charcos de la Font-Nova, Noé, Revolta, Roca Morena, Grancheta, Tote, etc., eran las flamantes playas para los que veraneábamos a ratos, es decir, a tiempo parcial. Salíamos de casa después de comer, y una vez disfrutado del diario chapuzón en el “toll” elegido, regresábamos a los respectivos domicilios, para terminar la jornada jugando a toros, a pot, pasear el farol (de melón vaciado de pulpa), y las canicas, que eran de uso para el período indicado.

Recordemos las deliciosas meriendas/cena, complementadas con ensalada de tomate, cebolla y lechuga, bien regada con aceite de oliva; todo cosecha de la anexa huerta familiar. Típico era la paella, el arroz “empedrat”, la suculenta sardina de bota con pimientos verdes; la tortilla, de patata recién recolectada; o las sabrosas rodajas de berenjena rebozada. Para postres, la pera, el melocotón, la cereza y el melón. Todo lo dicho, eran delicias naturales para el paladar, en un tiempo, en que la leche condensada se consideraba un lujo, una golosina, y los helados del tío Alfredo Mallol, y Vélez, para que te voy a contar.

Felices vacaciones.

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