Diumenge 19 de Novembre de 2017

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Por Vicent Albaro

Pongamos que hablo de Cataluña

11/11/2017
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Como cualquier mortal he asistido perplejo al culebrón catalán del “prusés” a la In-de-pen-den-cia de Cataluña. Como perro viejo no entraré al trapo del asunto, sencillamente porque desconozco las entretelas que se tejen en los cuartos oscuros, esos cubículos estancos donde se pastelea y mercadean los asuntos políticos. Y puesto que la política se ha convertido en un burdel maloliente y barriobajero, -ya no se sabe quién es quién en el mercadeo de votos-, sacar conclusiones de lo que dicen los altavoces unisonados, o seguir las consignas de escribidores fanáticos, puede resultar ya obsceno.  

Si sé, algo de historia, y de lo que no me convencerá nadie, es que los condados catalanes formaban parte del Antiguo Reyno de Aragón y que jamás fueron ni país, ni reino, ni nada que se le parezca, por más que los gurús independentistas repitan hasta el sonrojo todo lo contrario, y en las escuelas se inventen una historieta de TBO que jamás existió. Allá cada cual con su ignorancia, que es la madre de todas las estupideces, y la vía para creerse que los burros vuelan, siempre que el burro sea el catalán.

La Cataluña como la conocemos por estos andurriales, siempre ha sido un lugar legendario para nuestros paisanos. Casi todas las familias de nuestros pueblos vecinos, incluido el mío, tenemos parientes en esa tierra. La mayoría emigraron tras la guerra del 36, huyendo de la miseria y del hambre. Allí encontraron trabajo y desarrollaron una nueva vida. Las familias de mis padres, también emigraron pero retornaron pronto, no se acomodaron y les pudo la nostalgia del terruño. Tàfol el tabaco, mi abuelo paterno vendió la casa de la calle Puntapié, con barandilla de caracol y escalera de mármol para volverse al año al pueblo, sin casa y tornar a comenzar. Otros hermanos –tíos abuelos- se quedaron en Santa Coloma, Hospitalet de Llobregat, el Poble Nou, y otros “indrets” de aquellas tierras de promisión. Así que el tema catalán no nos es ajeno a ninguno de por aquí.

La cuestión radica en que con el tiempo, aquellos alcorinos emigrados, eran más catalanes que los de la barretina de pagés.  Habían perdido el acento leridano, ese que nos atribuyen a los nativos de esta parte del Reino de Valencia, ahora “Comunitat”; y a cada vuelta en verano hablaban muy raro, y casi no se les entendía nada. Mis tíos abuelos que eran todos cazadores de pájaros, la moda de la época, al vilero le llamaban pardal, al verderolverdúm  y así, a casi todas las cosas conocidas les habían cambiado el nombre. A mí me sonaba exótico todo aquello, la tomata era la tumaca, hasta la moto (casi todos iban al trabajo con ella) la llamaban la motu. Y yo festejaba aquella algarabía de comilonas con la familia catalana, era un concilio familiar cíclico, donde en la mesa no faltaba de nada para el “Tiet” y la “tieta”, hasta el champán de Freixenet, que solo veíamos por Navidad; ya que fuera de ese banquete, tocaba la olla de espinacas, o la fritanga del día.

Al final de su estancia a todo tren en la casa añeja, llenaban los maleteros de su automóvil de las cosechas de la andana, que sufría un esquilme monumental no solo de hortalizas, también de chorizos, morcillas (la butifarra), y quien podía… del jamón, pernil, cuixot, etc. Así que tras la fiesta y el gentil despilfarro con la familia catalana, tocaba apretarse la correa, porque los tiempos eran duros y no sobraba de nada. Els catalans se’n anaven…y hasta el año próximo por la fiesta patronal. Aquello era amor fraternal del verdadero. No conozco a nadie que no les arropara, pobrecitos se habían ido del sacrosanto pueblo, y estaban padeciendo lo suyo en aquella lejana e inhóspita tierra. (Como si los del pueblo no sufrieran). Pero era una mentalidad muy solidaria, que es digna de admiración y de poner en relieve.

Cuando volvieron con hijos ya granados, imponían moda y desparpajo, modernidad vamos. Y las comilonas continuaban y la llenada del maletero con viandas también. Conforme fueron pasando los años, la tradición cambió y poco a poco, se enfriaron aquellos intercambios familiares, los hijos venían menos, y los nietos ya ni venían. Eran catalanes puros, que me imagino, algunos serán firmes defensores del “prusés”y de toda la liturgia catalanista de sobra conocida.

En todo este minúsculo universo familiar que he relatado, aún desde mi rincón y con la candidez de la inocencia, siempre vislumbré un cierto aire de superioridad de los familiares catalanes, -sin animus molestandi , venían de la capital al pueblo-    y ya se puede imaginar quien eran los supuestos “paletos”. Años después, y no siempre ni en todo lugar, podías advertir esa pose de supremacía sobre los que no éramos de capital. Porque todos eran de Barcelona, aunque vivieran en Palafrugell, o todos eran de Madrid aunque vivieran en Fuente el Saz del Jarama. En esa cuestión, Madrid y Barcelona por aquellos días, se podían coger de la mano.

Así que uno llega al convencimiento, que un valencianet del nord, cuando cruza el Ebro, y se sumerge en el mundillo catalán, queda prendido de una especie de perfume de Eau Verge de Montserrat, que lo embriaga de pies a cabeza, y se convierte en un Català d’arrels, cantando aquello de: “Bon cop de falç, bon cop de falç…” Aquí llamada corbella, y como poco falçonet.  

Espero no haber molestado a nadie, no era mi intención. Compartimos lengua y mucha parte de las tradiciones. Que seamos primos, ni lo dudo, pero dejadme decir vilero i verderol. Dejadme ser lo que he sido siempre, porque estoy muy bien como estoy al sur del Ebro, y con mi propia jerga valenciana, que tienen una definición y lirismo propios, tan conmovedores, ricos y evocadores, que no merecen ser absorbidos ni colonizados, por quienes han demostrado, que el supuesto seny, se les quedó en la andana vacía de la casa pairal de sus ancestros.

Adéu siau.

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