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Por Vicent Albaro
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El bou de vila

21/08/2012
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Trece toros cerriles se correrán por las calles de mi pueblo en estas fiestas del Cristo. Trece astados de la más variada procedencia en cuanto a ganaderías bravas, algunas de ellas de renombre casi mítico, cuyo hierro no deja indiferente a casi nadie. Y es que la crisis puede con todo, menos con los toros. Bueno Bildu, sí puede liquidar los toros en San Sebastián, y es que la bestia se quita la careta en cuanto tiene ocasión. Y uno no sabe, si lo hacen como preludio de la escisión separatista de un territorio español, y todo lo que huela a España…!Caña! O son tan defensores de los animales, que no pueden ver sufrir a la fiera cornúpeta, mientras jalean a sus gudaris cuando pegan el tiro en la nuca, al pobre caído en desgracia y señalado por la máquina de matar de ETA. ¿Compasivos con los animales, verdugos con los seres humanos? Para hacérselo mirar más de uno.

Pero volvamos al coso taurino doméstico. Lejos queda el recuerdo de un solo toro, uno en cartel, y que nos dure toda la noche. Eran otros tiempos más modestos en recursos económicos y ricos en ilusionada esperanza. Las fiestas duraban una semana con largos intervalos entre acto y acto, la gente trabajaba medio día, los afortunados. Los de menos suerte, salían a tiempo de la merienda para las vaquillas.
El rey de la fiesta el “Bou de Vila” o “Bou real”, como ustedes prefieran. Mítico, respetado, temido y ansiado como bien supremo de los festejos. Arribaba dos o tres jornadas antes del sábado, día de su lidia y víspera del último domingo de agosto, del día del Cristo. Se descargaba por la baranda de correos, frente al mítico bar Quintín, un cajón gris con inquietantes ojos oscuros, por donde asomaban los finos pitones de la fiera. Para bajarlo del camión, se le colocaban cuatro ruedas de hierro y atada una larga cuerda, era arrastrado por la inmensa chiquillería convocada. La algarabía de fiesta ya había comenzado espontáneamente. El cajón con su toro dentro, corría por las callejuelas de la villa hasta el corral, donde se ubicaría hasta el momento de su lidia, siempre en los bajos de una casa del casco antiguo.

Mimado, bien alimentado y cuidado, esperaría en reposo y penumbra a que el sábado, comenzara su aventura. En los sesenta, eran pocos los pueblos que lidiaban toros embolados, una prohibición pesaba sobre las villas grandes de la Plana, esas que aspiraban a ser ciudad. En los pueblos del interior, siempre dejados de la mano de Dios, esa normativa no llegaba a afectarles, así que una cosa por la otra. Los de la Plana concurrían como fieles de votos, al Bou de Onda, al Bou de Ribesalbes, al Bou de Alcora y otros. Por barreras, troncos atados con trenilla de esparto; y por cadafales, carros entrelazados, con escalinatas de madera para trepar en caso de apuro. Las calles peladas de escondrijos (amagatalls), toca correr a la desesperada o hacer el quiebro quien pueda o sepa.

Por la tarde a la caída del sol, la prueba del toro bravo a pitón desnudo. El momento más peligroso para los toreros espontáneos o jóvenes sin experiencia, sobrados de inconsciente ardor y valentía. Por la noche el rito. La cabalgata de las antorchas, como se anunciaba por aquellos días en el programa de festejos. El toro sacado a doble cordada al pilón, los bramidos oyéndose sobre el ronco murmullo general, el embolador con oficio y destreza. Y el machote, que se queda solo en el rabo, al cortar la cuerda ante la estampida general. Hay algo mágico, épico y atávico a la hora de que el astado, envuelto en llamas aéreas, se enseñorea de la plaza mientras los aplausos, festejan al mozo rabero que ha dirigido al toro, en su primer impacto con el fuego. La cultura entre la vida y la muerte, como dura lección por aprender, galopa por los callejones en sombras de cualquier pueblo en fiestas. Nada es gratis en nuestra existencia, algunos parece que no lo aprenderán jamás. El toro, símbolo de una tierra única y desunida, embiste ante la provocación con saña. Su casta brava le puede y le incita a arremeter contra el provocador, incauto o desprevenido, es una parábola vital de primer orden. Hay que estar siempre con los ojos abiertos, el peligro acecha constantemente. Y mientras el olor a borra quemada, y el sonar de cascabeles recorre calles y plazas, el rito se consume en una larga agonía de fuerza y bravura. Fue criado y mimado para esto, es su finalidad existencial, y se llevara por delante a quien pueda y se deje, consumando la tragedia y agrandando su íbera mitología ancestral.

Agotado y con la arboladura férrea desnuda y humeante, será encordado y arrastrado nuevamente al patíbulo, para darle la puntilla mortal. Todo acaba donde empieza. La sangre fluirá por la calle, aún caliente, un padre la recogerá para quitar las verrugas de su hijo, en mágica pócima de empírica cura. La fiesta concluye con una muerta que dará vida. Como un renacer litúrgico en la mesa del día grande, en forma de “tombet de bou”, para la cena y tras la procesión del Cristo. Los que se han desplazado al matadero, observarán el ritual de despedazar al coloso yerto. El de más suerte se llevará los cuernos, en futuro proyecto de boero para juegos infantiles. Los carniceros y matarifes actúan con precisión quirúrgica, despedazando y abriendo carnes que se venderán al día siguiente por las carnicerías del pueblo. Es el mismo ritual que matar el conejo doméstico para la paella dominical, o el tito por navidad pero a lo grande. Y todos los que vivimos esas cosas, estamos de un traumático que no veas.

Dos platos típicos de finales de agosto que nos traen sabores únicos. Los caracoles blancos de montaña con salsa picante y el guiso de carne roja de toro de lidia. Los dos deliciosos. Bueno, y las sepias con pedigrí del bar Hispano que e.p.d., también. Por postre, un par de higos “napolitanas” cuarteados y en su punto de maduración. La sencillez de siempre cada vez más difícil de conseguir hoy en día, y preludio de espera de que lleguen azufaifos y almeces, que traerán los zorzales viajeros del norte como mensajeros alados del frío otoñal.

Hablo del toro en mi crónica pre fiestas con respeto, y en conmemoración del cincuenta aniversario de un renacimiento. Hace esos años, en un punto de la calle del Vall de Alcora, una familia cruzaba la calle para salir del recinto de la vila. El toro arrancó desde la plaza de España hacia la de la Sangre. Por esa misma calle casi al final, el matrimonio y su hijo no pudieron entrar en la puerta de salida, abarrotada de mirones, y quedaron a merced del toro de fuego. La madre fue sacada, el padre y el niño de seis años quedaron en el brancal, a la cara de la bestia. El niño era un servidor de ustedes, mi padre desvió la atención del toro y le costó una paliza de bolas rodando calle abajo, a mi se me quemaron los cabellos, y los alambres ardientes quedaron marcados en las mismas manos que escriben estas líneas. Lecciones que da la vida. Felices fiestas a todos.

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