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Por Vicent Albaro
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La huerta del pueblo

11/06/2012
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Diálogo entre el pueblo y la huerta

Pueblo: Huerta, ¡apártate que me molestas para expandirme !.
Huerta: Pueblo, me asfixias, me estás matando......
Pueblo: Tu espacio me es necesario para hacerme grande.
Huerta: Necio, si me engulles, algún día me necesitarás....
Pueblo: ¡Ya no eres rentable, estás acabada, adiós huerta!.
Huerta: ¿Es que ya no recuerdas que te di la vida y te hice crecer...?.

Y el hormigón en forma de bloques y adosados, enterraron la fértil tierra donde generaciones y generaciones, subsistieron a los crueles envites del destino. El pueblo olvidó que nació precisamente ahí, porque estaban las fuentes y las huertas. El verdor de la vida en los tiempos remotos, en que vivieron quienes nos precedieron hasta hoy, ha sido aniquilado y cubierto por una improductiva mortaja gris de asfalto y cemento, muy propicia para el relax y solaz de ociosos y ronceros.

Monólogo de la huerta de antaño

El pueblo es mi corona, mi diadema. Yo me desparramo a sus pies en amplios terraplenes, alzados con altas paredes de piedra seca, que unas manos diestras han levantado con sudor y esfuerzo. Soy la Huerta, y pertenezco a los hombres de la villa desde siglos. Me riegan con las aguas de las fuentes, y otras más lejanas que canalizan del río. Hay en mis bancales: macizos de rosales, varasetos de jeringuilla y jazmines. En la parte baja, sombreado por el porte de dos grandes magnolios, hay hasta un paseo de adoquines con balconcitos de balaustrada mirando al río.

El agua corre fresca y cantarina por la red de acequias, y ablanda el metálico sol del mediodía, robándole destellos luminosos. Soy una huerta vieja, antigua y con solera. Las nuevas, nacieron más tarde en la extremalada, cuando un dique monumental formó el pantano, controló y rebalsó el río aguas arriba por las angostas montañas de la Ferrisa, en el linde con Figueroles.

Pero yo soy la primitiva, la clásica de toda la vida y que se ve protegida por tapias artísticas, que franquean portalones y espadañas. En ellas se encierran modestos jardines de dalias, gladiolos, colocasias y crisantemos. Por las frescas umbrías crecen musgos, violetas, dompedros, margaritas..., y por las paredes, construidas en argamasa de calicanto, esculpe la hiedra en su irregular verdor, figuras abstractas de volutas, capiteles y cornisas. Los hombres se deleitan conmigo y obtienen un saludable provecho. De mi vientre crecen el maizal y las alfalfas; las más variadas verduras como: lechugas, acelgas, coles, tomates, pimientos y pepinos, calabacines finos y berenjenas. Las habas, cebollas, ajos, apios, guisantes y judías. Y por encima de todas: las patatas con sus caballones en formación rectilínea, que a modo de fosa vital, entierra, ufana por descubrir, sabrosas proteínas.

Soy como un gran lienzo, donde el hombre es un artista que pinta (planta) sus necesidades más perentorias. Albergo prados, vergeles, cañares, huertos, y la naturaleza se recrea en todo su esplendor en este pequeño recinto escalonado, bordeado de violáceas campanillas trepadoras. También tengo variedad de frutales, como los granados que gozan de gran fama; manzanos, perales, albaricoqueros, ciruelos varios, membrilleros, higueras, nísperos, azufaifos, caquis, hasta el almez por los ribazos. Entre sus ramas se esconde el ruiseñor, gorjeando su almibarado canto. Y como curiosidad, cada parcelita tiene sus matas de cardos y perejil. Algunos han sembrado tomillos y poleos, que son plantas rústicas y montaraces, pero que aquí, con esta sazón permanente, crecen más que en sus remotos secanos de origen.

Pero lo que me da carácter es un emparrado monumental, que a modo de toldo natural con guirnaldas de pámpanos, cubre una ancha escalinata de acceso, y que le da un cierto toque aristocrático. Y un laurel gigante y frondoso, que en vez de su porte verde se diría que ennegrece, salvo en floración cuando se dora de amarillos, en un contraste cromático refulgente. Todo es viejo, y todo es nuevo en mí. Por que aún siendo milenaria, cada año renace la vida con brotes jóvenes, en busca del sol y del aire. He sobrevivido a muchos inviernos, y he hecho gozar a los hombres con mis olores, colores y sabores. Y los sonidos musicales como los del mirlo, que cría en el ciruelo claudio, ave insaciable y sibarita de lombrices, babosas y caracoles, con su cadente y aflautado trino al caer la tarde.

Las almas sensibles se enternecen cuando cada otoño, el palosanto se cubre de bermellones encendidos. Y las granadas cuelgan a modo de péndulo de las finas ramitas, con sus mofletes colorados, se diría que se avergüenzan de su goloso contenido. O los membrillos de dorada vellosidad resaltan entre el follaje; y el azufaifo, castigado por la rapacidad de la inquieta chiquillería, regala su sabor agridulce. Ya solo me falta nombrar a la palmera, altiva y coqueta, cuya melena de alas caídas, balancea el viento en majestuosa gravedad. Soy un lienzo pintado y conservado por el ancestral laborar del hombre, y a su merced me inclino, sabedora de que mi vida está en sus sabias manos. Y ruego al Creador, sepa la raza humana valorarme en su justa medida, para que pueda seguir dándole con humildad y generosidad, todo lo que siempre mis entrañas maternas han dado a luz, en un parto más antiguo que la misma humanidad. ¿¿¿ ???.

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N. C.
Huertas y frutos.
Mal tema el de los huertos, los pueblos se han agrandado a costa de pavimentar la tierra fértil, el caso más palmario es si duda el de la ciudad de Valencia que los años locos de la construcción ha esquilmado la fertil huerta. Creo que pasa lo mismo en Vila real, y otros sitios. mal lo veo, porque no hay rentabilidad y además pocas ganas de dedicarse a ello.
Enviado el 12/06/2012    
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